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Publicado el 24 de junio, 2020

Angel Soto: En búsqueda de la felicidad

Profesor Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales. Universidad de los Andes. Socio Trino Consultores Ángel Soto

En un mundo donde se confrontan dos ideas de la felicidad, “una basada en el placer y la otra ética”, es imprescindible conjugar el bienestar material con las relaciones sociales y el “sentido de la vida”.

Ángel Soto Profesor Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales. Universidad de los Andes. Socio Trino Consultores
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La felicidad ha sido a lo largo de la historia un objeto de permanente búsqueda. En los últimos dos siglos, hemos visto un extraordinario progreso tanto de las condiciones materiales de la humanidad, como de sus conocimientos técnicos y científicos. Esto nos ha permitido que seamos “más ricos y más cultos”. También somos “más libres”, “más sanos”, “más numerosos y más longevos”. Sin embargo, la pregunta es: ¿también somos más felices?

Este es el planteamiento que hace el economista italiano Emanuelle Felice en su libro “Historia económica de la felicidad” (Crítica, 2020), para quien “el gran reto de nuestro tiempo es no permitir que el desarrollo tecnológico se desligue de la ética”. Una cuestión fundamental en estos tiempos donde algunos, a pesar de la evidencia histórica y del sentido común, insisten en continuar por un camino tecnocrático, mientras que, como hemos observado, cada vez hay una mayor demanda por las humanidades, que nos ayudan a entender y obtener como conseguir un “mejor vivir”… una mejor calidad de vida.

En una reciente entrevista en ICARE, el ministro de Hacienda Ignacio Briones señaló: “las artes y las humanidades le imprimen el pensamiento crítico a nuestras conversaciones… En tiempos de incertidumbre, el activo más valioso es desarrollar el pensamiento crítico”. Pocos días antes, se publicó una columna titulada “El rol de la cultura en la crisis”, en la que un destacado grupo planteó que el arte y la cultura podrían activar herramientas simbólicas que tocando “la fibra emocional” nos ayuden a “recuperar y reconstruir la confianza cívica y la colaboración entre desconocidos”. Texto que fue destacado en twitter por el propio Bernardo Larraín, presidente de SOFOFA, quien enfatizó que “la dimensión cultural será fundamental en el camino de recuperación que debemos empezar a caminar”.

Por esa razón no debe sorprender, en especial viniendo de los alemanes, que esta semana dicho país anunciara que se incluiria a la cultura entre los “bienes de primera necesidad”, mientras que sí observamos con preocupación que algunos en Chile celebraron que Australia quitara el subsidio a las humanidades para “invertirlos en carreras científicas”, llamando a seguir dicho ejemplo. Un opción que sería lamentable, en especial cuando sabemos que uno de los factores determinantes para el progreso es la cultura.

A partir de la pregunta si existe relación entre desarrollo económico y felicidad, Emanuele Felice identifica un trazado histórico desde los comienzos de la humanidad hasta el presente, identificando tres grandes revoluciones: la cognitiva, agrícola e industrial. Todas ellas  tienen en común no solo ser a la vez económicas y culturales, sino que provocaron cambios en nuestra forma de producir, pensar y vivir… transformando de paso el concepto de felicidad. Para el economista italiano, por mucho tiempo la economía debía ocuparse de averiguar “cómo llevar una vida feliz”. Mientras que la historia económica tenía que explicar el camino hacia el bienestar, subestimando las explicaciones que han entregado la psicología, la antropología y la filosofía moral. Hoy, gracias a los enfoques culturales la visión es más amplia.

¿Por qué la felicidad? No solo porque nos permite entender los marcos culturales y reinterpretar los procesos económicos y políticos, sino porque en el presente permitirá dar respuestas a las incógnitas y a los retos que plantea el vertiginoso desarrollo tecnológico.

En un mundo donde se confrontan dos ideas de la felicidad, “una basada en el placer y la otra ética”, es imprescindible conjugar el bienestar material con las relaciones sociales y el “sentido de la vida”. Cuando nos sentimos abrumados, la buena noticia -nos dice el economista citado- es que, a diferencia del pasado, lo que pase está vez dependerá mucho más de nosotros, ya que hoy, más que nunca, somos artífices de nuestro propio destino y, por ende, de nuestra propia felicidad.

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