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Publicado el 31 de julio, 2020

Carlos Alberto Montaner: Las medicinas y los sueños 

Periodista y escritor Carlos Alberto Montaner

Cuesta aproximadamente dos mil seiscientos millones de dólares crear una medicina hasta colocarla a disposición de los pacientes que la necesitan por medio de las recetas de los médicos. De ahí el costo astronómico de las vacunas contra el Covid 19. A esa sangría de plata hay que agregarle otros trescientos millones de costos de “postproducción”. Grosso modo, esos tres mil millones de dólares son los que cuestan los éxitos, pero sólo llegan a puerto el 12% de los “remedios” que inician los trámites. El 88% restante se queda en los recovecos de la investigación.

Carlos Alberto Montaner Periodista y escritor
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¿Por qué son tan caras las medicinas en Estados Unidos? La respuesta corta tiene que ver con los costos de investigación y desarrollo. Lo que sigue es la larga, coronada con una historia deliciosa.

La Food & Drug Administration (FDA) es más costosa que el clásico hijo bobo educado en París. Su utilidad es magnífica, pero no hablamos de la calidad, sino del precio. La factura sale por un riñón. Cuesta aproximadamente dos mil seiscientos millones de dólares crear una medicina hasta colocarla a disposición de los pacientes que la necesitan por medio de las recetas de los médicos. De ahí el costo astronómico de las vacunas contra el Covid 19.

A esa sangría de plata hay que agregarle otros trescientos millones de costos de “postproducción”. Grosso modo, esos tres mil millones de dólares son los que cuestan los éxitos, pero sólo llegan a puerto el 12% de los “remedios” que inician los trámites. El 88% restante se queda en los recovecos de la investigación. Obtengo esos pavorosos datos del  “Tufts Center for the Study of Drug Development” publicados en el  Journal of Health Economics.  

Eso explica por qué la Universidad de Yale y el laboratorio AI Therapeutics prefirieron revisar trece mil medicinas, previamente aprobadas, hasta dar con una sustancia llamada con el nada comercial nombre de LAM-002A que, aparentemente, impide la progresión del coronavirus. También explica que Yaakov Nahmias, de la Universidad Hebrea de Jerusalén, y el Dr. Benjamín tenOever, del Hospital Mount Sinai de New York, dos jóvenes y brillantes investigadores formados en Israel y en Estados Unidos, eligieran un viejo y acreditado medicamento contra el colesterol y los triglicéridos, llamado Fenofibrate, también conocido como TriCor. Según sus investigaciones, parece que en cinco días “limpia” los pulmones y transforma el coronavirus en una gripe clásica. (Mi hermano Alex Montaner, médico, severamente contagiado por el Covid 19, lo está utilizando. Hasta ahora le va bien. Veremos qué resulta).

Esto nada tiene que ver con las bondades de la Hidroxicloroquina recomendada insistentemente por Donald Trump frente al coronavirus. Todos estamos cansados de la pandemia, pero la medicina, que sirve para aliviar la artritis reumatoide y la malaria, pudiera hasta ser contraproducente si se utiliza contra el Covid 19. Al menos eso repite la mayor parte de la comunidad científica.

No toda, claro. Donald Trump tiene a su favor, y la recomienda, a la médico Stella Immanuel. La doctora Immanuel es una señora nacida en Camerún que estudió medicina en Nigeria. Ella, quien trabaja en Houston, afirma que ha curado a cientos de pacientes con la Hidroxicloroquina. Como ministra religiosa –pertenece a una secta cristiana- también alega que los demonios habitan los sueños de las personas para seducirlas y llevarlas por el mal camino del erotismo. Los íncubos son demonios masculinos que dominan a las hembras. Los súcubos son demonios hembras que se aparean durante los sueños con los varones. (No creo que la corrección política haya acuñado, todavía, la palabra “demonia”, pero todo se andará).

La historia de los íncubos y súcubos me hizo recordar la extraordinaria anécdota que cuenta Fernando Iwasaki, un gran escritor, en Inquisiciones Peruanas. Se titula “Prohibido soñar” y da cuenta de las vicisitudes de Inés Ivitarte, una monja de clausura durante la Colonia a la que el diablo se le apareció en sueño y la poseyó con su enorme miembro cubierto de escamas negras. La monja se lo contó a su confesor, un teólogo jesuita muy versado en las astucias del demonio, y éste (el jesuita, no el demonio) llegó a la conclusión de que alguien había muerto sin confesión en aquella Lima recién conquistada por los españoles. Ése era el íncubo culpable de la desazón de la pobre Inés.

Al confesor, un varón aguerrido, se le ocurrió una manera de derrotar al Maligno. Prohibió soñar en Lima. Como era un hombre de acción, organizó a sus compañeros inquisidores para que, al alba, recorrieran todas las casas habitadas y preguntaran si alguien de la familia había tenido un sueño erótico. Curiosamente, nadie había tenido un sueño de ese estilo pecaminoso. Parece que el demonio se extinguió silenciosamente ante la pía respuesta de los limeños.

*@CarlosAMontaner. El último libro de CAM es Sin ir más lejos (Memorias). La obra fue publicada por Debate, un sello de Penguin-Random House. Se puede obtener por medio de Amazon Books.

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