Este lunes 11 de abril se cumple el primer mes del gobierno de Gabriel Boric. ¡Qué lejano aparece hoy ese 11 de marzo, lleno de esperanzas, o la noche de la victoria electoral, en diciembre pasado! ¿Cuáles son los cambios principales?

El primero, bastante obvio por lo demás, es que hoy Frente Amplio y el Partido Comunista están en el gobierno de Chile y no en la oposición, donde mostraron un gran mesianismo y escasa piedad o comprensión con sus contradictores en La Moneda. El segundo es que su evolución política marcha en paralelo al proceso constituyente, con todo lo que ello implica desde el punto de vista ideológico, en las propuestas constitucionales o de políticas públicas y en la evaluación ciudadana manifestada en las encuestas. Todo esto se suma a la constatación que las “lunas de miel” de los gobiernos son cada vez más cortas y la administración del Estado es cada vez más difícil.

Sin embargo, probablemente el problema más serio de la actual administración sea el funcionamiento del equipo de gobierno del presidente Gabriel Boric. La característica central de las debilidades, ripios y “chambonadas” de los ministros y otras autoridades es que ellas se dan a través de autogoles, de errores no forzados y de faltas más bien torpes. Lo que en un momento podría haber sido un error puntual, comienza a transformarse en tendencia a través de la repetición de faltas, generando un ambiente propicio para las críticas de la oposición y para el crecimiento de los nervios en el gobierno.

La primera semana de abril estuvo marcada por las declaraciones de la ministra Izkia Siches, que acusó al gobierno del presidente Sebastián Piñera de un grave acto de corrupción: un avión con deportados había regresado a Chile con todos ellos, lo que no se supo solo por la capacidad de ocultamiento de la administración saliente. Como se puede observar, es una acusación gravísima, que involucra eventualmente a autoridades del Poder Ejecutivo, a la PDI e incluso a la prensa, según manifestó la ministra del Interior. Lo que podría haber sido un caso judicial de primera magnitud, se tornó rápidamente en un problema político, al confirmarse la falsedad de las acusaciones de parte de la segunda autoridad del país. Si bien la ministra pidió las disculpas correspondientes, la tormenta ya se había desatado.

A partir de entonces, muchos han recordado otros episodios en que Izkia Siches ha mentido, se ha equivocado de manera abierta o ha ironizado de forma inconveniente: en temas de salud por el manejo de la pandemia y la información al respecto, la acusación de boicot durante las elecciones por falta de buses o la afirmación de la existencia de presos políticos en Chile. A ello se suman otros errores políticos de distinta naturaleza, como el problema del Wallmapu, que significó una protestas desde Argentina, el caso del “niño” herido y la eventual querella contra carabineros tras una protesta violenta o la mala preparación de la visita a la Araucanía, con todo el significado que ello tuvo en su momento, que mostraba la vigencia del terrorismo y la ausencia de estado de derecho en determinadas zonas del país. Se podrían agregar los comentarios que estigmatizaban a determinadas comunas.

Al cumplirse un mes de gobierno, el problema no es un error puntual o una desprolijidad específica. Los analistas y la prensa han pasado a discutir el diseño del gabinete y los efectos que la sucesión de errores puede tener sobre el gobierno de Gabriel Boric. Y esto, obviamente, es mucho más serio y dañino para el Poder Ejecutivo.

Hoy es evidente que los errores de la ministra del Interior no solo la afectan a ella, sino que golpean al comité político y al Presidente de la República, lesionan el peso específico de un gobierno que surgió con gran fuerza e instalan por primera vez –de forma demasiado rápida en términos comparativos– el tema del cambio de gabinete o la eventual “salida de Izkia”, como se dice en las conversaciones privadas y en los análisis de prensa. Después de todo, desde el regreso a la democracia ha habido relativa estabilidad ministerial en términos históricos, con dos excepciones en el primer año de gobierno: Germán Correa bajo Eduardo Frei Ruiz-Tagle y Andrés Zaldívar en el primer gobierno de Michelle Bachelet. La diferencia, en esos dos casos, es que ahora han primado factores internos, los mencionados autogoles, que cambian el panorama y hacen más compleja cualquier decisión.

¿Cuál ha sido la actitud del gobierno hasta ahora? Y más importante todavía: ¿Qué debe hacer el presidente Boric? A pesar del conflicto provocado, la solución inmediata ha pasado por los comentarios sobre la renuncia del jefe de gabinete de la ministra, además de las represalias contra una funcionaria de larga trayectoria. En cuanto a la ministra Siches, el presidente Boric ha precisado que cuenta con toda su confianza.

