Al pretender normar la política exterior chilena en una nueva constitución, la Convención Constitucional ha propuesto una disposición principal, que dice: “Chile declara a América Latina y el Caribe como zona prioritaria en sus relaciones internacionales… y se compromete con el mantenimiento de la región como una zona de paz y libre de violencia, impulsa la integración regional, política, social, cultural, económica y productiva entre los Estados”.

A primera vista, lo anterior parece bastante obvio, puesto que Chile ha sido física e históricamente parte de la comunidad latinoamericana. Sin embargo, como en la constitución vigente no hay una referencia expresa a la política exterior, sino que meras atribuciones del presidente y del Congreso, no solo parece pobre esta macro definición, sino que puede constituir a la postre una ‘camisa de fuerza’ para el accionar global de la diplomacia chilena.

Partamos por decir que, Chile es un país tricontinental, si tomamos en cuenta su posicionamiento en el cono sur de Sudamérica y su proyección tanto hacia la Antártica como al Pacífico Sur. Es cierto que nuestras afinidades latinoamericanas e ibero y luso americanas son culturalmente muy fuertes, pero tan o más importantes son nuestros intereses nacionales sobre la defensa del sistema antártico, así como el futuro de los Océanos, la vinculación económica con el Asia Pacífico, y los temas de seguridad en general en el Pacífico Sur (que puede ampliarse incluso al Indo Pacífico a futuro).

Se suma a la condición geopolítica recién descrita la necesidad de todo país de poder instrumentalizar su política exterior tanto con respecto al plano multilateral (con una activa agenda global: cambio climático y otros) como con el bilateral (relaciones diplomáticas con más de 177 estados).

Ahora bien, si la idea es priorizar -de todas formas- nuestra relación con América Latina, sería bueno tener presente qué nos ofrece hoy esta región en comparación con otras, tal vez más distantes o diferentes. Así, una rápida radiografía latinoamericana actual nos muestra que conviven entre sí tres dictaduras (Cuba, Nicaragua y Venezuela), tres regímenes populistas distintos (el megalómano AMLO, los divididos peronistas Fernández y el ciclo polarizador de Lula-Bolsonaro-Lula en Brasil), tres ex bastiones del liberalismo económico hoy duramente azotados por fuerzas anticapitalistas (Chile, Colombia y Perú), y múltiples problemas regionales/mundiales simultáneos (cambio climático, Covid, debilitamiento de la democracia, migración política y económica, bajo desarrollo y alta inflación). 

El resultado final es que América Latina evidencia, como nunca, un proceso atomizador que la divide y la debilita. La prueba de la división está en la suma inoperancia de todas sus instancias regionales: OEA, Celac, ProSur y Unasur, ALBA, Alianza del Pacífico y Mercosur. Por lo demás, a los seguidores de los Foros de Sao Paulo y de Puebla solo les interesa la solidaridad ideológica, en tanto que en el resto de la región subsisten diferentes enfoques sobre cooperación al desarrollo. Por todo ello, en el gran contexto del sistema internacional, América Latina no pesa, no figura.

Como conclusión, podríamos afirmar que, siendo Brasil el líder natural de la región, lamentablemente se encuentra enfrascado en disputas internas que inhiben su liderazgo. México todavía no resuelve su dilema vital “tan cerca de los EE.UU. y tan lejos de Dios”. La inagotable riqueza de Argentina se pierde en la terrible corrupción populista. El estado en Chile se mantiene hace mucho tiempo en “modo de teletrabajo”, pues no funciona y es ineficiente, en circunstancias de que el nuevo gobierno de turno persigue su expansión. Y los demás países de la región, se ven igualmente afectados por el surrealismo mágico de la política latinoamericana.

Hay, por cierto, muchas cosas que rescatar. Con todas las vicisitudes políticas que erosionan la institucionalidad en el gobierno de Castillo, todavía tiene el Perú a Torre Tagle para mantener unido al país. Los sectores privados en Colombia y en Chile son buenos ejemplos de modernización de sus países. Pero la verdad sea dicha. Si la nueva constitución determina que América Latina sea la zona prioritaria para Chile, tendremos que aceptar el título del presente artículo: ¿Atrapados sin salida en el mosaico latinoamericano?

*Juan Salazar es ex embajador y editor de Opinión Global.

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