Dos países latinoamericanos protagonizarán en breve no sólo uno de los grandes cambios en los equilibrios de poder internacional, sino que también formarán parte del más severo desafío a las democracias liberales del mundo. Uno (Brasil) ya integra la médula misma de la llamada “familia BRICS”, junto a Rusia, India, China y Sudáfrica, mientras que el otro (Argentina) está presto a integrarse a ella.

Estas dos decisiones de calibre global son la conclusión más relevante de la última cumbre, organizada telemáticamente por Pekín. Por un lado, ampliarán entonces de manera escalonada, pero muy significativa, el número de sus integrantes y, por otro, empezarán a tomar posiciones más activas en los asuntos políticos internacionales. Puesto en sencillo, se trata de un claro desafío a todo aquello que suele denominarse Occidente. La cumbre de Pekín demostró un innegable dinamismo y capacidad de articulación internacional de Xi Jingping.

En su cumbre participaron trece países que, desde hace ya algún tiempo y junto a varios otros, muestran interés en acercarse de manera más sistemática a la “familia BRICS”. Ante el beneplácito de los concurrentes (Argelia, Argentina, Egipto, Indonesia, Kazajstán, Cambodia, Etiopía, islas Fiji, Malasia, Tailandia, Irán, Uzbekistán, Malasia y Senegal), Xi consiguió motivar a sus aliados, fijando un esquema de ampliación. Primero, Argentina e Irán. Luego, Turquía, Indonesia, Nigeria, Kazajstán y Senegal. Más adelante, Egipto, Arabia Saudita, Emiratos Arabes Unidos y Tailandia. Joyas de las democracias iliberales.

La cancillería china aseguró que todas las aspiraciones serán examinadas con “mucho interés”, aunque se privilegiará a los llamados países-nodo; es decir aquellos con influencia regional y con mirada convergente de los asuntos internacionales. Este último detalle habla de un tema político muy central. Xi, al igual que los romanos respecto a sus enemigos, empezó a cavar una gran zanja diferenciadora, una fossa regia.

Ante estos cambios tan metamórficos, y el lenguaje siempre sinuoso de Pekín, corresponde preguntarse algunas cuestiones fundamentales. ¿Cómo ve la “familia BRICS” la evolución del orden mundial?, ¿qué busca en concreto con esta expansión?, ¿en qué asuntos globales se van a involucrar y en cuáles definitivamente no?, ¿cuál es la naturaleza de los valores que pretenden difundir?, ¿podrán culturas divergentes desarrollar un sistema común alternativo a Occidente con una narrativa global?

Son asuntos tremendamente relevantes dado el peso que tienen los integrantes y la enorme capacidad de convocatoria internacional demostrada en cita de Pekín.

Un dato descriptivo no menor es que con la llegada de Argentina e Irán, la “familia BRICS” sumará siete integrantes, que disponen de la friolera cantidad de tres mil quinientos millones de personas. Es decir, comprenden a casi la mitad del planeta.

Por ahora no resulta posible mensurar el significado concreto que tendrá para América Latina que dos países grandes, como Brasil y Argentina, formen parte de este bloque. Al ser entendidos como países-nodo, no sería descartable que despierten más entusiasmo regional y proliferen estructuras que ya algunos denominan BRICS Plus. Es decir, extensiones regionales a partir de cada uno de los países-nodo en diversos puntos del planeta.

La razón es muy simple. La idea BRICS Plus suena muy sugerente por su inevitable conexión con la acelerada penetración china. Y, dado que todos los grandes procesos se fraguan en períodos no breves y que, tras la guerra ruso-ucraniana, vivimos un repliegue del proceso globalizador, bien puede conjeturarse que el magnetismo estratégico de los BRICS empujará una de las grandes transiciones de estos tiempos. ¿Qué hará Chile ante este cambio tectónico, que desafía el liderazgo estadounidense?

Nacido el 2009, el BRICS había concentrado hasta ahora su proyección estratégica por medio de una instancia bancaria llamada BRICS-NDB (New Development Bank), destinada a competirle espacios de poder al FMI y al Banco Mundial. A ella ya habían adherido Uruguay, Bangladesh, Emiratos Arabes Unidos, Egipto y otros países.

Pero esa línea BRICS-NDB parece insuficiente y la ampliación de la “familia BRICS” apunta a explotar otras ventajas comparativas. Resulta innegable que los BRICS son fuertes, por ejemplo, en la reducción de la tasa de intensidad energética (obtienen más productos finales con menos consumo de energía), en la sustitución intrafósil del carbón por gas natural, en alcanzar mayor penetración de energías renovables repotenciando de paso la nuclear, en una mayor electrificación de la matriz energética producto de la electrificación del transporte vehicular y en la transformación de las redes eléctricas en redes inteligentes mediante una creciente digitalización (el 5G), por mencionar sólo las principales.

En tal cuadro, y a la luz de las dudas existenciales que vive Chile, cabe preguntarse si el esfuerzo “turquesa” de la nueva política exterior chilena considera diferenciarse, o articularse, con este crecimiento de la “familia BRICS”. No parece una interrogante ociosa. Hay quienes consideran que la democracia debe despojarse del liberalismo si quiere sobrevivir y BRICS ampliado, con Pekín a la cabeza, representa eso.

La llegada del BRICS al borde los Andes obliga a confrontarse también con la vieja discusión de cuánto duran en América Latina los entusiasmos por ideas abstractas o por atajos hacia grandes utopías, pues tarde o temprano chocan con la realidad. Y se comprueba que esta, casi por regla, es imperfecta.

La guerra ruso-ucraniana está demostrando este aserto con claridad meridiana. El desagrado occidental con la intervención de Putin llevó a aplicar sanciones sin calcular la reacción rusa ni estimar como posible un efecto boomerang. Acción y reacción terminaron provocando un schock energético y alimentario a nivel mundial. La disputa con las experiencias iliberales, por lo tanto, va en serio. Y la respuesta también.

Inmersa en esta brusca realidad mundial, la “familia BRICS”, con el fuerte acicate de Pekín, ha realizado una cumbre que bien podría provocar un retorno a un “estado de la naturaleza”. Se termina esa sensación de comunidad global nacida tras el fin de la Guerra Fría.

Con dos nuevos miembros, la influencia BRICS se hará sentir en toda la región. Y como ya está en preparación la hoja de ruta para la próxima cumbre (Sudáfrica, 2023), la tendencia señalada parece irreversible.

*Ivan Witker es académico de la Universidad Central e investigador de la ANEPE.

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