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Publicado el 06 de agosto, 2019

Andrés Montero: Los efectos ocultos de la reducción de la jornada laboral

Ingeniero Comercial UCH, Master en Relaciones Internacionales, The Fletcher School of Law and Diplomacy. Colaborador estable de ABC de Madrid Andrés Montero

El trabajo debemos dignificarlo y debe tener una dosis de sacrificio, pues la vida laboral productiva tiene un límite y es precisamente en esa etapa donde debemos trabajar más para poder disfrutar de una vejez más aliviada. Si pretendemos pensiones dignas, debemos trabajar mucho y sin lagunas previsionales.

Andrés Montero Ingeniero Comercial UCH, Master en Relaciones Internacionales, The Fletcher School of Law and Diplomacy. Colaborador estable de ABC de Madrid
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Se discute profusamente la propuesta de reducción de la jornada laboral, ya aprobada por la Cámara de Diputados y liderada por la comunista Camila Vallejo. Hay argumentos a favor y en contra. Algunos plantean que esta medida es buena, pues mejora la calidad de vida de los trabajadores; otros, que permitiría estar más con la familia; y no pocos insisten en que en Chile se trabaja mucho.

En general, entre quienes defienden la disminución de la jornada se encuentran aquellos políticos populistas que solo buscan votos y perciben en esta propuesta un camino más para lograr su propio objetivo. También hay analistas y columnistas que quieren aparecer como “modernos” y argumentan que la propuesta acerca a Chile a estándares OECD. No falta el “creativo” que argumenta que esto mitiga los problemas derivados de la distancia que los trabajadores deben recorrer para llegar al trabajo. Lo que llama la atención es que quienes van en defensa de la reducción de jornada tienen, bajo mi perspectiva, dos características comunes: no son generadores de empleo (no pagan sueldos a fin de mes) y su actividad diaria está muy lejos del mundo de la producción de bienes y servicios.

La reducción de la jornada laboral en el Chile de hoy -no en el Chile que queremos tener algún día- es muy perjudicial, entre otros, por los siguientes aspectos:

Primero, Chile no es un país desarrollado y no puede darse el lujo de disminuir su jornada laboral.

Segundo, es un error garrafal emular acciones irreversibles por el hecho de que se aplican en países ricos.

Tercero, la realidad irrefutable es que el trabajador chileno va más horas al trabajo que los trabajadores de los países de la OECD, pero eso no significa que trabaje más. Debemos ser honestos y poner en la ecuación la variable tiempo perdido en el trabajo hablando por celular o chateando con los parientes y amigos. Esto es lo que se llama “sacar la vuelta”.

El sueño utópico, de que los chilenos, al trabajar menos horas, serán más productivos, es no entender nada del mundo real y de la idiosincrasia del chileno común.

Cuarto, la disminución de jornada representará un costo a la vena para los sectores comercio, industria, minería, construcción, agricultura, turismo y servicios en general, especialmente en las pymes.

Quinto, la medida respaldada por los diputados ignora que la mayoría de los trabajadores buscará un segundo empleo, echando por tierra el argumento original de sustento.

Sexto, el sector público verá afectado su “costo de planilla”, pues esta medida se transformará en universal.

Finalmente, esta reducción atenta contra el aumento de salarios futuros, esconde desempleo, esconde efectos indeseados de la inmigración ilegal, da una mala señal a los jóvenes, fomenta el ocio extremo, ignora que la mayoría de los trabajos requieren presencia física del trabajador, pues el teletrabajo es un porcentaje muy menor.

Las autoridades deben buscar mecanismos que premien a empleadores por reclutar trabajadores de lugares cercanos a la ubicación física de la empresa y también fomentar la responsabilidad en el trabajo, cuestión en la que hay mucho por hacer. Esta propuesta es miope, atenta en contra de la flexibilización laboral que debería ser el foco de atención, manteniendo las 45 horas, pero con flexibilidad relativa, pues si las 45 horas las concentramos demasiado, nuevamente caemos en un problema.

El trabajo debemos dignificarlo y debe tener una dosis de sacrificio, pues la vida laboral productiva tiene un límite y es precisamente en esa etapa donde debemos trabajar más para poder disfrutar de una vejez más aliviada. Si pretendemos pensiones dignas, debemos trabajar mucho y sin lagunas previsionales.

Los resultados en aquellos países en donde se redujeron jornadas son bien discutibles. En Suecia, por ejemplo, el 50% de los que fallecen no tienen quién los despida en el cementerio y más del 50% de los nacidos provienen de hogares uniparentales. El trabajar menos horas a la semana no nos lleva necesariamente a tener una mejor sociedad.

Lo políticamente correcto es afirmar que hay que trabajar menos horas y ganar lo mismo. La pregunta clave es ¿quién paga los costos?

Lo grave de la reducción de jornada es que, si la economía va mal, no será factible revertirla, ya que ello aumentaría el desempleo, sería impopular y los parlamentarios nunca apoyan propuestas que afecten sus votos, independiente de que sean buenas o malas para el país.

La aprobación de la reducción en la Cámara por parte de algunos parlamentarios “oficialistas”, da cuenta que la lejanía de los parlamentarios con el mundo real es transversal. Muchos creen que legislar es darle en el gusto a la gente. En ese escenario: ¿por qué no vamos derechamente a 30 horas a la semana? Así tendríamos más tiempo para pasear al perro, estar más con los hijos, viajar más y hacer más deporte. Sería como vivir en un país ideal.

Chile requiere repotenciar las virtudes personales de la austeridad, la responsabilidad y el sacrificio, las cuales a paso raudo se hacen más escasas en nuestro querido país. La reducción de la jornada laboral, en comento, apunta en la dirección contraria a la recuperación de las citadas virtudes. El sueño utópico, de que los chilenos, al trabajar menos horas, serán más productivos, es no entender nada del mundo real y de la idiosincrasia del chileno común. Este argumento nos demostraría entonces que hoy el chileno común “flojea” en el trabajo y que al trabajar 5 horas menos a la semana lo transformaría en un trabajador del primer mundo. Seamos serios y legislemos basados en lo que somos. Lo políticamente correcto es afirmar que hay que trabajar menos horas y ganar lo mismo. La pregunta clave es ¿quién paga los costos? Algunos afirman que no habrá costos, pues los trabajadores serán más productivos. Esta es la trampa que ya será legal.

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