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Publicado el 13 de mayo, 2020

Camilo Cammas: Globalismo: Un panorama general

Abogado, analista legislativo Camilo Cammás Brangier

De seguir las cosas por el camino actual, lo que se puede esperar es un mundo unificado bajo un gobierno supranacional encabezado por las Naciones Unidas en el cual convivirían dos sistemas diferenciados. Para las élites metacapitalistas, dueñas de las grandes fortunas, bancos y multinacionales habría una especie de supercapitalismo, en el que seguirían gozando de todos los beneficios. Para la masa de gente destinada a servirlos se aplicaría una especie de socialismo similar al sistema que impera en China actualmente, es decir, un mundo con bastante tecnología y avances (en el mejor de los casos), pero a la vez con una gran represión y una permanente vigilancia hacia los ciudadanos, por medio de un fuerte estado policial y un sistema de crédito social que premie y castigue a los ciudadanos, según su comportamiento.

Camilo Cammás Brangier Abogado, analista legislativo
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Resulta bastante complejo tratar un tema del que últimamente se ha oído bastante: el globalismo, que algunos también llaman el Nuevo Orden Mundial o Nuevo Gobierno Mundial. Es un concepto que aparece en estos días con frecuencia en los discursos y en las críticas hacia las autoridades. El tema ha pasado de ser una mera “teoría de la conspiración” a convertirse en una realidad cada vez más creíble y palpable.

Se habla de un Nuevo Orden Mundial debido a que en la actualidad existen muchos países (estados nación) separados entre sí, cada uno con diferentes culturas e identidades. Estos países son soberanos y tienen poder sobre sus propios asuntos internos, al menos en teoría, puesto que no se encuentran unidos –por el momento- bajo la autoridad de un solo gobierno.

Si bien hoy en día no está del todo claro su funcionamiento, sí es posible observar sus efectos, los que han resultado ser bastante notorios en los últimos años. Mucho se ha especulado al respecto, existiendo diferentes teorías, algunas serias, otras no tanto.

La tesis de Olavo de Carvalho

Cuando hablamos de globalismo nos referimos a un sistema de múltiples estructuras de poder entrelazadas y disociadas que convergen en un único fin supremo: el establecimiento de un gobierno mundial (institución macro-estatal o supranacional) cuyo objetivo es el control y dirección política, económica y social.

En este sentido llama la atención el planteamiento que sostuvo Olavo de Carvalho en un debate escrito con Alexadr Dugin en 2011. Es necesario mencionar que Olavo de Carvalho es un intelectual y filósofo brasileño que ha influido bastante como pensador en el gobierno de Jair Bolsonaro. Por otro lado, Alexadr Dugin es también filósofo y ha influido bastante en el pensamiento de Vladimir Putin. Por tanto, no estamos hablando de un par de charlatanes, sino que de dos intelectuales serios que poseen un vasto currículum académico.

El propósito del debate era que cada uno contestase la siguiente pregunta: “¿Cuáles son los factores y actores históricos, políticos, ideológicos y económicos que ahora definen la dinámica y la configuración del poder en el mundo y cuál es la posición de Estados Unidos en lo que se conoce como Nuevo Orden Mundial?”. Con posterioridad, se darían distintas instancias para contraargumentar los planteamientos de la contraparte y dar las conclusiones finales.

Olavo sostiene que actualmente existirían cuatro actores principales en el escenario mundial. En primer lugar se encuentra el cristianismo, pilar fundamental de occidente, hoy en un claro retroceso y carente de poder político. Los otros tres actores son el Proyecto Ruso-Chino, el Proyecto Islámico y el Proyecto Occidental, los que compiten entre sí por la hegemonía (capacidad de control y dirección) global.

El Proyecto Ruso-Chino estaría conformado por las clases gobernantes de ambos países, especialmente sus respectivos servicios secretos, teniendo un carácter claramente geopolítico. El Proyecto Islámico, por su parte, consistiría en la Hermandad Musulmana, es decir, líderes religiosos y políticos que buscan la instauración de un Califato Universal basado en el Corán. Finalmente, el Proyecto Occidental estaría encabezado por la élite financiera occidental, representada por el Club Bildelberg, el Council on Foreign Relations y la Comisión Trilateral. A los ya mencionados podemos agregar el Club de Roma, la Fundación Rockefeller, la Open Society Foundationsla Fundación Clinton y la Fundación Ford, entre muchos otros.

