Cuando se acercaba la hora de escribir mi primera columna post-plebiscito, pensé que podría hablar de las 338 comunas donde ganó el Rechazo, o cómo los sectores vulnerables y la verdadera clase media de este país le pegaron un portazo en la cara a la élite-progre-indigenista-ambientalista. Sin embargo, las noticias han seguido sucediendo de forma estrepitosa en Chile, sin dar tregua, y hoy pareciera que el 4 de septiembre quedó muy lejos.

¿Qué tan lejos?

Lo suficiente como para que hoy los secundarios vuelvan a atacar de forma violenta a la ciudadanía, incendiando micros y provocando otros desmanes… volvieron los overoles blancos y otros grupos de octubristas de izquierda. Y lo suficiente, también, como para que sectores de derecha dura salgan a decir que —debido a la insospechada votación del plebiscito de salida— hoy no es necesario iniciar un segundo proceso constituyente, atribuyéndose con ello la vocería de buena parte de los 7,8 millones de personas que dijeron que “no” a un texto constitucional nefasto, incoherente y divisorio. Incluso, en algunos círculos como la Fundación Nueva Mente, han empezado a circular videos que dicen “Basta” al proceso constitucional que ha seguido su curso en el Congreso Nacional… ¿rompan todo? Huele a octubrismo de derecha.

Algunos, un poco más cautos, no han dicho basta, sino que simplemente plantean que todo debiera volver a fojas cero, y que se debiera volver a preguntar si la gente quiere o no una nueva Constitución, desconociendo el monumental 78% que dijo que Apruebo hace menos de dos años.

Así, a pocos días de una verdadera fiesta de la democracia, con 13 millones de votos en las urnas, estamos en un terreno gris y aciago. Es lamentable que la izquierda más dura no haya aprendido nada, y que hoy tire por la borda la frágil paz social que hemos ido construyendo tras la pandemia del Covid; y es lamentable también que la derecha más dura cuente con tribuna y audiencia, pero no con olfato y cálculo político, porque parecen no darse cuenta de que volver a plantear un plebiscito de entrada sería un error mayúsculo, por al menos cuatro razones:

Primero, venimos de un plebiscito de resultado histórico, y eso no se repetirá. Un «nuevo plebiscito de entrada» dividirá a las fuerzas que se movilizaron de forma coordinada en el plebiscito de salida por el Rechazo, y eso sólo beneficia a los octubristas de izquierda. Todo lo que se haya conquistado entre la centroizquierda, el centro, los amarillos, la sociedad civil y la centroderecha, se habrá ido al carajo.

Segundo, un plebiscito cuesta cerca de 20 mil millones de pesos, y hay mejores cosas en qué gastarse ese dineral, si hace menos de dos años preguntamos lo mismo. Realizar un nuevo plebiscito de entrada es un derroche hoy día, con una economía asfixiada y con mejores prioridades para el gasto público.

Tercero, se debe cumplir la palabra empeñada. El compromiso de muchos sectores en la campaña fue que habrá nueva Constitución, y desconocer esto es de un penoso doble estándar. Es efectivo que desde la FNM o los Republicanos nunca reconocieron eso, pero la inmensa mayoría de los sectores que estuvieron detrás del Rechazo basaron su relato en que estaban en contra del “mamarracho”, y no de mantener el status quo. Ahora está en juego la credibilidad de varios sectores.

Finalmente, no le conviene al mismo Rechazo tirar bajo la alfombra la cuestión constituyente. Si no se hace ahora, cuando el país está relativamente tranquilo, y con una balanza inclinada a los sectores moderados, se corre el riesgo de tener un nuevo estallido en unos años más, con el resultado que ya conocemos. Siempre es mejor hacer los cambios cuando se tiene el sartén por el mango. Y no sabemos cuánto durará eso.

Por ello, corresponde gritarle ¡Basta! a los octubristas de lado y lado. Chile no puede seguir aguantando nuevas tensiones, ni por la destrucción, ni por la suspensión de un proceso constituyente en el que ya nos embarcamos. Ambos caminos, lo sabemos ya, llevarán a la ruptura o división en el corto o largo plazo, y por tanto no son soluciones viables. Mal que mal, acabamos de rechazar un texto constitucional, porque justamente—a juicio de muchos— nos dividía.

*Roberto Munita es abogado, sociólogo y master en Gestión Política George Washington University.

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