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Publicado el 10 de junio, 2020

Ana María Gálmez: El luto también está en cuarentena

Periodista Ana María Gálmez

La proximidad de la muerte, un tema tabú, que teníamos relegado a hospitales o residencias de ancianos, ha dejado a la vista nuestra fragilidad y lo poco preparados que estábamos para el único hecho cierto de nuestras vidas.

Ana María Gálmez Periodista

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El coronavirus lo ha vuelto todo patas para arriba: proyectos, empresas, planes familiares… Pero tal vez una de las aristas más dramáticas es que ha reescrito el guion más doloroso de nuestras vidas: la forma de despedirnos de nuestros seres queridos. La norma sanitaria dice que los fallecidos por Covid-19 deben ser sepultados en un máximo de 90 minutos, desde que parte su servicio funerario. Las misas o responsos por Zoom, los entierros express y los pésames por WhatsApp han reemplazado a los abrazos, velatorios y grupos familiares en los cementerios.

Las funerarias viven un minuto de estrés. Un funcionario del Hogar de Cristo asegura que el flujo de entrada y salidas de carrozas es cada 30 minutos. En el Hogar de Cristo los servicios aumentaron en un 25% y en la Fundación María Ayuda llegaron al 30 % en mayo pasado. Pero no hay misas, ni flores, ni testimonios de cariño público de hijos, padres o hermanos a una madre, a un hermano, a un hijo o a un amigo.

Como nunca en nuestra historia, la muerte nos ha hecho sentir su impronta de manera radical. Ha entrado por la puerta principal de nuestras casas, para tomarse el centro de las conversaciones; incluso anticiparse a los últimos deseos de nuestros seres queridos si se contagiasen y las cosas pasaran a mayores.

La proximidad de la muerte, un tema tabú, que teníamos relegado a hospitales o residencias de ancianos, ha dejado a la vista nuestra fragilidad y lo poco preparados que estábamos para el único hecho cierto de nuestras vidas. Lo que vivíamos como si fuésemos inmortales. Hoy tomamos conciencia de que no lo somos. Esto vale especialmente para los más jóvenes, que representan una gran cantidad de contagiados en nuestro país, ni más ni menos que el 50 por ciento de contagiados, precisamente por sentirse invulnerables. Ha llegado el momento de hablar de lo que significa morir. El ministro Mañalich le aseguró a Cristián Warnken en una entrevista que este era “el tiempo de los filósofos”, porque la filosofía lleva al ser humano a hacerse las grandes preguntas.

La muerte nos afecta a todos, no tiene sentido ignorarla, esconderla o negarla. En el caso de los creyentes, tenemos la posibilidad de hablar de ella con sentido de trascendencia. En esta línea Robert Sarah, el famoso cardenal africano (Guinea), decía en Le Figaro que la epidemia ha devuelto a la Iglesia a su responsabilidad primera: hablar desde la fe. Nadie niega que la iglesia debe comprometerse con las luchas por un mundo mejor: la ecología, la paz, el diálogo, la solidaridad y la distribución equitativa de la riqueza. Pero en estos momentos “el mundo espera de ella una palabra de fe que le permita superar el trauma de este encuentro cara a cara con la muerte”, sostiene Sarah.

La vida postpandemia nos dejará debilitados en lo sanitario como en lo económico, pero, como dice Sarah, se necesitarán psicólogos para superar el trauma de no haber podido acompañar a ancianos y moribundos a sus tumbas, pero aún más sacerdotes que nos enseñen a rezar y a esperar.

Es verdad que es tiempo de filósofos, pero no sólo de ellos. También es el momento de personas recias y profundas que ayuden a otros a darle sentido al sufrimiento, a la finitud y a la muerte.

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