“Los delincuentes modernos están autorizados para concurrir diariamente a parques y jardines.” Así comienza el antipoema que Nicanor Parra publicó en 1954 con el título “Los vicios del mundo moderno”. ¿Qué escribiría hoy día?  

Hoy día, cuando los delincuentes no sólo concurren a parques y jardines sino que, diariamente y con exceso de violencia, roban autos en la vía pública, asaltan casas y se balean en las calles. Hoy, cuando el fútbol profesional se debe practicar sin espectadores porque su público agrede físicamente a los jugadores y destruye las instalaciones de los centros deportivos. Cuando ya es costumbre que los conciertos musicales sean invadidos con “turbazos” previamente organizados o que esas mismas turbas u otras practiquen ritualmente la destrucción de viviendas, locales comerciales y el mobiliario público en nuestras ciudades; las mismas ciudades cuyas murallas mantienen infamemente rayadas y sucias. Qué podría escribir si supiera que algunos estudiantes han convertido en práctica casi cotidiana el incendio de autobuses urbanos y la agresión homicida a carabineros y recintos militares. Qué escribiría, en fin, si supiera que hoy los habitantes de buena parte del otrora acogedor Sur de nuestro país viven bajo el régimen de terror que imponen grupos dedicados al robo, al asesinato y a la destrucción vandálica en acciones que reivindican orgullosamente por intermedio de la prensa. 

No sé, no puedo saber qué escribiría, pero sí puedo suponer lo que pensaría y sentiría, porque probablemente no pensaría ni sentiría algo distinto a lo que piensan y sienten la mayoría de las chilenas y chilenos: que la violencia y el delito han terminado por imponerse en nuestro país y que nosotros, los ciudadanos, estamos inermes ante ello. Que nada ni nadie nos protege.

Hasta no hace mucho, quizás hasta ahora, los chilenos han creído a pie juntillas en dos verdades sostenidas como indiscutibles. La primera, que éramos diferentes al resto de los latinoamericanos, pues estábamos exentos de violencias y excesos; para abreviar, que éramos los “ingleses de América Latina”. La segunda, que en virtud de ello, nuestra historia, quizás con la excepción del golpe militar de 1973, había sido la de una paz y solidez institucional bucólicas, que avalaban la idea de la excepcionalidad latinoamericana. Con base en esas dos ideas, la violencia y el delito que ahora se imponen ha sido explicada, por los espíritus más simples, como efecto de la reciente ola inmigratoria; y por espíritus más complejos como el resultado del individualismo y la ausencia de solidaridad que habrían terminado por imponerse en nuestra supuestamente gregaria y solidaria sociedad. Por supuesto hay también quienes, como han hecho siempre, no sólo explican, sino que justifican la violencia y el delito como reacción a los abusos y a la corrupción practicada por los poderosos.

Todos ellos se equivocan en sus premisas y, en consecuencia, sus conclusiones también son equivocadas. Chile no ha sido una excepción en América Latina. Nuestra historia está repleta de movimientos inconstitucionales y actos violentos y sangrientos. Levantamientos militares y “revoluciones” como la que acabó con la batalla de Lircay en 1830, la sublevación durante la cual se asesinó a Diego Portales en 1836, las tres sublevaciones o “revoluciones” que sufrió el presidente Manuel Montt, las sangrientas batallas de la guerra civil de 1891, los golpes militares de 1924 y 1925, la dictadura militar entre 1927 y 1931, el golpe “cívico militar” de 1932. Y masacres como la de Lo Cañas (1891), del “mitin de la carne” en Santiago (1905), Plaza Colón en Antofagasta (1906), escuela Santa María en Iquique (1907), Forrahue en Osorno (1912), Federación Obrera de Magallanes (1920); de las oficinas salitreras San Gregorio (1921), Marusia 1925 y La Coruña (1925); las de Ranquil (1934), Seguro Obrero (1938), Plaza Bulnes (1946), las de marzo y abril de 1957 en Valparaíso y Santiago, población José María Caro (1962), El Salvador (1966), Pampa Irigoin en Puerto Montt (1969). 

Lo cierto es que nuestra historia ha sido cualquier cosa menos una de paz o armonía y que los crímenes y la sevicia desplegada durante la dictadura militar iniciada en 1973, si bien más cruentos y en algunos casos más salvajes, sólo dieron continuidad a esa historia. Pero también es verdad que hasta ahora esa ferocidad se había manifestado en situaciones amparadas por movimientos políticos o como episodios de luchas reivindicativas de obreros, trabajadores o pobladores. Y que el delito y la violencia criminal la mayor parte de las veces era el resultado de riñas o robos en el mundo de la pobreza y la marginalidad. ¿Qué ocurrió, debemos preguntarnos entonces, para que los aficionados al fútbol de hoy se sientan libres para pasar del insulto a la agresión física? ¿Para que la violencia delictual haya dejado de ser una triste expresión de la marginalidad para convertirse en la actividad de bandas del crimen organizado? ¿Qué o quién ha levantado las barreras que otrora mantenían a algunos de nosotros limitados en nuestros instintos?

Como dijera Guillermo de Ockham, la respuesta se puede encontrar sin hipótesis complejas pues la verdad suele radicar en la explicación más simple. Y esa explicación simple ya la enunció Hobbes hace siglos en su “Leviatan” (1651): el “hombre” sólo es “hombre para otros hombres”, una vez que cede sus derechos para que una autoridad sea capaz de asegurar la paz interna y la defensa en común. Y esa autoridad es el Estado. Sin someterse a ella, “el hombre” sólo puede ser “el lobo de otros hombres”, un modo de vida que el propio Hobbes describió como “solitaria, pobre, sucia, bruta y corta” puesto que no podría sino asumir la forma de una “guerra de todos contra todos”.

Esa, aún en nuestros días y aún en las condiciones de una democracia liberal, sigue siendo una de las funciones del Estado: contener, aplicando las leyes democráticamente decididas, a ese lobo que puede habitar en cada uno de nosotros. Y lo que ha ocurrido en nuestro país es que el Estado ha faltado severamente a esa responsabilidad. No es una situación que haya comenzado con el gobierno del presidente Boric, pues ya la había iniciado el gobierno del presidente Piñera, pero ahora es Gabriel Boric quien nos gobierna y a él debemos exigirle que haga cumplir las leyes. Presidente, usted acaba de decir que será como un perro para perseguir el delito. Quizás no se dé cuenta, pero ya poca gente le cree. Ha habido demasiadas vacilaciones para imponer el estado de emergencia en el Sur, demasiadas declaraciones deplorando el comportamiento de Carabineros en tareas de mantención del orden público, demasiada permisividad con quienes vandalizan nuestras ciudades. Mejor no diga nada y demuéstrenos lo que quiere hacer con sus acciones. Ahora tiene una oportunidad: las redes sociales se han visto inundadas de llamados con ocasión de los tres años del 18-O y no a manifestaciones, sino a la destrucción, al vandalismo, a la evasión o a la interrupción del transporte colectivo. Durante los próximos días demuéstrenos que no lo va a permitir.

Si usted no hace cumplir las leyes o no apoya sin restricciones a quienes tienen el mandato constitucional de hacerlas cumplir, corremos el riesgo de terminar en una “guerra de todos contra todos” o, para recordar nuevamente al gran Nicanor, llegará el momento en que como él tengamos que decir “Aquí no se respeta ni la ley de la selva”. Y usted será el responsable. 

*Álvaro Briones es economista y escritor. Ex subsecretario de Economía y ex embajador de Chile.

Deja un comentario

Cancelar la respuesta