Nunca es posible minusvalorar el hecho que la diplomacia ofrece no solo un estilo formal y para muchos aparatoso, pero permite establecer lazos entre sociedades que no son iguales, y no solamente con el entorno vecinal y regional. Es que las sociedades y las naciones en el sistema internacional están obligadas a interrelacionarse, y eso explica porqué cuando los países se aíslan se percibe como un hecho más bien anómalo. Producto de lo anterior es que en una época donde las malas maneras se extienden en el ámbito internacional, también se manifiestan en lo internacional. Políticos que creen que internet, twitter o WhatsApp pueden reemplazar la preparación de diplomáticos y las negociaciones abundan en todas partes, desde Maduro a Trump, lo mismo que frases maximalistas puedan resumir los dilemas de la política exterior en un par de frases y “solucionarlas”.

Lo cierto es que el mundo internacional tiene otras reglas que el sistema doméstico, y esto significa que hay necesidades e intereses, y no solo principios y solidaridades políticas que compartir en el trato entre los países. Parte de esto explica lagunas incomprensibles en el trato diplomático y en la continua interacción entre lo doméstico y aún comunicacional y lo exterior. No basta un marco teórico extenso que retrate las políticas exteriores con una serie de características –feminista, verde, LGBT, etcétera- para hacer sustituir el enfoque estatocéntrico, pues si se superponen se dejan de cumplir los propósitos y definiciones de interés nacional, que es el primer y más concreto nivel de un estado-nación, quedando otros como el bien de la humanidad, su supervivencia ecológica y otras en segundo lugar y parte del equilibrio entre fines y medios, que es la esencia de la prudencia. Dicho de otra forma, objetivos globales grandilocuentes pueden transformarse en grandes fracasos si los medios y peso específico del Estado que las declama no son suficientes y caen en el vacío.

Hacer “justicia discursiva” en relaciones exteriores puede traer represalias, vacíos o, peor aún, ridículos bien ostensibles, haciendo perder al Estado su prestigio y gravitación, que a veces es más conceptual, blando, y efectivo si se dedica a estrategias más congruentes con tratamientos multilaterales, que es donde tenemos un nicho realista para actuar.

¿Va a constituir Chile un nuevo paradigma de relaciones internacionales basado en principios absolutos de respeto a derechos humanos, cuidados del medio ambiente, minorías sexuales y otros?  Desde luego eso no ocurrirá, ya que eso es tarea de potencias (y ya sabemos cómo se aplica), y por cierto esas auto atribuciones siempre serán discrecionales, ya que se ejercerán respecto de Israel, pero se silenciarán respecto de China o en cada muerto que provoca la invasión rusa a Ucrania. Es cierto que en el microclima de la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile se prohibieron hace años las relaciones con el Estado de Israel, pero ese consenso estudiantil, que el presidente Boric conoce muy bien, pues de ahí proviene, no es susceptible de expandir al país, ni a la sociedad, sin contradecir la genérica buena percepción respecto de ese estado.

Para el interés de Chile, el conflicto del Medio Oriente no debería ser importado, ya que ni nuestros intereses vitales se encuentran allí ni el peso del Estado de Chile produce ninguna variación para el curso de los hechos. Nuestra implicación es suntuaria, y a lo más ganara adversarios innecesarios, en un medio en que las culpas están repartidas y el respeto a los derechos humanos entre los actores conflictuados no es la norma tampoco.

Del mismo modo, Chile no puede restringir las exportaciones a países que no contaminen, ya que parece obvio que nuestras ventas se dirigen a China Popular, Estados Unidos y Europa Occidental, de los más grandes contaminadores globales. Más bien debemos buscar -no exigir- mejores estándares y reducción de esas emisiones, ya que un acto tan gratuito como dejar de vender generaría problemas económicos y financieros, que serían aprovechados por estados más hábiles en gestionar sus propias relaciones internacionales, especialmente económicas. Y nada cambiaría tampoco.

Por eso es importante no desafiar innecesariamente a potencias o países: adquirir enemigos no es sabio. Eso lo explica el argentino Carlos Escude al proponer el Realismo Periférico, donde se tienen que sopesar los equilibrios de poder, los intereses y los ideales políticos. Y al revés, las simpatías ideológicas no pueden generar convergencias de intereses cuando estos son contrapuestos. La diplomacia será parte de esa cortesía innata para llegar a acuerdos, y así como se critica el gesto chileno de no recibir al embajador israelí, tampoco se pueden puede admitir actitudes “virreinales” como las de embajador Bielsa, que desde el gobierno anterior viene pontificando acerca de sus simpatías políticas, confundiendo las prioridades de buena vecindad con las confluencias ideológicas. Si el anterior gobierno careció de la voluntad de colocar un freno a sus accesos mediáticos, no hay que repetir la atmósfera de impunidad comunicional que, bajo malas maneras, prolonga ciertas autoimágenes de justiciero y “decidor de verdad”, que por cierto en este caso son puramente imaginarias.

*Cristián Garay es historiador.

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