Diana de Poitiers es una de esas figuras de la historia de la que todos han oído hablar, aunque no sepan muy bien quién fue o qué hizo. Lo cierto es que Diana fue una de las personas más importantes de la Francia de la primera mitad del siglo XVI y lo fue principalmente desde su condición de amante oficial del rey Enrique II. Su relación con éste se inició cuando él era todavía un adolescente de dieciséis o diecisiete años y ella estaba más cerca de los cuarenta que de los treinta. Pero lo que viene a este cuento es que Enrique se prendó de Diana no sólo por su belleza, que era deslumbrante, sino por su inteligencia, que era más deslumbrante aún. Y tan inteligente era que se permitió esta frase, recogida por Robert Greene en su libro “Las 48 Leyes del Poder”: “Para tener un buen enemigo elige un amigo: éste sabrá golpear donde más duele”.

¿Por qué este recuerdo de Diana de Poitiers? Porque hoy comienza 2023 y es el momento de expresar buenos deseos. Y mi buen deseo para el Presidente de la República es que tenga presente esas sabias palabras de Diana. Y de colofón le puedo dejar otras mucho más conocidas, tanto que ya son parte del refranero popular, aunque son atribuidas nada menos que a Voltaire: “Señor, protégeme de mis amigos, que de mis enemigos me protejo yo mismo”.

Y es que los amigos del Presidente más parecen sus enemigos. Hay quien pueda pensar que simplemente son torpes y alguno dirá que sólo son unos tontos de capirote, aunque probablemente no son más que creyentes convencidos de alguna o algunas de las referencias identitarias que caracterizan al “verdadero” progresista de nuestros días (feminismo radical, ecología profunda, reivindicaciones infinitas de la diversidad sexual, animalismo, indigenismo más allá de lo que puedan querer o sentir los “indígenas” y un largo etc.). En realidad, parece ser esta última posibilidad la que los lleva a cometer excesos que, desde la visión del ciudadano o ciudadana común, parecen tonteras, niñerías que en casi todos los casos significan pasar por encima de instituciones, leyes o normas en beneficio de su fe.  

Una demostración palmaria de esta actitud fue la operación que intentaron ciertas “autoridades”, integrantes de la Comisión de Evaluación Ambiental de la Región Metropolitana, coludidas como muchachos y muchachas de colegio a la hora del recreo para hacer una maldad. Resulta que a ellas y a ellos no les gusta el proyecto Plaza Egaña Sustentable. O, para ser más exactos, no les gusta que en Ñuñoa se levanten edificios. Quizás sienten que les afea el paisaje o tal vez a algunos les ensucie recuerdos infantiles de una Ñuñoa de casas con antejardín y parrón, aunque, lo más probable, es que basen esa tirria en alguna definición identitaria que escapa a mis conocimientos.

El hecho fue que, cuando llegaron a sus altos cargos, se encontraron con que el proyecto ya tenía el correspondiente permiso municipal otorgado y con la resolución de calificación ambiental también aprobada. En esas circunstancias a ellos, como integrantes de la Comisión de Evaluación, no les quedaba más que aprobar el proyecto… pero eso les provocaba un malestar insoportable, tan insoportable que decidieron complotar para impedir su aprobación.

Y complotaron: golpearon puertas, enviaron mensajes de texto, hicieron llamadas telefónicas buscando algún argumento de apariencia técnica que les permitiera oponerse al proyecto. 

Pero las respuestas obtenidas fueron en el tono de la que les dio la Seremi de Vivienda: “estoy buscando argumentos para rechazar, de momento, lamentablemente no tengo”. Y no tuvieron. Sin embargo, no se rindieron y, aún sin argumentos, esto es basados exclusivamente en su fe y convicciones y pasando por encima de instituciones y normas, rechazaron el proyecto en la reunión correspondiente de la Comisión de Evaluación.

La cosa no pasó a mayores porque el rechazo era tan irracional que fue posteriormente revertido por el Servicio de Evaluación Ambiental. Pero para mala suerte de los complotados y de su jefe superior el presidente de la República, que seguramente ignoraba estas maniobras, el complot terminó por conocerse y hasta el contenido de ciertos chats salió a la luz.

Para el Presidente esto ocurrió en el peor momento. Justo ahora que, luego del fracaso del proyecto político que él alentó por meses y que fuera derrotado el 4-S, parece haber comprendido que no le queda más remedio que gobernar y se ha concentrado en proyectos eficaces tales como terminar la elaboración de una nueva Constitución o lograr la aprobación de las reformas tributaria y del sistema de pensiones. ¿Qué tienen que ver esos proyectos con la chiquillada de los funcionarios que él designó y que por él llegaron a la Comisión de Evaluación Ambiental de la Región Metropolitana? Nada. ¿Qué efecto tienen?: los peores: reavivar las dudas y cuestionamientos sobre la autenticidad de los propósitos del presidente como gobernante.

Esos jóvenes que el Presidente llevó con él al gobierno, que toda su vida han vivido en un país de libertades y próspero pero carente de una épica que ellos parecen necesitar desesperadamente, han terminado por inventarse batallas por causas que la mayoría de las chilenas y chilenos no conocen y, si conocen, no comparten. Batallas como las que ese grupo emprendió en contra de los edificios de Ñuñoa. ¿Existe alguna posibilidad de que cambien y se plieguen a la nueva actitud de su jefe político el Presidente de la República? No: sería como renunciar a la necesidad de luchar por algo, una necesidad que sí tuvieron sus padres, abuelos o tíos, que enfrentaron una dictadura.

Si el Presidente se concentrara en las reformas que ya ha propuesto, en apoyar la elaboración de una nueva buena Constitución y en sacar adelante un buen acuerdo para la contención de la delincuencia que ahora nos ahoga (y no hablo de la economía, que está en las buenas manos del ministro de Hacienda), entonces sin duda no pasará a la historia como un Presidente intrascendente y podrá seguir gravitando sobre la política nacional durante los muchos años de vida que le restan.

Para ello, sin embargo, deberá seguir sin vacilaciones el camino que parece haberse trazado: el de la negociación y los acuerdos con todos los sectores políticos del país; es decir el camino eficaz, pero falto de épica que sus amigos, que prefieren el complot, rechazan. Y si no hace algo respecto de esos “amigos-enemigos”, probablemente seguirá recibiendo de ellos golpes “donde más duele”, como dijo la inteligente Diana de Poitiers.

De ahí mi buen deseo que el Presidente escuche esas sabias voces que vienen del pasado, las de Diana y Voltaire, y haga pronto algo al respecto.

*Álvaro Briones es economista y escritor. Ex subsecretario de Economía y ex embajador de Chile.

Álvaro Briones

Economista y escritor. Exsubsecretario de Economía y exembajador de Chile

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