“En los comienzos de la interpretación humana del ser, había vida por todas partes, y ser era lo mismo que tener vida” nos dice el filósofo germano-estadounidense Hans Jonas. En ese escenario todo parecía tener vida. La tenían la tierra, el viento y el agua, engendrando o moviéndose continuamente. De allí que, continúa Jonas, “…en las tumbas, que reconocen la muerte a la par que la niegan, se encarna la primerísima reflexión humana… Trata de dar solución a la contradicción básica: que todo es vida y que toda vida es mortal. Se enfrenta a este radical desafío, y para salvar la totalidad de las cosas niega la muerte” (El Principio Vida. Hacia una biología filosófica. Trotta, Madrid, 2000). Esa negación de la muerte persiste hasta el día de hoy y sigue dando lugar a mitos y religiones. La realidad, sin embargo, por mucho que la neguemos, es que todo lo que nace ha de morir. Que quien está escribiendo estas líneas y todos los que la leerán, dejarán de existir algún día. Y que lo mismo ocurre con todas las cosas, incluido el sol que nos alumbra y este planeta que habitamos que, cuando nuestra estrella se enfríe como tantas otras, nos dejará de prestar el cobijo que nos da ahora. 

Y entre todas las cosas que, así como nacen mueren, están los partidos políticos. 

La península itálica vio desaparecer a los tres partidos que contribuyeron de manera principal a la construcción de la Italia actual luego de la Segunda Guerra Mundial. Y no eran partidos menores ni de ocasión. El partido Demócrata Cristiano, que tuvo quizás el rol más importante participando en todos los gobiernos desde la fundación de la República en 1946, desapareció en 1994. El Partido Comunista, que se mantuvo como un leal opositor a los gobiernos democristiano hasta convertirse en el partido más grande de Italia y el mayor partido comunista del mundo capitalista, con más de dos millones de afiliados, en febrero de 1991 resolvió su disolución. El Partido Socialista a su vez, que remontaba su existencia al siglo XIX y cuyo líder ocupó el cargo de Primer Ministro entre 1983 y 1987, en noviembre de 1994 se disolvió.

En Chile los partidos Conservador y Liberal animaron la política nacional como partidos principales durante más de un siglo. Si bien ambos fueron constituidos oficialmente sólo en 1857, sus ideas y sus acciones, de las que no estuvieron excluidas alianzas y fusiones, estuvieron presentes desde el momento mismo en que el país se constituyó como nación independiente en 1810. En 1966 ambos se disolvieron definitivamente para dar lugar al Partido Nacional.

Lo cierto es que en todos los países del mundo, democráticos o no -recordemos al Partido Comunista de la Unión Soviética, disuelto en noviembre de 1991-, los partidos políticos nacen, viven y mueren. Su nacimiento es producto de condiciones sociales y políticas específicas y lo mismo explica su vida y también su muerte. Es posible que las ideas que ellos sustentaron sobrevivan por muchos años, sobre todo si están asociadas a valores tan positivos como la libertad, los derechos humanos, la eliminación de la pobreza o terminar con el hambre y el analfabetismo, esto es, valores hoy día universales, pero sus organizaciones inevitablemente desaparecerán.

¿Existe alguna posibilidad de que este designio no opere en Chile? ¿Que en Chile los partidos sean inmortales? No, por mucho que sus dirigentes lo deseen o por mucho que sus militantes los amen, para ellos no existe ninguna posibilidad de aspirar a la inmortalidad: como todas las cosas, todos los partidos políticos chilenos han de morir y su hora llegará cuando las condiciones que le dieron vida hayan cambiado. 

Y para algunos esa hora parece estar llegando o ya ha llegado. El episodio que comenzó con el llamado “estallido social” en noviembre de 2019 y terminó con el plebiscito del 4 de septiembre pasado, ha significado cambios a tal grado importantes en el país que han dado lugar al nacimiento de partidos nuevos, como es el caso del “Partido Movimiento Amarillos por Chile”, en formación; otros han consolidado su existencia, como los partidos coaligados en el Frente Amplio, que lograron llevar a uno de sus filas a la presidencia de la República; otros parecen haberla consolidado, como el Partido de la Gente; y otros, en fin, parecen enfrentar sus horas finales. 

Los dirigentes y militantes de estos últimos partidos, como es natural ante la inminencia de un desenlace fatal, harán lo que nos dice Jonas que se hace desde los tiempos más antiguos: negar el no ser, el no existir. Para ello probablemente recordarán glorias pasadas o invocarán lo justo y elevado de sus valores, es decir se comportarán como el “goofus bird”, aquel pájaro imaginario del que nos habla Borges, que “construye el nido al revés y vuela para atrás, porque no le importa adónde va   sino dónde estuvo”. Todo eso harán, pero no podrán impedir que el destino los alcance. 

O que más bien que los alcancen las transformaciones que ha vivido nuestro país durante los últimos años.

*Álvaro Briones es economista y escritor. Ex subsecretario de Economía y ex embajador de Chile.

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