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Publicado el 09 de junio, 2020

Andrés Montero: Ser agricultor en Chile

Ingeniero Comercial UCH, Master en Relaciones Internacionales, The Fletcher School of Law and Diplomacy. Colaborador estable de ABC de Madrid Andrés Montero

En estos días grises para Chile, la agricultura y los agricultores han dado muestras de grandeza y de eficiencia. Esta columna está dirigida al ciudadano común que habita en las grandes ciudades, a autoridades de todos los niveles, a profesores, a periodistas de matinales y “lectores” de noticias, quienes muchas veces opinan de algo que no conocen.

Andrés Montero Ingeniero Comercial UCH, Master en Relaciones Internacionales, The Fletcher School of Law and Diplomacy. Colaborador estable de ABC de Madrid

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Es habitual que las autoridades de turno, los parlamentarios, los economistas y los escasos defensores de la reforma agraria traten de llorones a quienes cultivan la tierra. Cuando me refiero a agricultores, no estamos hablando solo de aquellos productores de fruta de exportación de la zona central, también estamos hablando de los miles y miles de productores de trigo, avena, arroz, cebada, maíz, raps y remolacha. También me refiero a los que producen forraje, a los ganaderos de razas vacunas y ovinas, a los productores lecheros, a los hortaliceros, a los viticultores y a todos aquellos que hacen patria a lo ancho y largo de nuestro precioso país.

Intentaré detallar algunos de los cientos de eventos imprevistos que cada agricultor debe enfrentar durante una temporada agrícola. El habitante de la ciudad se sorprende con un temblor o con un robo en su barrio o con el denso tráfico de su ciudad. Pues aquí les contaré acerca de lo que se vive en el campo en el día a día. Empecemos por los robos. Se ha hecho habitual en el campo que los ladrones hagan de las suyas con casi total impunidad. Los robos más comunes son de insumos agrícolas de alto costo (pesticidas, fertilizantes, semillas), caballos de trabajo y de rodeo, herramientas, monturas, bombas para riego, cercos eléctricos, forraje y todo lo que esté al alcance de los monrreros. Seguimos con las maquinarias de mayor tamaño como tractores, equipos pasteros, colosos, arados, rastras, sembradoras y nebulizadores. Continuamos con los robos a productos en cosecha: nueces, paltas y frutas en general en el árbol o recién caída previo a la cosecha. Decenas de millones de dólares pierden cada año los productores por robo hormiga y robo de grandes volúmenes. Las penas son ridículas y las posibilidades de éxito en una acción judicial son tendientes a 0. Más al sur, el robo de ganado, organizado por mafias que en las zonas aledañas a bosques esconden los animales robados para después faenarlos y vender su carne de manera clandestina. Las rentabilidades en la ganadería de carne son tan bajas, que cualquier robo lleva el negocio a cifras negativas.

Continuando con este triste análisis, nos enfrentamos a la sequía en amplias zonas del país, en que autoridades de distinto signo por años han postergado necesarios proyectos de acumulación de agua en la cordillera. Como en el campo hay pocos votos, siempre hay otras urgencias, como el puente de Chiloé, de dudosa urgencia y rentabilidad.

El acceso al crédito, siempre es más difícil que en otros rubros. Las heladas hacen de las suyas y destruyen cosechas, sin previo aviso y con nula capacidad de predicción. En este “paraíso” se dejan caer los perros salvajes o vagos, amparados por toda clase de ONG´s amantes de los animales. Lo curioso es que aman a los perros y desprecian a todos los animales que esos perros matan, llámense terneros, ovejas, gallinas, pudúes, aves silvestres, gansos u otros. Si un agricultor mata a ese “pobre perro”, va preso.

A la hora de comprar insumos hay que pagar por adelantado, y muchas veces lo comprado no llega a tiempo, pues el proveedor del proveedor falló.

Seguimos con los furtivos explotadores de ripio en riberas de ríos con total desprecio por el ribereño y sin respeto alguno por el cuidado de terrenos que son arrasados en invierno por culpa de extracciones ilegales e inadecuadas, que dejan accesos abiertos a terrenos fértiles.

En este entorno, se ha creado un negocio de acceso a beneficios del Estado, en que para acceder a ellos hay que ser productor pequeño, estar en algún listado de privilegiados o ser miembro de “alguna etnia originaria”. Hasta hace poco, muchos agricultores podían tributar por renta presunta, beneficio ya casi eliminado.

A esto le sumamos un severo aumento al valor de las contribuciones, de terrenos que pueden tener valor comercial, pero que no generan rentabilidad. El valor de la tierra no es bajo, pues empresarios y profesionales ajenos al agro compran tierras con recursos obtenidos en otra actividad, mas no viven del campo. El problema está para aquellos que “viven” del campo.

Si el lector cree que se acabó la lista, se equivoca, pues ahora los ribereños de lagos y ríos y playas deben dar acceso a todos sin control, aunque el camino lo haya hecho el dueño, aunque los visitantes dejen todo cochino, aunque rompan cercos etc., es un “derecho”.

Otro flagelo es el de los “conejeros”. Ellos se dejan caer de noche, con perros o sin, con escopetas y linternas. El conejero se cree dueño del lugar por donde circula, deja puertas abiertas, corta cercos, rompe instalaciones de riego tecnificado y al ser sorprendido in fraganti, además, encara violento.

Las generaciones jóvenes se alejan del campo, los padres no siempre pueden pasar la posta a sus hijos. Además, se ha producido una nefasta migración campo-ciudad. El campo es duro, 24 x7.

Lamentablemente las autoridades que legislan, salvo excepciones, no saben nada de campo y sancionan leyes estúpidas no aplicables a la realidad. En el campo no hay teletrabajo, hay que regar, esquilar, ordeñar, sembrar, cosechar, podar, herrar, fertilizar, desinfectar, cercar, ralear, enfardar, forrajear, ensillar, vacunar y desparasitar, entre decenas de otras labores de campo. Las normas laborales generales nunca son buenas.

Como si todo lo anterior fuera poco, los agricultores de la Araucanía son víctimas del terrorismo de grupos radicales que no respetan la ley y que son apoyados por “intelectuales” que justifican la violencia. Hace ya mucho tiempo los agricultores de esa zona viven en medio de la amenaza y la muerte. Si no hacemos algo como país, el sur de Chile será un campo de batalla.

El campo es soberanía, es trabajo, es tradición, es cultura, es producción, es alimento, es chilenidad. Ojalá que las autoridades y la ciudadanía toda, no solo reconozca el aporte del agro a la sociedad, sino que se cuide con más decisión y justicia una actividad tan noble y difícil como es cultivar la tierra.

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