Según Olavo, las concepciones del poder global que estos tres agentes se esfuerzan por implementar difieren y a veces son incompatibles entre sí. No luchan por los mismos objetivos y cuando ocasionalmente recurren a las mismas armas, su empleo no necesariamente cumple los mismos fines.

Nominalmente las relaciones entre ellos son de competencia y disputa, a veces incluso de naturaleza militar, existen zonas de fusión y colaboración, flexibles y cambiantes, lo que se asemeja a la relación existente entre las tres potencias que se repartían el mundo en la realidad distópica de la obra “1984” de Orwell: Oceanía, Eurasia y Asia Oriental. Esto desorienta a los observadores, produciendo todo tipo de interpretaciones erróneas, algunas bajo la forma de “teorías de conspiración”, otras como autoproclamadas refutaciones “realistas” y “científicas” de esas teorías.

Gran parte de la nebulosidad en la escena mundial es producida por un factor más o menos constante: cada uno de los tres agentes tiende a interpretar en sus propios términos los planes y acciones de los otros dos, en parte para fines de propaganda deliberada, en parte debido a un verdadero malentendido de la situación.

El Bloque Occidental

Según lo planteado por Olavo, a la fecha del debate, este proyecto es el que más avanzado se encuentra en la implementación de sus objetivos en comparación con los otros dos, ya que es el que, al menos de momento, más directamente nos afecta. Es por ello que será el que desarrollemos en la presente exposición. Previo a ello, se debe mencionar que, desde la fecha de aquél debate al día de hoy, China ha tenido un avance considerable, encontrándose bastante mejor posicionada como potencia que entonces.

En primer lugar se debe mencionar que las élites bancarias, financieras y “metacapitalistas” poseen sus centros de operaciones en los países de occidente, sin embargo, sus intereses son indiferentes o incluso contrarios a esas naciones.

De acuerdo con lo que explica el economista y experto en finanzas internacionales español, Francisco Saavedra González, el fin de esta élite es el establecimiento de un nuevo orden mundial, compuesto por un gobierno mundial anti soberanía nacional y una nueva religión u orden moral global, basado en el relativismo moral y la promoción de antivalores. Finalmente se caracteriza por promover una cultura de la muerte, es decir, contraria a los derechos fundamentales y familiares, ya que consideran que existe un exceso de población, como muchas veces lo han planteado multimillonarios como Bill Gates y Ted Turner (fundador de CNN).

Estas élites, compuestas por individuos y familias tales como los Rockefeller, George Soros, los Rothschild, Henry Kissinger, Warren Buffet, Bill Gates y Ted Turner, sólo por mencionar a unos pocos, promueven e imponen estas agendas directamente o a través de sus fundaciones -exentas de impuestos- o bien financiando ONGs (que presionan y/o sobornan a los políticos y a sus partidos) y a organizaciones internacionales que promueven estas agendas o fuerzan a los países a adoptarlas mediante el sistema de deuda: acceder a créditos impagables ante organizaciones internacionales tales como el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional.

Aunque parezca contradictorio, estas élites se han ocupado de promover y apoyar las ideas de lo que hoy se conoce como izquierda progresista o neomarxista, lo que no es sino otro rostro del comunismo, el que se basa en una revolución de tipo cultural que tiene por fin destruir los cimientos de occidente. Estas ideas se basan, en gran parte, en el pensamiento de la Escuela de Frankfurt y su Teoría Critica, la que sólo tiene por objeto destruir, sin dar una propuesta alternativa concreta al modelo que se desea reemplazar.

Con el fin de implantar estas ideas en la sociedad se utiliza el método gramsciano, es decir, manipular el lenguaje y ocupar todos los espacio a través de los que se desarrolla la sociedad, tales como el arte, la religión, los medios de comunicación o los establecimientos educacionales en todos sus estratos (es por ello que se enseñan tantas ideas de izquierda a los estudiantes). Esta infiltración en todos los estamentos sociales trae como resultado es que las personas sean subvertidas, engañadas y manipuladas por comunistas e izquierdistas. Asimismo, se crean conflictos artificiales siguiendo las teorías de Frankfurt, es decir, creando grupos antagónicos, tales como mujeres contra hombres, hijos contra padres, inmigrantes contra nacionales, etc.

