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Publicado el 19 agosto, 2020

Angel Soto: Cooperación social y libre comercio

Profesor Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales. Universidad de los Andes. Socio Trino Consultores Ángel Soto

¿Está nuestra institucionalidad aportando estabilidad a ese intercambio espontáneo, base del progreso?

Ángel Soto Profesor Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales. Universidad de los Andes. Socio Trino Consultores
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Una importante enseñanza de la economía es aprender que el desarrollo de la cooperación social se da por medio de la división del trabajo. En las sociedades donde las instituciones estimulan dicha cooperación fluye el comercio y la innovación. En cambio, si se obstruyen, “la vida se convierte en una lucha constante por la supervivencia”. Es decir  solo a través de la cooperación podemos “vivir mejor”. Así lo afirma el profesor de Economía y Filosofía de George Mason University, Peter J. Boettke, en su libro “Viviendo la economía. Ayer, hoy y mañana”.

Adam Smith, en su  clásico trabajo “La Riqueza de las Naciones” publicado en 1776, ya ponía el énfasis en este punto: “Esta división del trabajo, de la que derivan tantos beneficios, no es el efecto de ninguna sabiduría humana, que prevea y procure la riqueza general que dicha división ocasiona”. Al contrario, señalaba el también economista y filósofo escocés, “es la consecuencia necesaria, aunque muy lenta y gradual, de una cierta propensión de la naturaleza humana, que no persigue tan vastos beneficios; es la propensión a trocar, permutar y cambiar una cosa por otra”. La afirmación quizás pueda parecer sencilla, pero es de una profundidad increíble ya que se encuentra en la base del progreso: el libre intercambio de bienes y servicios.

El fundador de la Fundación para la Educación Económica, Leonard E. Read, contaba una historia fascinante de “Yo, El Lápiz”. Aquella en que ese lápiz grafito, “tan conocido por todos” y cuya vocación y distracción es “escribir”, es un ejemplo de esa cooperación espontánea que nos mejora la calidad de vida, pero como el mismo lápiz “nos dice”: “ni una sola persona sobre la tierra sabe cómo hacerme”, aunque en él confluye la madera, el transporte de los troncos, el acero, el cáñamo, el grafito, la pintura y miles de factores desde distintos lugares del planeta e incluso el café que toman quienes lo producen mientras descansan: es un intercambio libre y espontáneo.

¿Está nuestra institucionalidad aportando estabilidad a ese intercambio espontáneo, base del progreso? La incertidumbre respecto del derecho de propiedad –en materia de los fondos de pensiones, por ejemplo-, las voces que llaman a fijar precios, los intentos de imponer nuevos impuestos o subir los existentes y en definitiva los cambios en las reglas de juego, poco contribuyen a que ese comercio e innovación fluya con naturalidad.

El ser humano, decía Adam Smith, está permanentemente necesitado de la colaboración de sus semejantes y le es “inútil esperarla exclusivamente de su benevolencia”. Debe dirigir en su favor el interés de los demás, y “mostrarles que el actuar según él demanda redundará en beneficio de ellos”. Es solo dando lo que el otro desea la forma en que conseguimos “mutuamente la mayor parte de los bienes que necesitamos”. Cuestión que inspira esa célebre frase: “No es la benevolencia del carnicero, el cervecero o el panadero lo que nos procura nuestra cena, sino el cuidado que ponen ellos en su propio beneficio”.

Es la certeza del intercambio de nuestro trabajo lo que estimula la dedicación a una ocupación particular, y principalmente “perfeccionar todo el talento o las dotes que pueda tener para ese quehacer particular”.

No hay que engañarse. En palabras de Boettke, el conocimiento sobre la relación entre la cantidad de dinero y los precios es una cuestión que está implícitamente en los actores económicos. “Los derechos de propiedad brindan incentivos a los actores, los precios relativos los guían en sus decisiones y las ganancias y las pérdidas dirigen el uso de los recursos, estimulando la innovación y el crecimiento económico”.

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