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Publicado el 2 octubre, 2020

Benjamín Ugalde: El estallido político

Doctor en Filosofía. Académico de la Universidad de Chile Benjamín Ugalde

Lo que está viviendo nuestro país ha sido una suerte de revolución con guante blanco. Se ha atacado e intentado subvertir todas las instituciones, y se han utilizado todos los medios a disposición para ello: desde el Congreso y las universidades del Estado hasta la Contraloría.

Benjamín Ugalde Doctor en Filosofía. Académico de la Universidad de Chile
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Las protestas por el aumento en los costos de la vida que tuvieron lugar en nuestro país en octubre de 2019 —y que fueron denominadas como “estallido social”— se gatillaron por un alza en el Metro capitalino, establecida por el “panel de expertos” del Estado que fija el precio del transporte público. Pero, ¿cómo es que unas protestas de estas características llegaron a adquirir tal envergadura, y a producir los niveles de violencia que observamos durante el 18-O y los meses siguientes?

No cabe duda de que aquellas protestas de octubre no habrían tenido tales dimensiones si no es por la crisis política que vive nuestro país desde hace al menos diez años. Sí —leyó bien—, diez años, pues el problema de legitimidad del así llamado “modelo” social y político chileno se inicia, de manera clara, cuando quienes fueron sus administradores por más de cuatro lustros (1990-2010) perdieron la seguridad política —y por qué no decirlo, económica— que les entregaba su administración. De allí que, para entender el desarrollo de los acontecimientos que se han sucedido con posterioridad a las protestas del 18-O, haya que observar con detención el contexto político de las mismas. El así llamado “estallido social” se confundió con el incluso más dañino y perjudicial estallido político e institucional del país. Mire usted a su alrededor y dígame si no lo ve: Constitución, Congreso, partidos políticos, fiscales, jueces, contralor, etc.

Aquella alza en el costo del Metro —paradójicamente, de origen estatal— fue también el fósforo que incendió la pradera de la izquierda chilena, nuevamente fuera del poder y sin la administración del modelo; una izquierda que día a día se tribaliza más, que prescinde de los argumentos racionales en mor de una supuesta emocionalidad y que desprecia profundamente el libre mercado y la responsabilidad individual. Pues bien, esta izquierda que sucumbe a una tribalización casi religiosa de la vida social, que alude a “santos” y “demonios” (seres de luz que provienen del Estado/cielo, y los obscuros, del mercado/infierno) —aunque sonroje decirlo— ha logrado enquistar estas ideas en la mentalidad de no pocos jóvenes a través de un trabajo de décadas de activismo político efectuado desde las artes, la academia, y la cultura popular en general.

No es extraño, pues, que un conjunto de diputados de la izquierda más claramente tribal, el PC y el FA —esos verdaderos especuladores de la política— advirtieran tempranamente una magnífica oportunidad en el fenómeno de las protestas de octubre. En efecto, durante esos días ellos levantaron raudamente —como usted recordará— la virulenta campaña del “evade” a través de las redes sociales, al que intentaron camuflar sin ningún empacho como “desobediencia civil”. Usted conoce lo que sucedió a continuación: se incendiaron decenas de estaciones de Metro, negocios de pequeños y medianos comerciantes, espacios públicos e iglesias. Luego vinieron las consignas filofascistas: “Chile despertó” (“Alemania, despierta”, decía Hitler), o las justificaciones de corte historicista: “no son treinta pesos, son treinta años”, como si las injusticias y atropellos cometidos en el presente quedaran redimidos por un siniestro pasado que los justifica, una suerte de “ojo por ojo, diente por diente” que revela una atemorizante incapacidad de reflexión ética y una irracionalización de la vida política que, de persistir, no puede sino conducir a más violencia.

Posteriormente, el resto de los honorables también intentó capitalizar a toda costa su cuota en esta “pasada” política, lográndolo a través del acuerdo cupular por una nueva Constitución para nuestra atribulada República. Una nueva Constitución que, por cierto, vendrá inspirada por un modelo refundacional de hoja en blanco —una suerte de tabula rasa constitucional— además de abogar por un Estado de tipo “social”, como suelen decir eufemísticamente estos mismos especuladores políticos, como si no supiéramos que, puesta en sus bocas, la palabra “social” significa en realidad “socialista”.

Uno de los primeros psicólogos de este ethos refundacional fue el inglés Edmund Burke, quien ya en 1790 advirtió que la Revolución francesa terminaría en desastre. Y así sucedió, efectivamente. No vaya usted a creer la mitología del republicanismo francés que nos ha intentado inculcar otra cosa (la declaración de derechos del hombre ya había sido prefigurada un siglo antes en Inglaterra con su liberal Revolución Gloriosa de 1688). Pero incluso antes que Burke, el mismísimo Voltaire ya había visto esta ingenuidad política en la volonté générale de Rousseau, uno de los motivos de su magistral novela Cándido. Las inocentes aventuras de “el hombre nuevo”, de “la hoja en blanco”, de “las fojas cero”, conducen siempre a una anarquía más o menos duradera.

También don José Victorino Lastarria, el más férreo liberal de nuestra historia, tenía una claridad meridiana sobre el particular. En 1858, en los albores de una de las tantas asonadas revolucionarias por las que ha pasado nuestra República, Lastarria escribió: “¿Qué significa este caos de inmensa oscuridad?¿Es acaso la tumba de nuestra nacionalidad, la nada del ser de nuestra patria? ¿O es el caos de donde la anarquía va a sacar sus creaciones caprichosas, su luz siniestra, su mundo efímero?” Aun cuando el mismo Lastarria buscó toda su vida la reforma de la iliberal Constitución de 1833, jamás creyó en los cantos de sirena del socialismo refundacional.

En este sentido, el estallido político que está viviendo nuestro país ha sido una suerte de revolución con guante blanco. Se ha atacado e intentado subvertir todas las instituciones, y se han utilizado todos los medios a disposición para ello: desde el Congreso y las universidades del Estado hasta la Contraloría. Tampoco es extraño que los viejos burócratas de la República, los miembros de la otrora Concertación, se hayan plegado a la sociedad de antiguos y nuevos “jacobinos” —la del Partido Comunista con el Frente Amplio—. A este grupo también se han sumado los nuevos “girondinos”, a saber, esos pacatos líderes de la derecha chilena, que se suman al “Apruebo” en el plebiscito con la vana esperanza de que no los pasen también a ellos por la guillotina —como de hecho ya lo planteó acerca del propio Presidente, en la red del odio, un académico de un centro de estudios de oposición—. Todo este variopinto conjunto de “hombres nuevos” va hoy en el tren del “Apruebo”; hasta que descarrile, claro.

A todo lo anterior, súmele que la idea, en apariencia “inocente”, de que todo proceso refundacional conducirá a algo “mejor” —ese progresismo ingenuo del que hacen gala los políticos (naturalmente, dado que justifica su trabajo)— ha sido escasamente denunciada por los intelectuales públicos del país. Más bien al contrario, en los últimos meses ha quedado en evidencia cómo en general éstos se han plegado como escoltas y comparsas del proceso. La mayoría ha preferido recurrir al conocido fetiche de la “desigualdad” para explicar “sociológicamente” la violencia, a partir de la que surge este “nuevo comienzo”. Eso de la “capacidad de juicio crítico” de los intelectuales quedará para más adelante o, tal vez, hayan preferido renunciar a su rol histórico, a ser los aguafiestas, los tábanos molestos, como el viejo Sócrates.

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