Una cultura de la muerte

Como menciona Saavedra González, este globalismo se caracteriza por promover una cultura de la muerte, cuyo objetivo es destruir los derechos individuales, la familia y el rol limitado del Estado y del gobierno, para realizar un proceso de ingeniería social que busca reducir a la población humana. Para ello se despoja al ser humano de su dignidad y de todo sentido de trascendencia. El derecho a la vida es relativizado, imponiendo y flexibilizando cada vez más el aborto, la eutanasia y la eugenesia. Asimismo, se suprime la patria potestad de los padres mediante la autonomía progresiva, se adoctrina a los niños en ideología de género – mediante la Educación Sexual Integral o ESI– y se promueven las terapias hormonales y operaciones de cambio de sexo. Por otro lado, se cosifica al ser humano mediante la implantación de tecnología digital, biométrica y subcutánea, tema que ha salido a la palestra con la aparición del Coronavirus, pero que ya venía preparándose con anterioridad, en instancias como la Agenda 2030 y el Pacto Global de Migración.

La ONU, la estructura para el nuevo gobierno mundial

Desde hace algún un tiempo se ha hecho cada vez más notorio que la Organización de Naciones Unidas (ONU) ha venido concentrando mayor poder, emergiendo como una especie de superestado que se consolida a medida que transcurre el tiempo.

La ONU posee toda la estructura de organismos y agencias necesarios para convertirse en un gobierno mundial de carácter totalitario. Un gobierno encabezado por esta organización tendría un carácter colectivo y ejercería el poder, que se fundaría en el ordenamiento jurídico internacional, actuando como una especie de “directorio” anónimo, como lo indica Michel Schooyans, en su obra “La Cara Oculta de la ONU”. Dentro de este “directorio” podrían confluir, como “accionistas”, distintos bloques que se disputan el poder global actualmente, tales como el régimen chino y el bloque occidental, los que, a la fecha, podrían encontrarse más relacionados entre sí de lo que se cree. En efecto, hoy vemos a China con una gran influencia en esta organización, ocupando puestos clave dentro del Panel de Derechos Humanos. Asimismo, los grandes magnates hacen constantemente cuantiosas donaciones a la ONU o a sus agencias, como la Organización Mundial de la Salud (OMS).

La hoja de ruta a implementar será la ya conocida Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, a la que prácticamente todos los países del mundo han adherido. Los objetivos de la Agenda son de alcance mundial, integrado, indivisible y de aplicación universal, conjugando tres dimensiones: económica, social y ambiental; es decir, se encuentran interconectados entre sí, por lo que no deben ser considerados de manera aislada uno del otro, motivo por el cual abarcarán todos y cada uno de los aspectos de la vida de las personas, comunidades y países. Esto no es más que una forma de decir que será el instrumento que servirá de base para controlar a las diferentes naciones, uniformando sus ordenamientos jurídicos de acuerdo con esta hoja de ruta presentada bajo un nombre políticamente irrenunciable, pero redactada en términos sumamente amplios y ambiguos, quedando sujeto a múltiples interpretaciones posibles. A mayor abundamiento, los avances en la implementación de esta Agenda 2030 será monitoreada por un Foro Político de Alto Nivel, vía informes “voluntarios” que los países remitirán. Chile ya ha elaborado dos de estos informes.

La Agenda, en reiteradas ocasiones, hace uso del término “gobernanza”, de origen anglosajón: governance. Ésta, como menciona Schooyans en su obra, se tiene como sinónimo de gobierno. Es en este concepto donde podemos encontrar el proyecto actual de instauración de un sistema y estructura de gobernanza (gobierno) mundial.

Lo que nos espera

De seguir las cosas por el camino actual, lo que se puede esperar es que esto avance hacia un mundo unificado, tal como David Rockefeller reconociera en sus memorias. Asimismo, por dar unos ejemplos, recientemente personajes como Henry Kissinger (conocido globalista e integrante del Club Bildelberg y la Trilateral) y el ex Primer Ministro Británico, Gordon Brown, entre otros, han dado a entender implícitamente que se requerirá un nuevo tipo de orden mundial para el mundo post coronavirus.