Sin embargo, el asunto clave es otro: el gobernante ¿está realmente convencido que Izkia Siches es una persona competente, preparada y con la capacidad política adecuada para ser la segunda autoridad del país? A esto se suma una segunda interrogante. ¿Cuántos costos está dispuesto a pagar la administración? Y le sigue una tercera pregunta: ¿De qué manera reaccionará la coalición frente a los errores de la jefa de gabinete? La capacidad electoral de Izkia Siches y su trabajo en la segunda vuelta fueron muy valiosos, pero hoy Chile se encuentra en un escenario distinto y los desafíos del gobierno son claramente los de la difícil tarea de gobernar.

Este último problema no es marginal. Quizá no es casualidad el silencio o la ausencia de los ministros Giorgio Jackson y Camila Vallejo frente a esta situación. Es difícil que el Presidente asuma de manera permanente las consecuencias de los errores de su equipo, más todavía cuando es sabido que los ministros son los tapones de la máxima autoridad, quienes lo protegen, evitan que escalen los problemas y cuidan que no sufra cada crisis personalmente. Por eso es clave tener un ministerio potente, consolidado y con capacidad para realizar sus tareas sectoriales y políticas. En el asunto concreto, el caso Siches de esta semana opacó los anuncios del Presidente y del ministro de Hacienda Mario Marcel para la recuperación económica, lo que ciertamente se escapaba de la planificación oficialista, en un momento en que comienza a discutirse el “5° retiro” y tenemos la inflación más alta de las últimas décadas, lo que abre problemas que efectivamente el gobierno debe enfrentar con credibilidad y liderazgo.

A esto se suma un problema mayor, que resurgió poco antes de cumplirse el primer mes de gobierno. Se trata de la convicción –por parte de la oposición y un sector de la sociedad– y los temores –de parte de otros grupos– de que el frenteamplismo y el Partido Comunista no estaban preparados para gobernar, y lo que habríamos visto en este primer mes es precisamente la constatación de esa percepción. No es solamente un problema de juventud, sino que también influyen el mesianismo y la soberbia, la descalificación a los adversarios y la falta de autocrítica Cuando es un ministro quien refleja esa condición disminuida políticamente y el Presidente llega a esa convicción, el tema cuenta con una fórmula de resolución relativamente simple, aunque pueda ser dura: cambiar el gabinete, definir la salida de un determinado ministro o bien su traslado a otra función dentro de la estructura del Estado.

La propia Izkia Siches planteó el asunto cuando era presidenta del Colegio Médico, consultada por su popularidad y eventual candidatura presidencial, en el programa La Cosa Nostra. Ella respondió que podía hacer una propuesta sanitaria porque tenía un equipo potente, pero carecía de él para gobernar el país e “iría a dar jugo” porque no tenía equipo para ello. En la misma entrevista sostuvo que no podía existir un segundo gobierno de derecha ni tampoco uno de centroizquierda que no iba a ninguna parte. “¿Quién los asesora?”, se preguntaba risueña la dirigente gremial, para enrostrar los errores del gobierno de Chile Vamos y sus ministros. En otra reflexión agregó que “van a haber responsabilidades políticas que en algún momento se van a tener que pasar”, a propósito de lo que consideraba errores en el tema de la pandemia.

Hoy en Chile gobierna la izquierda extra Concertación, que suponía tener la posibilidad y capacidad para superar las limitaciones de las administraciones anteriores, a las que criticó de manera lapidaria en muchas ocasiones. Pero el ejercicio del poder está resultando bastante más difícil de lo esperado. El ministro del Interior es, precisamente, la cabeza de la cartera que tiene a su cargo los temas más relevantes para el orden público, la seguridad y la paz social (en momentos en que recrudece la violencia y la destrucción en la Araucanía), así como las tareas claves del gobierno, considerando que es la segunda autoridad de Chile. El amplio catálogo de responsabilidades aparece descrita en el acápite “Funciones ministeriales” de la página web de la cartera (interior.gob.cl)

Debemos entender que el respaldo del presidente Boric a la ministra Siches es sincero. Por lo mismo, no habrá cambio de gabinete en el corto plazo, aunque el tema está instalado desde ya, más temprano que en todas las administraciones desde el regreso a la democracia en 1990. Por otra parte, también resulta claro que el peso real de la ministra del Interior ha disminuido y que su impacto –mediático y político– no se encuentra en su mejor momento. Sería conveniente regresar pronto a los grandes y graves problemas que tiene Chile por delante y que las chambonadas den paso a las soluciones de los temas económicos y sociales prioritarios, que son probablemente los prioritarios para la sociedad.

*Alejandro San Francisco es historiador y académico de la Universidad San Sebastián y Universidad Católica de Chile. Es también Director de Formación Instituto Res Publica.

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