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Publicado el 26 de diciembre, 2015

Brasil, un gigante paralizado por el populismo

La Presidenta brasileña necesita inversiones extranjeras y, para ello, debe abrir y modernizar la economía, porque el populismo de izquierda perdió toda capacidad de ofrecer algo mejor.
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Brasil se estrenó el 1 de enero de 2015 con la toma de posesión de Dilma Rousseff para su segundo mandato presidencial, que es el cuarto consecutivo del Partido de los Trabajadores (PT), el más largo de la democracia brasileña. La estrecha victoria conseguida sobre Aecio Neves fue posible gracias al fuerte apoyo del ex Presidente Luiz Ignacio da Silva (Lula) y al hecho de que una parte importante del electorado brasileño temiera que un triunfo del candidato socialdemócrata opositor significara la suspensión de los programas sociales (bolsa de familia) instaurados durante la dinastía del PT. Así, el continuismo se impuso sobre el cambio en Brasil. Un craso error, porque en el transcurso del año se destaparon los escándalos de corrupción (Petrobras), la falta de reformas a la economía desembocó en recesión y se desplomó el apoyo popular a Dilma, circunstancias que han colocado a la Presidenta contra las cuerdas ante su eventual destitución por juicio político.

El llamado de Macri a Brasil

Es en ese contexto en el cual están soplando ahora los vientos frescos de la Argentina. Desde la Casa Rosada, el flamante Presidente Mauricio Macri no solo ha puesto énfasis en una nueva política exterior, sino en varios aspectos de la situación regional, frente a los cuales espera trabajar estrechamente con Brasil. Esto parece lógico si se considera que es su vecino principal, un gigante económico (la “China de Sudamérica”) y el líder natural de la región. Es la carta clave para los objetivos del nuevo gobierno argentino: reformar el Mercosur (liberalizarlo), impulsar la OEA (defender la democracia y los derechos humanos), aproximarse a la Alianza del Pacífico y mejorar sus relaciones con los EE.UU. y con la UE.

Si bien el razonamiento argentino es loable, el gran obstáculo será convencer al propio Brasil, que aún mantiene pendiente las reformas estructurales necesarias para abrir y modernizar su economía, sigue apegado a sus políticas comerciales proteccionistas y ha impulsado últimamente una política exterior con sesgo populista.

Los males del proteccionismo

Aprovechando su gran tamaño y una supuesta autosuficiencia, Brasil se ha jugado por aplicar políticas industriales y por mantener relativamente cerrado su mercado interno. Sin embargo, la falta internacionalización económica ha mermado su competitividad industrial y la actividad económica sigue condicionada por la burocracia y la corrupción, el ingreso promedio de los brasileños es bajo y la inequidad socioeconómica una de las más altas de América Latina. La respuesta a estas cuestiones endémicas no son los campeonatos mundiales de fútbol, ni las olimpiadas o las consignas populacheras. Tampoco resulta suficiente la solidaridad social del PT. Brasil tiene que aprovechar todas sus potencialidades para reinventarse como una economía moderna y como una potencia emergente.

La política tradicional de Itamaraty

Independencia nacional, prevalencia de los derechos humanos, autodeterminación de los pueblos, no intervención, igualdad entre los Estados, defensa de la paz, solución pacífica de los conflictos, repudio del terrorismo y del racismo, cooperación entre los pueblos para el progreso de la humanidad y otorgamiento de asilo político, son todos principios rectores de la política exterior del Brasil. Pero su altamente profesionalizada, eficiente y prestigiosa Cancillería (Itamaraty) también ha apoyado el multilateralismo y procurado avanzar en la reforma del sistema de gobernanza mundial. Tampoco han sido menores sus contribuciones en el cambio climático y en la no proliferación nuclear. En fin, Brasil se ha asentado en el mundo como una potencia civil, destacándose especialmente su rol diplomático como “constructor de consensos” en América Latina.

Brasil ha vivido siempre en un vecindario que le resulta confortable, porque de manera diferente a sus socios BRICS (China, Rusia, India y Sudáfrica) no mantiene mayores conflictos, sino buenas relaciones con los nueve países fronterizos y las demás naciones sudamericanas. En todo caso, como ya veremos, el soft power brasileño tiene la virtud de ejemplificar a un hegemon benigno para la región pero también el inconveniente de ser uno reacio (reluctant) a ejercer el liderazgo.

La influencia tercermundista del PT

En mayor o menor grado, la tradicional mirada de Itamaraty se ha visto condicionada a partir de 2003 por el izquierdismo militante del PT. Si bien el partido ha sido cauteloso en su manejo interno, empapado del modelo del Foro de Sao Paulo, se ha inclinado por un acercamiento hacia los países del ALBA y el tercermundismo a nivel global. En eso se parece al viejo PRI mexicano: conservador en lo interno e izquierdista externamente.

Dos parecen ser las razones -aparentemente contradictorias entre sí- de la nueva orientación ideológica: la injerencia del PT a través de Marco Aurelio García y los grandes intereses económicos brasileños en Sudamérica.

