Algunos «intelectuales» de la llamada «nueva derecha» (o derecha radical) insisten que la forma más efectiva de derrotar a la izquierda es a través de lo que suelen denominar «batalla cultural». Esta consistiría en algo así como un «gramscismo al revés»: en un copamiento de los medios de comunicación -de las redes sociales, más específicamente- con el objetivo de «desmontar» los argumentos «posmodernos» y «anticientíficos» de la «nueva izquierda», incluso del «liberalismo progre». Pido excusas al lector por el abuso de las comillas, pero es que se trata de términos que esos activistas utilizan hasta el hartazgo. En adelante, intentaré minimizar el uso de las comillas. 

En las redes sociales, y en particular mediante videos de YouTube e Instagram, usted podrá encontrar a personas aparentemente preparadas desmontando la «ideología de género» (cuyo propósito final sería facilitar o propiciar el abuso y/o la degeneración de los niños); denunciando la agenda 2030 de la ONU (una gran conspiración contra la cultura occidental); desmintiendo al indigenismo que se alimentaría de la Leyenda Negra de la conquista de América (a la cual no se le puede culpar, sin embargo, por la ocupación de La Araucanía); y renegando, por último, del feminismo radical, que sería casi todo el feminismo.

Además, encontrará que los partidarios de todas esas cosas (y de otras similares) son sistemáticamente calificados de «idiotas», de «antipatriotas», o de «enemigos de Occidente». También podrá constatar que, en las pocas ocasiones en que esos intelectuales se enfrentan a representantes de posiciones distintas, incluso liberales, presentan videos selectivamente editados con titulares como «Juanito destruyó a Pepito», o «Agustín demolió y dejó llorando a feminista radical».

Todo es presentado como parte de una lucha sin cuartel, derivada de la concepción antagonista a través de la cual interpretan la política y en la que, por tanto, no hay ni puede haber matices ni reconocimiento de la legitimidad del otro como un adversario más que como un enemigo.  

Pero lo más interesante de todo es que, cuando los referidos intelectuales/activistas se refieren a las ideas que quieren combatir, normalmente las presentan de manera en extremo simplificada, fuera de contexto, y recurriendo, en general, a la llamada falacia del hombre de paja. Por eso es que los videos y textos de estos intelectuales ofrecen una garantía de adulteración de los argumentos que dicen combatir. Por tanto, si usted quiere enterarse del pensamiento de posmodernistas, feministas, indigenistas, o globalistas, vaya a la fuente, no se quede con las caricaturas que esos intelectuales presentan sin ninguna barrera ética o metodológica. 

A pesar de su estridencia, esos intelectuales no logran que sus enemigos los tomen siquiera en cuenta. No al menos los más relevantes y no, en todo caso, como intelectuales. Por lo mismo, surge la pregunta: ¿Cómo puede pensarse seriamente en una batalla cultural si el supuesto enemigo apenas toma nota de los golpes del atacante? Esa indiferencia demuestra que la batalla cultural no solamente es una soberana pérdida de tiempo -aunque sí resulta muy efectiva para radicalizar a los propios-, sino que, sobre todo, es un combate irreal, de quijotes peleando contra molinos de viento. Pensar que se puede derrotar a la izquierda por medio de videos en YouTube o en Instagram es no entender nada de nada. Es andar muy perdido, la verdad.  

Resulta mucho más productivo, en cambio, problematizar la narrativa histórica que, frente a numerosos problemas del presente, han realizado, desde hace ya varios años, diversos historiadores o académicos de izquierda o antiliberales. Pero se trata de historiadores o académicos que no sostienen las ideas ridículas que les endilgan los quijotes de la derecha radical, sino de ideas que, aunque equivocadas, ameritan ser tomadas en serio.

Además, se trata normalmente de personas que escriben libros, que lentamente van influyendo en las universidades, en miles de estudiantes y también en muchos periodistas y políticos. Y, paradoja mediante, se trata de libros que los intelectuales de la batalla cultural apenas leen, o que sólo leen para, como se ha dicho, sacarlos de contexto y, finalmente, ridiculizarlos.  

