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Publicado el 20 febrero, 2021

Carlos Alberto Montaner: Hoy como ayer

Periodista y escritor Carlos Alberto Montaner

En esas memorias está la Cuba “que no volverá jamás” porque unos bárbaros la han destrozado inútilmente. De las treinta bodegas que existían en el pueblo, hay un par en el que se venden los productos de la libreta de racionamiento, cuando existen, y poco más. Ni cines, ni clínicas, ni pintura. Nada. Un pueblo, que, como toda Cuba, se está cayendo a pedazos tras 62 años de incuria y estupidez.

Carlos Alberto Montaner Periodista y escritor
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Sospecho que Lourdes le puso el título a las memorias de su marido, el Dr. Antonio Guedes. Se titulan Hoy como ayer y fue la última canción de Moisés Simons, el autor de El manisero. Lourdes es la parte musical de la pareja y la mujer que apartó a “Tony” del celibato. Como me dijo Felícito Rodríguez quien, por aquel entonces, también intentaba ser cura: “el comunismo es muy cruel, pero si se une a la castidad llega a ser terrible”. Ambos abandonaron la vida religiosa a bordo de dos muchachas encantadoras, aunque siguieron siendo muy católicos.

La historia se origina en Unión de Reyes, un pueblo de la provincia de Matanzas en el que Tony nació en una familia de clase media. El abuelo era el mago de las locomotoras. Las mantenía funcionando contra viento y marea… hasta que llegó el socialismo. Era mago y realizaba grandes trucos, pero no podía hacer milagros. Contra la capacidad destructiva del comunismo no hay quien pueda.

La madre era maestra y el padre bodeguero. Tenía una de las treinta bodegas que abastecían al pueblo. Si uno sustituye la señora estupenda que inspiró a Moisés Simons por la idealizada “Cuba”, no hay duda de que Guedes dio en el clavo. En esas memorias está la Cuba “que no volverá jamás” porque unos bárbaros la han destrozado inútilmente. De las treinta bodegas que existían en el pueblo, hay un par en el que se venden los productos de la libreta de racionamiento, cuando existen, y poco más. Ni cines, ni clínicas, ni pintura. Nada. Un pueblo, que, como toda Cuba, se está cayendo a pedazos tras 62 años de incuria y estupidez.

Estas memorias, sorprendentes por el detalle y la memoria viva, fueron escritas con una impecable redacción, pero sin pretensiones literarias, para la familia y los amigos, para las hijas, para los nietos y demás descendientes, pero son una acusación formal contra el régimen y una clara explicación de por qué se marchan los jóvenes de esa isla que deben leer todos los cubanos.

Tony estudió medicina en Cuba hasta que lo atrapó el radar de la Seguridad del Estado. Curiosamente, se le permitió estudiar en la facultad de Medicina, sin abjurar de sus creencias religiosas, hasta que la policía política lo detectó y lo sacó sin contemplaciones de la universidad. Es el único caso que conozco en el que se especifican sin pretextos las razones por las que resultó echado del recinto: por sus convicciones religiosas.

Generalmente, la Seguridad recurre a vagos subterfugios como ser “inmorales” o “inveterados contrarrevolucionarios”, pero casi nunca comete el error de decir a las claras por qué está truncando el destino de una persona joven y prometedora. Se limita a cumplir la consigna “de que la Universidad es para los revolucionarios”, y así les va. El país está en manos de una burocracia inepta forjada por incapaces que esgrimen argumentos sacados de la vulgata marxista.

Fue entonces cuando lo conocí. Provisto de ese documento, y con unos cuantos años de medicina cursados en Cuba, con notas excelentes, llegó a Madrid en el invierno de 1981, locuaz y apasionado, con Lourdes, su mujer, una hija, Beatriz, y otra, Cecilia, acurrucada en el vientre de su madre, que vería la luz en España, nacida en mayo de 1982. Tendrían que acostumbrarse a un nuevo país, a un nuevo sistema de estudio, y a nuevos amigos. Afortunadamente, los cubanos tenemos los defectos y las virtudes de los españoles, de manera que no fue muy cuesta arriba el asunto.

La convalidación parcial de los estudios no tardó. Matriculó en Madrid y a los pocos años terminó la carrera. Como el 90% de los médicos, comenzó a trabajar en el sistema público, hasta que el Ministerio de Salud le ofreció la dirección de un “policlínico” dedicado a la atención primaria, algo que el Dr. Guedes aceptó, más por sentido de la responsabilidad que por la recompensa material, que era, prácticamente, inexistente. A principios del siglo XXI había visto, auscultado, y redireccionado –cuando era necesario- a más de 100,000 pacientes.

A todas estas, sin olvidar su compromiso con Cuba. Había estado presente en la creación de la Plataforma Democrática Cubana, un esfuerzo de los democristianos, los liberales y los socialdemócratas cubanos, con el concurso de las respectivas “Internacionales” por llevar la libertad a Cuba de una manera pactada y razonable, como había sucedido en España tras la muerte de Franco, pero se estrelló contra el integrismo comunista ortodoxo de Fidel Castro.

De manera que la Unión Liberal Cubana, creada en Madrid con el respaldo de Adolfo Suárez, a la sazón presidente de la Internacional Liberal, lo convirtió en presidente de la institución por cinco años, hasta que fue sustituido por el escritor Miguel Sales Figueroa, quien en el 2020 le dio paso al economista cubano-valenciano Elías Amor. En todo caso, el médico Antonio Guedes tiene que estar orgulloso de su vida, de su obra y de “Hoy como ayer”, sus espléndidas memorias.

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