García, un profesor universitario de historia latinoamericana (Campinas, U. de Chile y París), fundador y dirigente del PT, y un político marxista (organizador del Foro de Sao Paulo), fue en su cargo de asesor de asuntos internacionales de la presidencia (Lula y Dilma) una suerte de poder detrás del trono. Entre otras cosas, se le achaca la frase de que “la democracia es una farsa para ganar el poder”, ser el mentor de la ayuda brasileña a Hugo Chávez, crear con el PC cubano el Foro de Sao Paulo, mantener contactos con la jefatura de las FARC e idear Unasur.

En cuanto a los intereses económicos, Lula convirtió el Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social (BNDES) en un instrumento primordial de su política de asistencia e inversiones en el Tercer Mundo, así como para favorecer a grandes empresas constructoras nacionales (Odebrecht, Grupo OAS, CCR Rodovías, Andrade Gutierres). En un discurso en 2005 a una promoción de diplomáticos, el Presidente dijo: “A través del BNDES perseguimos que lo que Bolívar intentó con la espada, la integración regional. Nosotros lo logremos con políticas financieras”.

En definitiva, Brasil se ha distanciado de su rol diplomático consensual y ha preferido aliarse con el populismo variopinto de los Castro, Chávez-Maduro y Kirchner. Su visión proteccionista del Mercosur ha frenado las expectativas de desarrollo de sus socios menores (Paraguay y Uruguay), en tanto que su ”invento” de la Unasur (para separar a los EE.UU. y anular a la OEA) ha sido una instancia bastante irrelevante para la cooperación política y la integración económica regionales. Se ha opuesto hasta ahora a la Alianza del Pacífico y a cualquier acuerdo regional de libre comercio. Para colmo, la diplomacia brasileña no ha querido defender la democracia en Venezuela (Chile tampoco), ni la libertad de prensa en otros países de la región (Chile tampoco), fue cómplice de los desatinos del kirchnerismo (Chile también), y prefiere que sus empresas inviertan en los grandes proyectos de infraestructura de países quebrados como Cuba o Venezuela.

¿Lula contra Dilma?

No exactamente, pero sí hay diferencias aparentes. Lula ha sido un Presidente carismático, simpático para la opinión pública interna y tremendamente activo en las relaciones exteriores de Brasil. Fue un dinamizador de los BRICS y muy activo en las relaciones con India y África, porque comprendía muy bien la globalización. Lula realizó innumerables desplazamientos al exterior (a todos los países sudamericanos y en más de una vez). Hizo más visitas a África que las realizadas por todos sus predecesores conjuntamente. Claro está que sus éxitos estuvieron basados en el crecimiento económico resultante del alto precio de las materias primas.

Dilma no es tan empática, ha viajado poco al extranjero (no ha venido ni una sola vez a Chile), su mentalidad es aislacionista y le tocó el fin del ciclo de las materias primas. La Presidenta no está entre los admiradores de Itamaraty y, en una alocución al servicio exterior, manifestó que en la carrera diplomática debían haber más ingenieros.

Conclusiones: los desafíos de Rousseff

La Presidenta brasileña tiene en su entorno inmediato dos prioridades importantes: por un lado, qué actitud adoptar con el otro gran integrante del Mercosur, después de la elección de Macri y el fin del kirchnerismo y, por el otro, el conflicto cada vez más peligroso entre el gobierno de Maduro y la oposición democrática venezolana. Asimismo, Rousseff tendrá que lidiar también con otros dos problemas en los que Brasil ha sido poco exitoso hasta ahora: la integración sudamericana y la reforma del sistema comercial internacional. Con todo, poder recuperar el protagonismo logrado por Lula es dudoso tanto por el debilitamiento interno que ocasiona la corrupción casi generalizada de Brasil y el fuerte deterioro que está sufriendo el populismo en América Latina.

Ante una de sus peores crisis en el último tiempo, escándalos de corrupción, desaceleración económica, con sólo el 9% de la población aprobando la gestión presidencial, y ad-portas de un juicio político, Dilma tiene que reaccionar. Los riesgos de la crisis van desde la destitución a la desaparición de la nueva clase media.

La Presidenta brasileña necesita inversiones extranjeras y, para ello, debe abrir y modernizar la economía, porque el populismo de izquierda perdió toda capacidad de ofrecer algo mejor. La única salida razonable es terminar con la “politización” de la política exterior brasileña, algo que ya estaba en retirada por el paulatino desplazamiento de Marco Aurelio García sobre las relaciones exteriores.

Brasil es el líder natural de América Latina y, como Alemania en la UE, debería ser el motor económico de la región. Pero su autarquía económica es tan anacrónica y su liderazgo político tan débil que sólo ha servido para crear un vacío en la región. Sumarse a las iniciativas de Macri podría ayudar a una reinserción económica de Brasil y rellenar el peligroso vacío de poder regional.

 

Juan Salazar Sparks, cientista político, embajador (r) y director ejecutivo de CEPERI.

 

 

FOTO:RAUL ZAMORA/AGENCIAUNO.

 

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