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Publicado el 02 de septiembre, 2017

Artistas esclavos del fisco

No pretendo negar el evidente apoyo y aporte que el Estado otorga a las artes, pero su participación debería limitarse a apostar por la cultura menos popular, dejando al emprendimiento privado la cultura más popular y masiva.
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Hace unas cuantas semanas se anunciaba con bombos y platillos la creación del nuevo Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio –ex Consejo Nacional– como un gran avance en el desarrollo del mundo de la cultura de nuestro país. Un nuevo organismo que concentra el financiamiento y el poder para decidir que arte sí y cuál no. Pero esto no es ningún avance, ya que el foco sigue puesto en la institución, no en el arte ni en los artistas.

En toda política pública es necesaria la presencia del Estado, pero no siempre su preponderancia. Por el contrario, una buena política pública debe tender a que el Estado sea cada vez menos necesario en el ámbito que interviene, y en materia de arte y cultura debería seguirse idéntica lógica. Pero lo que ocurre en Chile es lo contrario: el Estado tiene cada vez mayor presencia, dejando al emprendimiento privado de lado, el cual no ve incentivo alguno para participar de lo que parece ser una fiesta sólo para algunos.

¿Por qué los privados y la sociedad civil intervienen poco en el financiamiento cultural? El primer problema que podemos observar es una falta de consumo de arte y cultura por parte de la ciudadanía. Esta falta de consumo no hace rentable la industria cultural desde el punto de vista del mercado. Frente a esto, la institucionalidad cultural del país ha reaccionado de manera intuitiva: al no ser sustentable la cultura desde el mundo privado, es el Estado el que debe proveerla como un “bien público”. Esta “excesiva fe en el legislador” –como diría Bastiat- genera un círculo vicioso, ya que la producción cultural se “acostumbra” a ser una industria subsidiada en un nivel alto, con la consiguiente falta de incentivos que desarrollen de mejor manera lógicas y eficiencias de mercado que incentiven el consumo. El subsidio estatal puede resolver –de manera ineficiente- la arista del financiamiento a las artes, pero si no se enfoca bien, nunca promoverá el consumo de las personas, con la consiguiente sustentabilidad y eficiencia que otorgarían a las artes las leyes del mercado.

No pretendo negar el evidente apoyo y aporte que el Estado otorga a las artes, pero su participación debería limitarse, en palabras del Donald Sasoon, a “arriesgar y apostar por la cultura menos popular”, dejando al emprendimiento privado la cultura más popular y masiva.

Para lograr lo anterior es básico un cambio de perspectiva en el Estado chileno, pasando de la idea de “inversión en el arte” a la de “inversión en el disfrute de las artes”, generando por lo tanto un ambiente social más propicio para el incentivo privado. De esto modo el mundo privado, detectando un mercado atractivo, podría motivarse a participar, con lo que obtenemos múltiples beneficios: diversificamos fuentes de financiamiento, pluralidad en el desarrollo artístico y una industria sustentable. Ese debe ser nuestro norte.

Al final del día, la calidad cultural de un país dependerá de su capacidad de buscar las mejores sinergias entre las políticas del gobierno y las libres iniciativas de la sociedad civil. Por el momento, los artistas seguirán siendo esclavos del Fisco.

 

Esteban Montaner, investigador Fundación para el Progreso

 

 

FOTO: FRANCISCO FLORES SEGUEL/AGENCIAUNO

 

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