Columnas de opinión es presentado por:
Publicado el 05 de febrero, 2020

Benjamín Ugalde: Violencia y proceso constituyente: así, no

Doctor en Filosofía. Académico de la Universidad de Chile Benjamín Ugalde

Hay quienes todavía parecen no entender que la movilización pacífica es un derecho irrenunciable en una sociedad democrática, pero que al mismo tiempo la violencia contra otros, o contra su propiedad, es un delito que socava el Estado de derecho y la democracia, en especial cuando se afecta a los espacios públicos, pues entonces la violencia es ejercida contra todos los chilenos.

Benjamín Ugalde Doctor en Filosofía. Académico de la Universidad de Chile
Recibe en tu correo Lo mejor de la prensa
Suscribirse

La democracia ―así la concibieron desde sus inicios los griegos― consiste fundamentalmente en la resolución de los disensos y diferencias de los habitantes de la polis mediante el diálogo, la palabra, el logos. El lugar propio para la democracia es el espacio público ―el ágora― en donde se puede razonar, debatir y persuadir al resto. Por ello, los griegos sabían que un requisito fundamental para poder dialogar y deliberar democráticamente era la no violencia.

Así, la democracia es, ante todo, un espacio discursivo que brota del espacio físico en donde las personas pueden dirimir sus diferencias pacíficamente mediante el diálogo. El desarrollo y el florecimiento de la democracia depende, por lo tanto, de la existencia de esos espacios de discusión racional y del pensamiento reflexivo que es inherente a ellos. Por el contrario, la violencia y la polarización de la sociedad producen un serio deterioro sobre esos espacios públicos de diálogo y deliberación democrática. En una democracia representativa como la nuestra, ese espacio es por antonomasia el Congreso, pero también lo son los medios de comunicación y las universidades, entre otros.

Sin embargo, de un tiempo a esta parte, el actuar intransigente y violento de ciertos sectores de la sociedad que han sido seducidos por diversas formas de identitarismo tribal ―esto es, por la adherencia e identificación con un grupo o clan determinado, que busca resguardar de modo fetichista sus opiniones y costumbres― ha deteriorado profundamente el diálogo racional con otros que sostienen opiniones distintas, tal como ha sucedido de modo bastante generalizado desde el 18 de octubre del año recién pasado. En este sentido, el mayor daño que inflige la violencia sobre la democracia es la destrucción progresiva y simbólica de esos espacios de discusión racional. No se requiere echar abajo físicamente un liceo, una universidad o un congreso para que, en tanto espacio de discusión abierto y plural, sea clausurado simbólicamente mediante la violencia y la coacción; es suficiente para ello unos cuantos encapuchados, unas cuantas “funas”, amenazas y una cuota de violencia física y verbal. Cuando la violencia impera en un Estado de derecho democrático, entonces es la democracia misma la que es lentamente clausurada con ella.

Por todas estas razones, es bastante evidente que la violencia es incompatible con la democracia y con el Estado de derecho. De aquí que la primera función del Estado es la supresión de la violencia y de la coacción que unos ciudadanos puedan ejercer sobre otros. El Estado hace esto mediante la ley ―sancionando el delito― y mediante las fuerzas de orden y seguridad. Para cumplir satisfactoriamente lo anterior, el Estado se asegura para sí mismo el monopolio de la fuerza que legítimamente puede ser utilizada ―de acuerdo a la tan mentada expresión de Max Weber.

En un Estado de derecho democrático, la única fuerza y violencia que puede justificarse es aquella mínimamente necesaria para evitar el delito y mantener la paz, la tolerancia, el respeto y la igualdad ante la ley entre los miembros de una sociedad democrática. Deteriorar la función pública que el Estado tiene en estos ámbitos equivale, pues, a erosionar el Estado de derecho y a horadar la democracia misma.

La alternativa del rechazo es actualmente más democrática que nunca. No estamos hoy frente a una dictadura como en 1988, como intentó argumentar Osvaldo Andrade para confundir al actual rechazo con el “Sí” de la época, ni frente a la constitución de 1833, con un Portales defendiéndola, como arguyó con muy poco sentido histórico Daniel Matamala.