En el escenario de este mundo unificado bajo un gobierno supranacional encabezado por las Naciones Unidas convivirían dos sistemas diferenciados. Para las élites metacapitalistas, dueñas de las grandes fortunas, bancos y multinacionales -controladoras de éstas organizaciones y, por tanto, de los gobiernos- habría una especie de supercapitalismo, en el que seguirían gozando de todos los beneficios. Por otro lado, para la masa de gente destinada a servirlos se aplicaría una especie de socialismo similar al sistema que impera en China actualmente, es decir, un mundo con bastante tecnología y avances (en el mejor de los casos), pero a la vez con una gran represión y una permanente vigilancia hacia los ciudadanos, por medio de un fuerte estado policial y un sistema de crédito social que premie y castigue a los ciudadanos, según su comportamiento. Es decir, la realidad de este orden mundial se asemejaría a una combinación entre el actual régimen Chino, 1984 de Orwell y Un mundo feliz de Huxley. Una sociedad donde impere el relativismo y en que la vía de escape al sistema será el dar rienda suelta a los más bajos instintos humanos, como promueven actualmente los ingenieros sociales.

Conclusiones: ¿Qué hacer?

Como se puede apreciar, el actual panorama muestra el avance del proyecto globalista occidental, junto con un claro progreso del modelo chino, ante el cual, a mi juicio, de momento podremos esperar que surja una nueva realidad geopolítica en la que converjan ambos modelos, a través de las organizaciones internacionales, alterando la forma de vida de todo el mundo. Para poder estar mejor preparados para enfrentar este escenario, hay que tener presente algunas cosas.

En primer lugar, es erróneo reducir la política al fenómeno político-formal, es decir electoral, así como a la administración del modelo y de la economía. Esta es, más bien, la ciencia arte y técnica de llevar a cabo el proceso de gobierno o control y dirección social en orden a la realización histórica de un ideal. La filosofía es un ejercicio de determinación de la razón, términos y sentido de la vida y la política es la aplicación de esa razón, términos y sentido de la vida, por lo tanto es filosofía aplicada. Cada filosofía tiene su propia política y cada política expresa una determinada filosofía.

Asimismo, se debe tener claro que el conflicto clásico maniqueo-dualista de derecha v/s izquierda se encuentra hoy virtualmente obsoleto y superado. Nos encontramos frente a un nuevo paradigma, en un escenario en el que existe un nuevo conflicto que debe plantearse y entenderse en cuestión de nacionalismo v/s globalismo y no entre socialismo y el falso capitalismo (metacapitalismo) que existe hoy.

Es también necesario saber cómo actuar frente a esta realidad. Como dijo el conocido escritor Mark Twain: “Cada vez que te encuentres del lado de la mayoría, es momento de hacer una pausa y reflexionar”. Por tanto, si una idea o comportamiento son aceptados o promovidos, siendo difundidos amplia y masivamente, a través de diferentes medios y vías, y esto le produce a uno alguna sensación intuitiva de molestia, repulsión o rechazo, pero no se sabe cómo refutarlo, entonces hay que confiar en el propio juicio y aliarse con otras personas que piensen de manera similar, para poder investigar y enfrentar este problema de manera organizada. De lo contrario, quedarse callado por temor sólo trae como efecto que se genere una espiral de silencio. Si no hay contradiscurso, estas ideas y comportamientos terminarán por imponerse como la nueva escala de (anti)valores en la sociedad.

Es necesario apoyar las buenas obras e iniciativas. Quienes promueven los antivalores progresistas y globalistas cuentan con una gran variedad de organizaciones, fundaciones, ONGs y activistas profesionales, así como con una infinita cantidad de recursos económicos para poder dedicarse exclusivamente a lograr sus objetivos. Esta no es la situación habitual de quienes buscan hacerles el contrapeso.

Para identificar a quienes nos enfrentamos se deben tener presentes las siguientes palabras de Voltaire: “si quieres saber quién te controla, mira a quién no puedes criticar”. Dicho de otra forma, para identificar la estructura de quienes colaboran con el globalismo se deben identificar las ideas que promueven y a las personas o colectivos que son protegidos y quienes son los que los protegen. Asimismo se debe observar quienes son los perseguidos, difamados y censurados por no adherir y por presentar oposición a éstas ideas.

Finalmente, es imperativo defender los pilares de la sociedad que ellos desean destruir, es decir, la familia tradicional, los valores cristianos y las buenas tradiciones, pues son éstos los principales obstáculos para el avance y consolidación de aquellas ideas perniciosas. Se debe luchar también por la libertad de expresión, el orden, la justicia imparcial, la cultura, el patriotismo y, sobre todo, luchar por la defensa de la verdad objetiva e inmutable.

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