El argumento “apruebo para reformar” dice mucho respecto al resultado del borrador constitucional. Básicamente es una declaración abierta que acepta que el borrador no quedó bien, pero lo aprobaremos para luego intentar hacer algo mejor.

Sin embargo, dadas las propias normas que define el borrador, ese camino no sería tan fácil. Esto, porque un grupo de convencionales se ha asegurado que su proyecto de refundar Chile avance contra viento o marea, y para ello han implementado una serie de cerrojos que harán muy difícil las posibles reformas de la posible nueva constitución. Nota aparte merece la ironía de hacer una constitución llena de trampas para querer cambiar las trampas de la constitución vigente.

Vamos por partes. En primer lugar, el borrador establece que para reformar la constitución en las materias que “alteren sustancialmente el régimen político y el periodo presidencial; el diseño del Congreso de Diputadas y Diputados o la Cámara de las Regiones y la duración  de  sus  integrantes;  la  forma  de  Estado  Regional; los  principios y los derechos fundamentales; y el capítulo de reforma y reemplazo de la Constitución” será necesario contar con un referéndum ratificatorio, salvo que haya sido aprobado por los dos tercios del Congreso, las otras materias quedan remitidas a la ley y por tanto podrían ser reformados por mayoría simple o quórum calificado, según se disponga. Pero, por norma transitoria se establece que las normas de reforma entrarán a regir desde el 2026, y mientras, las reformas que se hagan al texto deberán contar con los dos tercios de los diputados en ejercicio.

¿Qué significa esto? Que por mucho que en campaña digan que debemos aprobar para reformar, la realidad es otra, y lo han manifestado los propios constituyentes como Fernando Atria o Ignacio Achurra.

Los convencionales, sin ninguna autocrítica al resultado del texto, declaran que el quórum de dos tercios busca que la nueva constitución se implemente de forma prioritaria, que no se le puedan hacer reformas inmediatas, y menos por un órgano desleal a la nueva constitución como lo es el actual Congreso. Así, sólo las instituciones que crea la nueva convención estarían dotadas de una legitimidad democrática digna de hacer las reformas que merece la nueva constitución. Se les olvida a los convencionales que el actual congreso fue elegido de forma democrática con votación popular por todos los chilenos, y que tal como le sucede a la mayoría de la opinión pública, tienen legítimas dudas respecto de la propuesta que nos presentan.

En definitiva, aprobar el borrador constitucional nos pone frente a un zapato chino. Sabemos que no es una buena propuesta, que tiene costos enormes de implementación que ni el propio gobierno ha dimensionado aún y que, por lo mismo, la hace impracticable (en esto la propuesta de normas transitorias del gobierno es muy aclarativa, pues básicamente se reduce a aplazar su implementación para el próximo gobierno). A pesar de todo esto, se nos impone impulsarla con celeridad sin posibilidades de realizar las reformas necesarias para hacernos cargo de los reales anhelos de la ciudadanía.

*Magdalena Vergara, Directora de Estudios IdeaPaís.

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