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Publicado el 15 de abril, 2019

Braulio Jatar Alonso: Una misión de amor por la democracia en Venezuela

Escritor, preso político Braulio Jatar Alonso

La ocasión ha servido para intercambiar opiniones sobre la situación que se vive en Venezuela, y que ONU califica como “desastre humanitario mayor”, y discutir sobre las posibles vías para alcanzar soluciones que erradiquen el patrón de conducta y las políticas que empobrecen a nuestro pueblo y aplastan a nuestra democracia.

Braulio Jatar Alonso Escritor, preso político
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Luego del golpe de estado de 1948 contra Rómulo Gallegos, un escritor venezolano universal que apenas se mantuvo por pocos meses como jefe de Estado, la democracia volvía diez años después.

Durante décadas Venezuela se convirtió en un sistema democrático receptor de perseguidos políticos del mundo y especialmente de dictaduras latinoamericanas como Argentina, Paraguay, Chile, y de miles de desplazados por la violencia de la guerrilla y el narcotráfico colombiano.

Mi padre, un perseguido político del general Pérez Jiménez durante la década 1948-1958, llegó como exilado a Cuba y luego a Chile. En el primer país conoció a mi madre, su esposa de toda la vida, y en la tierra del sur nacimos mi hermano y yo, siendo ambos chilenos. Al regresar a Venezuela fue elegido senador en dos oportunidades y embajador en la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (ALALC), un primer ensayo de integración regional con sede en Montevideo, Uruguay.

Mis padres eran hijos de emigrantes, ambos exilados de sus países de origen, con un elevado amor por la democracia, la alternación política, el respeto al derecho a disentir, y hacer propio el dolor de los perseguidos y expatriados. Conocemos en carne propia la doble condición y sentimos principal empatía con su ruta y  destino.

Diplomacia y política en nuestro entorno han sido siempre las herramientas para zanjar conflictos, aunque a veces la violencia se ha apoderado de tiempos y circunstancias, obligando a defender con fuerza la justa causa por la democracia.

Después del golpe de estado contra Chávez en el 2002, fui llamado a formar parte de mesas de diálogo. En el 2004 se me pidió coordinar un nuevo esfuerzo por rescatar el debate democrático en lo que parecía destinado a la extirpación de un bando por el otro. Todo nuestro empeño fue en vano, aunque recibimos reconocimiento de todos por nuestra testarudez en reencausar la controversia, dentro del respeto al estado de derecho y al imperio de la ley. Entonces, al igual que ahora, el necesario respeto por la divergencia ha sido una máscara, una fachada para buscar legitimidad internacional.

El día cinco de abril del presente año, tuve el honor de recibir en mi hogar, donde me mantienen con arresto domiciliario por un caso sin causa, al senador Francisco Chahuán, a la diputada Catalina Del Real y al embajador Eduardo Rodríguez Guarachi, quienes formaban parte  de  lo que me he atrevido en  denominar “Misión de amor por la Democracia en Venezuela”, todo dentro de un esfuerzo del senador y su equipo de presentar en el suelo de Bolívar un libro que ha titulado “Diálogos Democráticos” y que me ha distinguido con participación principal.

La ocasión ha servido para intercambiar opiniones sobre la situación que se vive en Venezuela, y que ONU califica como “desastre humanitario mayor”, y discutir sobre las posibles vías para alcanzar soluciones que erradiquen el patrón de conducta y las políticas que empobrecen a nuestro pueblo y aplastan a nuestra democracia.

Hemos convenido en que una solución pacifica es la mejor de las vías. Ya he explicado cual ha sido el rol de mi vida y el ejemplo de mi padre, pero también he repetido lo que he visto antes, cuando en los años sesenta se pretendió a la fuerza imponer la dictadura cubana, alimentando de ideas falsas a nuestros muchachos, convocándolos a las armas e inclusive a apoyar la invasión de fuerza extranjera por el centro de Venezuela acompañados de espías foráneos; esa acción violenta descarriló las acciones políticas y se impusieron en algunos casos las armas.

El papa Pablo VI djo: “Si quieres la paz, lucha por la justicia”. Hay muchas formas de lucha, y apostamos a que se impongan las pacíficas. Al Presidente Rafael Caldera, un extraordinario socialcristiano, le correspondió pacificar al país luego de los intentos de erradicar de forma violenta nuestra democracia. Sabemos que tarde o temprano siempre llegamos a ella, y nuestros misioneros chilenos hacen todo esfuerzo por lograr el cambio de forma pacífica.

FOTO:DANIEL HERNANDEZ/AGENCIAUNO

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