Lo ocurrido en la tarde del domingo 4 de septiembre me hizo recordar un pasaje de un famoso discurso de Winston Churchill al parlamento británico, cuando informó que casi la totalidad de la fuerza expedicionaria británica había sido rescatada milagrosamente de una derrota segura frente al poder nazi en Dunkerque, Francia. Mediante un esfuerzo militar, pero sobre todo civil, cientos de miles de soldados estaban de vuelta en Inglaterra. Churchill previó la algarabía de sus auditores diciendo: “Debemos ser muy cuidadosos de otorgar a esta liberación los atributos de una victoria.”

El aplastante resultado de la opción Rechazo puede tener muchas interpretaciones válidas, pero algunas son más peligrosas que otras. El mayor riesgo sería calificarla de una victoria definitiva. Se debe reparar en varias cosas. Primero, meses antes se votó un Presidente de la República con ideas exactamente opuestas. Segundo, la votación no establece un panorama definitivo, excepto que el texto propuesto debe ser desechado. Y tercero, si nos guiamos por patrones electorales anteriores, el 62% victorioso no es políticamente homogéneo. Analistas especializados lo han dicho mejor: esta no es una victoria solo de la derecha. Tomando las palabras de Churchill, es más bien una liberación.

Educación ofrece un buen ejemplo. El texto propuesto por la Convención tenía como principal característica la imposición total de una visión de la educación por sobre otras posibles. Esta visión única tiene varias aristas relacionadas entre sí. Los fines y principios de la educación –reflejo en parte de las agendas políticas de los entonces convencionales– eran impuestos unilateralmente, y la ley regularía la forma (¿única?) en que se materializarían como “calidad”. Se impuso también la mirada de que la educación estatal es la única de carácter público, mientras que la privada, si bien no se prohibió, quedó totalmente invisible. Los padres fueron desprovistos de todo rol, con excepción de elegir “tipos de educación”. Más allá de los detalles y las preferencias ideológicas, es claro que este texto en educación impone con claridad la visión de un sector, y por ello no logra convivir con comprensiones distintas de la tarea de educar.  Así, el resultado del domingo representa la liberación del predominio definitivo de una mirada sobre todas las demás. El ejemplo definitivo de esto último es la mezquindad imperdonable de haber omitido el derecho y deber preferente de los padres de educar a sus hijos.

Si entendemos el resultado del domingo como el rechazo contundente de la ciudadanía a la imposición de una mirada sobre cualquier otra, más que el rechazo a las ideas en sí, es más fácil pensar en lo que viene. Cualquiera sea la vía que se tome, si se evita una discusión moralizante de “buenos” contra “malos”, si se reconoce el aporte de la sociedad civil, si en lugar de castigar a la educación privada se le entrega un rol y se fortalece en conjunto con la educación pública, es muy posible que los resultados sean diferentes. Y eso sí sería, recordando a Churchill, una victoria.

*Daniel Rodríguez es Director ejecutivo de Acción Educar

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