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Publicado el 31 marzo, 2021

Ángel Soto: Abril, impuestos mil

Profesor Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales. Universidad de los Andes Ángel Soto

Mientras estamos preocupados por cientos de gastos inútiles y reclamamos por nuestros derechos, ignoramos que muchas veces el verdadero villano está “en casa” y “cada año nos quita más y más de nuestra privacidad y libertades civiles en el interés de proteger los ingresos” del Estado que provienen de platas ajenas.

Ángel Soto Profesor Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales. Universidad de los Andes
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A “papá Estado” no le bastó cobrar en marzo los permisos de circulación. Tampoco le fue suficiente el IVA y el impuesto verde al momento de la compraventa, el específico de combustibles ni el “tag” cada vez que usamos una carretera. Ni hablar si usted tuvo la desdicha de hacer una mantención, revisión técnica, cambió los neumáticos o sencillamente compró el “arbolito aromatizador”: el 19% se fue para el fisco.

Pero eso no basta. Tampoco que de los 365 días al año, trabajemos cerca de 67 para pagar impuestos. Ni que en cada momento del día, de cualquier cosa como uno haga, como comprar un libro, tomar un café, lavarse los dientes o ducharse, el 19% de lo recaudado sea para el Estado. Incluso mientras duerme, si usted está cargando el celular, estará pagando impuestos.

Como cada año, la llegada de abril se asocia con el pago de impuestos “mil”. Al pago de “contribuciones” -sin saber mucho a qué se está contribuyendo- se suma la Operación Renta, en la que debemos participar los -cariñosamente llamados- contribuyentes.

En lo que no hay duda es que de los servicios públicos que funcionan bien, el Servicio de Impuestos Internos es un ejemplo. Su sitio web casi no se cae, es rápido, intenta ser amable, lo mantiene informado, le hace una propuesta de declaración –no se atreva a contradecirla- y le permite elegir formas de pago. Cómo no, si se estima en poco más del 18% del PIB la recaudación tributaria. Pero, cuidado, no se le ocurra atrasarse, penas del infierno caerán sobre usted con intereses desorbitados. Ni hablar si tiene que ir a re-pactar la deuda a la Tesorería General de la República.

La teoría económica señala que los impuestos recaudan recursos desde el sector privado para financiar el público porque este es incapaz de generar ingresos. También se afirma que debiera ayudar al crecimiento y bienestar de la población, aunque lo curioso es que seguimos prefiriendo educación, salud, autopistas e incluso ya estamos pagando por seguridad privada. Se dice que ayudan a redistribuir el ingreso a través de impuestos progresivos, pero sabemos que lo más relevante es crear riqueza más que repartir lo que hay. Y ahora, siguiendo al mainstream económico, se puso de moda la propuesta de colocar un impuesto a los “súper ricos”. Una idea no solamente mala, que ha demostrado su ineficiencia, sino que además innecesaria, ya que si el Gobierno liquidara activos financieros, reasignara gastos de manera eficiente e incluso aumentara su endeudamiento, contaría con los recursos necesarios para financiar lo que el poeta mexicano Octavio Paz llamó “el humor del príncipe o el capricho de la hora”. Las necesidades de un Estado que se llena de escribanos, leguleyos, astrólogos y expertos de las más distintas ciencias y artes –muchas ocultas- que hacen planes que “el viento arrastra hasta confundirlos con el polvo grisáceo del altiplano” (El Ogro Filantrópico).

Chile, dentro de la OCDE, es el país donde más relevancia cobran los impuestos al consumo. Se estima que llega a cerca del 53% de los ingresos tributarios totales, siendo el único que sobrepasa el 50%, lo que contrasta con el promedio del 32% de la OCDE. El abogado y especialista en impuestos internacionales, Charles Adams, escribió en su libro For Good and Evil. The Impact of Taxes on the Course of Civilization (1992) que muchos eventos históricos terminaron mal a causa de los impuestos. En el mundo antiguo existía el terror a los temas impositivos. Una de las causas de la caída del Imperio Romano fue la evasión. En la Edad Media, los contribuyentes no sólo tenían a “Dios de su lado”, sino que también a Robin Hood. Mientras que en el mundo islámico las alternativas para los infieles eran “muerte o impuesto”. En América Latina, Cortés y Pizarro descubrieron que el punto neurálgico de los Incas y Aztecas era los impuestos, mientras que muchas guerras y la revoluciones han tenido sus causas en los tributos.

En los tiempos contemporáneos, mientras estamos preocupados por cientos de gastos inútiles y reclamamos por nuestros derechos, ignoramos que muchas veces el verdadero villano está “en casa” y “cada año nos quita más y más de nuestra privacidad y libertades civiles en el interés de proteger los ingresos” del Estado que provienen de platas ajenas. Octavio Paz se manifestó contra la “estatización planetaria”, enfatizando que se equivocan quienes creen que más Estado es más democracia. El “ogro filantrópico” se ha revelado “como una fuerza más poderosa que la de los antiguos imperios y como un amo más terrible que los viejos tiranos y déspotas. Un amo sin rostro, desalmado y que obra no como un demonio sino como una máquina”.

Para Adams son muchas las lecciones que nos aporta la historia de los impuestos, pero una de las más relevantes es que “los impuestos que no se distribuyen entre todos los contribuyentes con imparcialidad y justicia pierden toda fuerza de obligación moral”. En síntesis, estamos olvidando que en muchas oportunidades la libertad siembra su propia destrucción, porque otorga “un amplio poder impositivo a sus gobiernos, sin darse cuenta de que estos poderes impositivos, si se llevan al exceso, destruirán la misma libertad que buscaban preservar”.

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