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Publicado el 23 de octubre, 2018

Antonio Barchiesi: Élite en crisis

Director Ejecutivo Acción Republicana Antonio Barchiesi

Hay un elemento común en aquello que la clase política y los grandes medios de comunicación han llamado ‘populismo’. Viktor Orbán, Donald Trump, Nigel Farage y hoy Jair Bolsonaro representan el rechazo de la ciudadanía a las élites.

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Esas élites se presentan en algunos casos como organismos supranacionales que amenazan la soberanía de las naciones; en otros, como el conjunto de políticos, artistas y medios de comunicación unidos por el consenso respecto de cierta agenda progresista; y también hay casos de élites constituidas por la connivencia de políticos y empresarios unidos por vínculos de corrupción. Cada país tiene sus aspectos diferenciadores, pero en todos los casos se repite el mismo factor: grupos dirigentes ajenos a la realidad, desconectados de las verdaderas urgencias sociales y con un profundo desprecio por el ciudadano común.

 

El desprecio de la élite se traduce en asuntos bien concretos. Implica el desprecio de todo sentimiento patrio o de identidad nacional o local, de la protección de las fronteras, de la regulación de los flujos migratorios, y en general de todos aquellos elementos que configuran la cultura, y que por lo tanto constituyen un ámbito diferenciador respecto de quienes le son ajenos. El desprecio por la religión, por la profesión pública de fe, especialmente respecto de aquellas manifestaciones que integran la identidad nacional, de profunda raigambre popular. Seguido del esfuerzo por limitar la religión al ámbito estrictamente privado. El desprecio por los valores morales compartidos ampliamente en la población, como que el matrimonio es entre un hombre y una mujer, que la sexualización precoz de los niños es dañina, o que la vida de la persona en gestación no es disponible. El desprecio por la libertad, porque esa élite ha intentado desde hace ya muchos años indicar la forma como debemos vivir; la imposición de criterios educacionales teñidos de ideología es probablemente el mejor ejemplo.

 

Durante años se ha cultivado en las profundidades del tejido social el rechazo a esas élites.

 

De esta manera, las élites no sólo han despreciado a los ciudadanos comunes, también los han olvidado, se han alejando de la realidad y han reemplazado las urgencias sociales por la ideología. Así vemos cómo la discusión del aborto se ha vuelto prioritaria frente a la búsqueda de tratamientos oportunos para quienes sufren cáncer, o cómo la discusión de las concesiones hospitalarias se ha vuelto más importante que su efectiva construcción. La mala noticia para ellas es que el desprecio y el abandono de tantos años, especialmente cuando se refieren a porciones tan considerables de la población, no pueden no tener consecuencias. Durante años se ha cultivado en las profundidades del tejido social el rechazo a esas élites, rechazo que hoy se manifiesta en países tan diferentes como Hungría y Brasil; y es desde esas mismas profundidades que surge la voluntad de cambio, la voluntad de volver a ser escuchados, y esa es la gran oportunidad, volver a hacer las cosas bien, volver a atender las verdaderas urgencias sociales.

 

La crisis de la élite propone dos conclusiones. Primero, pareciera que el binomio ‘izquierda’ y ‘derecha’ no es suficiente para enmarcar el fenómeno. Si bien se acostumbra utilizar el término ‘ultraderecha’, esto tiene que ver más con la dinámica del desprecio que con categorías políticas. Segundo, es frecuente la asociación entre el actual proceso de crisis de la élite y un cierto riesgo para la democracia. Pareciera que ninguno de los ‘populistas’ que ha llegado al poder ha puesto en riesgo la democracia, porque en todas partes los mecanismos constitucionales de control siguen funcionando. Sin embargo, pareciera que el asunto es anterior y más profundo, quizás la democracia ya hizo crisis cuando los grandes bloques se volvieron demasiado parecidos, cuando dejo de importar el resultado de la elección.

 

Las élites deben conectarse con la ciudadanía, deben terminar con la dinámica del desprecio, sólo así, quizás, vuelvan a representar a las mayorías olvidadas

 

 

FOTO: FRANCISCA CARLINI/AGENCIAUNO

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