“Hay autocrítica, lo otro sería pedirle que se autoflagele en público. Hay un nivel de autocrítica mayúsculo para un jefe de Estado”. Así analizó Eugenio Tironi el discurso del presidente Boric para la conmemoración del estallido. La tesis subyacente es que el mandatario habría roto con el ala más radical del octubrismo, al descartar la idea de que aquel proceso fue una revolución. Es cierto que Boric logró un tono distinto al que impera entre sus huestes, más concentradas en borrar tuits que en otras tareas. Pero, ¿es posible decir que hay una autocrítica a la altura de los tiempos en Apruebo Dignidad?

La falta de autocrítica del Ejecutivo y su coalición revela la tesis política que está detrás de su gobierno, el tipo de realidad social que imaginan, los ajustes que sus proyectos necesitan. Han pasado ya varios días y el correcto discurso de Boric no logra maquillar estas severas deficiencias interpretativas. Dicho de otra forma, los problemas del gobierno parecen tener una raíz intelectual, de comprensión de la realidad política y social que le toca vivir. No es casualidad que parte de la reestructuración de sus equipos haya requerido un ajuste en el Segundo Piso. Más aún cuando la derrota del 4 de septiembre es también la derrota de una interpretación octubrista de nuestros conflictos; una que pensó nuestra realidad como pura carencia y ansias refundacionales.

Luego del segundo lugar del propio Boric en la primera vuelta de la elección presidencial y de la derrota de la opción Apruebo defendida por su gobierno, uno supondría que habría espacios para analizar lo sucedido. Pensar es imperativo en política, y hacerlo cuando los planes se van al tacho lo es más aún. En ese ejercicio hay algunas preguntas que se refieren a octubre mismo: ¿No hay nada que decir frente al acontecimiento radical que significó la violencia de octubre? ¿Esa violencia desatada no significó un quiebre, la irrupción de algo nuevo, en nuestro espacio público, algo distinto a lo que pensaba el Frente Amplio? ¿Por qué no quisieron o no pudieron antes marcar la distancia con su ala más radical, la misma que pidió la renuncia de Piñera apenas comenzado el estallido? Y una más terrible: ¿es esta una pugna interna en el alma del propio Presidente, entre sus tendencias reformista y radical?

Estas preguntas conectan con interrogantes mayores sobre el país que están viendo: ¿por qué sus anhelos chocan, una y otra vez, con la porfiada realidad? ¿Qué permite dar una continuidad interpretativa a octubre de 2019, el triunfo del Apruebo en el plebiscito de entrada y del Rechazo en el de salida? El vacío es tan evidente que el propio Carlos Ruiz hace sonar las alarmas: “Este Gobierno no tiene nombre, no tiene coalición, entonces no tiene programa”. Aunque también se extraña la autocrítica de parte de quien se supone que entrega sustento intelectual a una parte mayor de la coalición. El propio Ruiz y otros, como Fernando Atria, han abandonado al gobierno a su suerte.

El gobierno pateó la decisión de gobernar para después del plebiscito, y para eso requiere hacerse preguntas dolorosas. Luego de ser derrotado en ese ámbito por una amplia mayoría, parece condenado a una administración que miran en menos, y a tratar de complacer a sus grupos de apoyo a punta de guiños identitarios. Mientras no elaboren un diagnóstico, seguirán girando en banda por los más de tres años que le quedan por delante. Una farra histórica.

*Rodrigo Pérez de Arce es subdirector del Instituto de Estudios de la Sociedad (IES).

Deja un comentario

Cancelar la respuesta