Veamos aquí un ejemplo: la filósofa feminista Alejandra Castillo, profesora de la UMCE ha escrito un texto sobre la historia del feminismo chileno (que, dicho sea de paso, nunca ha sido comentado ni citado por ninguno de los intelectuales chilenos que libran la batalla cultural en YouTube o en Instagram). Dice Castillo que «la historia no es una ordenación temporal que registra de modo imparcial lo acontecido, sino que, por el contrario, es un orden de visibilidad y de dominio, de ahí que no haya historias ciertas, pero sí historias impuestas que de tanto ser contadas van construyendo cuerpos propios e impropios al orden hegemónico». 

Aunque pueda discutirse (se ha discutido mucho entre los historiadores) hasta qué punto la historia puede ser objetiva, lo que dice Castillo es que la historia es una arena en la que se construyen hegemonías que apuntan a justificar estructuras de dominación de unos sujetos en contra de otros. Por ejemplo, de hombres patriarcalistas en contras de las mujeres, o de los chilenos blancos en contra de los mapuches. 

Aunque no es descartable que la narrativa histórica haya efectivamente sido usada -por moros y cristianos- para justificar agendas políticas, ¿resulta verosímil afirmar que la historia puede ser reducida a un mero dispositivo de poder? Y, en todo caso, aunque así fuera, ¿hasta qué punto es cierto que las personas subordinadas -como las mujeres o los indígenas- han estado dominadas por los sectores hegemónicos, sin que existan, al mismo tiempo, mecanismos de emancipación? ¿No han contenido las mismas estructuras de dominación intersticios (como vacíos legales), o incluso normas explícitas en favor de los grupos subalternos? ¿No han sido las herramientas de dominación, como los discursos de género, al mismo tiempo, herramientas de emancipación? 

Las anteriores son preguntas que no pueden ser respondidas desde la lógica infantil y maniquea de los combatientes de la batalla cultural. Conforme a esa lógica habría que decir que la dominación no existe, que los mecanismos informales de opresión son un invento y que Alejandra Castillo está pagada por George Soros. Así, se deja intacta la visión de fondo de Castillo y se desaprovecha lo que -pese a su error de fondo acerca de la historia como disciplina- se podría aprender de su investigación.

La lógica de los activistas de la batalla cultural supone no solo falta de sutileza, sino una pereza intelectual de proporciones. Y todo ello es cierto aun cuando, por su parte, pueda ser verdad que muchos académicos de izquierda sean más activistas que investigadores. Pues, aunque fuera así, sigue siendo cierto también que muchos de ellos leen, investigan y escriben. Y escriben cosas de las que se puede diferir, pero que no por ello son ridículas, como afirman los combatientes de la batalla cultural.  

Comentando las visiones exageradas sobre la explotación que, desde la historiografía de izquierda, habría ocurrido en la Revolución industrial, Friedrich Hayek afirmaba, en 1956, que «el poder directo sobre la opinión pública está por lo menos un paso más cerca del historiador que del teórico». Con ello quería expresar la importancia de que existan historiadores que, desde su disciplina y de manera seria, sean capaces de discutir con sus colegas de izquierda o contrarios al liberalismo. Pero obviamente Hayek nunca insinuó, ni de lejos, que ese trabajo debía hacerse de una manera partisana o panfletaria, como hoy lo hacen los intelectuales/activistas de la batalla cultural. El mismo Hayek nunca atacó a los pensadores socialistas como enemigos. Para él, el socialismo es un error intelectual, no moral.   

Sin embargo, hoy somos testigos de cómo, lamentablemente, muchas personas «libertarias» o defensoras de «las ideas de la libertad» creen, a pies juntillas, estar derrotando a unos supuestos enemigos. La verdad es que, como así lo han demostrado los casos recientes de Trump o Bolsonaro, la derecha radical -y la eventual estrategia militar de la batalla cultural- no es más que pan para hoy y hambre para mañana. Y no solo para la derecha, sino para la democracia. Pero este otro tema, que amerita también otra columna.  

*Valentina Verbal es historiadora

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