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Publicado el 23 de julio, 2017

Capitalismo, ¿por qué no?

Aun cuando se acepte que los valores del socialismo sean nobles y moralmente irreprochables, no quiere decir que el régimen reproducirá la misma bondad, y lo mismo corre para el capitalismo.
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Hace un par de semanas fue el lanzamiento del libro Capitalismo, ¿por qué no?, del filósofo estadounidense Jason Brennan, traducido al castellano por Fernando Claro. El libro “es una parodia a la influyente parodia” que realizó el pensador marxista Jerry Cohen ―en su obra Why not Socialism― para explicar por qué el socialismo sería un mejor régimen de organización que el capitalismo, basándose principalmente en los principios de la igualdad y comunidad.

A saber, Cohen imagina un camping socialista y otro capitalista. En el primero, cada integrante contribuye con diferentes bienes que son compartidos entre todos y donde se trabaja duro para aportar a esta comunidad perfecta e igualitaria. En el camping capitalista, en tanto, los que son mejores pescando y recolectando comida exigirán más, quienes heredan se burlan del resto por poseer más y los amigos se venderán los bienes, unos a otros, sin compartir ni solidarizar. Así, el filósofo marxista concluye que el socialismo es intrínsecamente más deseable que el capitalismo, y si aún vivimos en el capitalismo, es porque no hemos sido capaces de crear algo mejor. El capitalismo funcionaría, entonces, sólo porque es capaz de organizar nuestro egoísmo, miedo y codicia.

Brennan realiza una parodia similar a la del camping de Cohen inspirada en la serie animada infantil El Club del Ratón Mickey, presentando una sociedad capitalista ideal basada en los principios de comunidad voluntaria, respeto mutuo, reciprocidad, justicia social y beneficencia. A seguir, contrasta este mundo ideal ―tal como lo hiciera Cohen― con un Club socialista: ahí, el Pato Donald decide nacionalizar las tierras de cultivo matando a millones de personas; Tribilín reprime a los opresores y los somete a trabajo forzado hasta la muerte; el Ratón Mickey prohíbe la libertad de expresión y se autodesigna como Presidente vitalicio; y Minnie, la planificadora benevolente, estanca la economía y genera desabastecimiento y hambruna. En suma, Brennan se pregunta lo mismo que Cohen: ¿es más deseable el Club capitalista o socialista?

El ejercicio que hace Brennan es notable, porque revela la principal y recurrente trampa a la que acuden los adherentes del socialismo: comparan una versión ideal y perfecta del socialismo con la real y peor cara del capitalismo. Es decir, Cohen compara teoría ideal con teoría real, en circunstancias en que un ejercicio intelectualmente honesto debe contrastar situaciones comparables: capitalismo real contra socialismo real, o ambos sujetos a teoría ideal. Así, la falacia en la que incurre Cohen es la siguiente: como es deseable que el mundo funcione como un camping socialista, entonces el socialismo es intrínsecamente más deseable que el capitalismo. En otras palabras, da lo mismo si el mundo pueda realmente ser organizado como un camping, lo que importa es que el camping socialista es mejor.

Un buen ejemplo de esta falacia lo vemos en la propuesta del Frente Amplio: mientras condenan las profundas desigualdades que persisten en nuestro país, los inexcusables casos de corrupción política, las colusiones ilegales de empresas y el supuesto egoísmo y codicia de todos quienes no trabajan para el Estado, ofrecen al mismo tiempo súper trenes que derriban las brechas sociales, reparten nuestros ahorros en las AFP para financiar alegóricos proyectos con mega rentabilidades y regalan educación, pensiones, salud, igualdad y felicidad, todo esto suponiendo que los recursos brotan como un maná en las catacumbas de La Moneda. Lo que ofrece el Frente Amplio, diría Brennan, es una varita mágica para convertir todos los vicios de nuestra sociedad capitalista en una perfecta comunidad socialista. Y la falacia de Beatriz Sánchez es que no se molesta en preguntarse a sí misma si es que esta varita mágica realmente existe, pues lo que le intriga es: si la varita existe, ¿debiéramos usarla?

Por otra parte, Brennan advierte una segunda falacia, que es asociar directamente el régimen de organización social, ya sea capitalista o socialista, con los valores que lo inspiran. Aun cuando se acepte que los valores del socialismo sean nobles y moralmente irreprochables, no quiere decir que el régimen reproducirá la misma bondad, y lo mismo corre para el capitalismo. Dicho de otra forma, el hecho de que en el capitalismo existan vicios, ilegalidades y resultados indeseados, no transforma sus valores en ideales reprochables, y lo mismo para el socialismo. Al final del libro, el autor reclama la superioridad del capitalismo argumentando que este tipo de régimen admite, en su inherente libertad de asociación, comunidades que vivan de forma socialista. En el socialismo, por el contrario, no existe la posibilidad de vivir como un capitalista.

La debilidad del libro, en mi opinión, es que al mostrar al capitalismo y socialismo a lo largo de la obra como regímenes completamente opuestos, parece aceptar la premisa marxista de que el capitalismo es la contradicción del socialismo. Ambos regímenes, es decir, la organización de bienes privados y bienes públicos ―o colectivos―, coexisten en todas partes del mundo y la existencia de unos no implica la negación de los otros. Más aun, desde una perspectiva ideal, los valores del capitalismo a los que acude Brennan no son necesariamente contradictorios a los que acude el socialismo: perfectamente podemos perseguir ciertos niveles de igualdad o acudir al principio comunitario para generar mayor cohesión social. Y todo esto, por supuesto, no es contrario al respeto, reciprocidad o beneficencia.

En síntesis, el libro realiza un pedagógico esfuerzo por aclarar las inconsistentes comparaciones que habitualmente se realizan entre los regímenes socialistas y capitalistas. En mi opinión, no debe ser tratado como una justificación moral del capitalismo, sino como un muy buen argumento para derribar las tramposas discusiones a las que normalmente nos someten los adherentes del igualitarismo y, por supuesto, darnos cuenta también de lo tramposos que a veces resultan nuestros propios argumentos.

 

Andrés Berg, investigador Fundación P!ensa

 

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