Sin embargo, esto es lo que exactamente ha hecho una parte no menor de los opositores políticos al actual Gobierno, dada una asentada comprensión romántica de la violencia popular y callejera. Esto último ha significado, en la práctica, el incumplimiento de la primera parte del Acuerdo por la paz social y la nueva constitución firmado el 15 de noviembre.

Hay quienes todavía parecen no entender que la movilización pacífica es un derecho irrenunciable en una sociedad democrática, pero que al mismo tiempo la violencia contra otros, o contra su propiedad, es un delito que socava el Estado de derecho y la democracia, en especial cuando se afecta a los espacios públicos, pues entonces la violencia es ejercida contra todos los chilenos. Cuando en una democracia ciertos sectores de la sociedad usan la violencia como arma política y otros los amparan, lo que están haciendo no es un daño al gobierno, es un grave daño a la democracia misma.

Ante esta situación anómala, y de marcado tinte antidemocrático, sería puro voluntarismo creer que un proceso constituyente llegará a buen puerto y que una nueva constitución resolverá los problemas sociales que aquejan a los chilenos. Es por esta razón que muchas voces moderadas y reformistas de la centroderecha ―entre ellas un conjunto de militantes y dirigentes de Evópoli que participaron activamente del proceso constituyente impulsado por la expresidenta Bachelet, ahora reunidos bajo la consigna “Así, no”― ya han manifestado que, en las actuales condiciones, votarán por la alternativa de “rechazo” al cambio constitucional que se plebiscitará el próximo 26 de Abril.

No se trata éste de un rechazo reactivo o puramente inmovilizador. Por el contrario, todo el mundo comprende que deben producirse de modo permanente cambios y mejoras a las instituciones, pero el punto es que este cambio constitucional ―de producirse― no modificará sustancialmente las condiciones de vida de los chilenos, que es lo que una mayoría pacífica anhela genuinamente, y lo más probable es que sólo satisfaga a una elite política que ya no quiere jugar en una cancha en la que se considera visitante, a pesar de las reformas y la firma del expresidente Lagos en 2005.

Cabe destacar que la alternativa del rechazo es actualmente más democrática que nunca. No estamos hoy frente a una dictadura como en 1988, como intentó argumentar Osvaldo Andrade para confundir al actual rechazo con el “Sí” de la época, ni frente a la constitución de 1833, con un Portales defendiéndola, como arguyó con muy poco sentido histórico Daniel Matamala. Estamos, más bien, ante un estallido de violencia y destrucción como Chile pocas veces había conocido, que ha sobrevenido durante un gobierno democráticamente electo por una importante mayoría y cuyo programa político no contemplaba la ejecución de este decisivo proceso.

Por todo lo anterior, y ante el actual escenario, el rechazo es hoy una alternativa plenamente razonable y democrática. Por ello, no es de extrañar que cada vez más ciudadanos comunes, y de diversas sensibilidades moderadas, terminen abrazando tarde o temprano esta alternativa.

Las columnas de Opinión son presentadas por:
Ver más

APOYA AL LÍBERO

A diferencia de muchos medios de comunicación en EL LÍBERO hemos mantenido nuestra web y noticias sin costos para todos. Creemos que hoy, más que nunca, es necesario que la mirada de EL LÍBERO llegue a más personas y cubra más contenido.

Si quieres ayudarnos a lo anterior suscríbete, hoy mismo, a la Red Líbero, por 1 U.F. mensual (o 0,5 U.F. para los menores de 40 años) con lo que estarás realizando un aporte fundamental para que podemos ampliar nuestra labor.

Suscríbete

También te puede interesar:

Cerrar mensaje

APOYA AL LÍBERO

A diferencia de muchos medios de comunicación en EL LÍBERO hemos mantenido nuestra web y noticias sin costos para todos. Creemos que hoy, más que nunca, es necesario que la mirada de EL LÍBERO llegue a más personas y cubra más contenido.

Si quieres ayudarnos a lo anterior suscríbete, hoy mismo, a la Red Líbero, por 1 U.F. mensual (o 0,5 U.F. para los menores de 40 años) con lo que estarás realizando un aporte fundamental para que podemos ampliar nuestra labor.

Suscríbete