Presidente, la verdad es que usted es muy difícil de explicar y más difícil de defender.

Cuando decidió indultar a doce delincuentes condenados, basándose para ello únicamente en el hecho indiscutible de que esos delincuentes son tan “izquierdistas” como usted, pensé que tal decisión había sido el resultado de un frío cálculo político.

Usted, luego de la categórica derrota de su proyecto de nueva Constitución el pasado 4 de septiembre, había demostrado comprensión de la realidad política que lo rodea, y en los hechos y en las palabras había mostrado una voluntad de negociación y entendimiento con el resto del país; con ese otro país, mayoritario, que no se parapeta en la trinchera política de la que usted salió. En los hechos, con el cambio de su gabinete ministerial, con las propuestas de reformas tributaria y al sistema de pensiones y con su decidido apoyo al proceso que resultó en el Acuerdo por Chile y la próxima elaboración de una nueva Constitución. En las palabras, declarando con franqueza, sobre todo a los pies el monumento al Presidente Aylwin, su convicción en que la única forma de avanzar en democracia era “en la medida de lo posible”, aunque esa medida no coincidiera totalmente con sus propias aspiraciones. Eso era realismo, eso era inteligencia política.

Por ello pensé que su decisión de indultar obedecía a la necesidad de hacer un gesto hacia su ala izquierda; entregar algo también, antes de que concluyera el año, a esa, su gente; para demostrarles que no los había abandonado del todo y que no los iba a abandonar. Que seguía siendo el mismo a pesar de que, como gobernante, debía actuar con realismo político. Pensé que lo había decidido a sabiendas de que le significaría un costo político en lo tocante al proyecto de seguridad de su ministra del Interior, pero calculando que ese costo sería menor que romper la negociación relativa a las dos importantes reformas que pueden ser los mayores logros de su mandato y también el proceso de elaboración de una Constitución que deberá llevar su firma. Debí admitir, aunque no compartiera la medida, que era un gesto que revelaba inteligencia política y no alteraba el rumbo que estaba asumiendo su gobierno.

Sin embargo, usted hizo luego, sin que fuese necesario, la absurda declaración que lo coloca, objetivamente, en la posición de substituir al Poder Judicial de nuestra República.

El gesto implícito en esa declaración, pero explicitado y puesto en evidencia por la Corte Suprema, es que usted se arroga la condición de supremo hacedor de justicia de nuestro país. Al deshacer una decisión del Poder Judicial completo -recuerde que el caso Mateluna fue finalmente fallado por la propia Corte Suprema- usted desplazó a ese Poder del Estado y puso en su lugar a su propio Poder. Es un acto terrible, que puede tener las más terribles consecuencias para usted y su Gobierno.

En las horas que siguieron a ese acto, he oído las más diversas explicaciones de él. Van desde quienes piensan que usted simplemente no se da cuenta de lo que hace, tanto como cuando no se fija si su camisa va dentro del pantalón y si éste está bien cerrado allí dónde debe ir cerrado. Y terminan en quienes piensan que sus dichos han sido un premeditado desafío a las instituciones de la República, una demostración de que no ha cambiado y sigue siendo el mismo que lucía camisetas que exaltaban el homicidio político o que desde su banca del Congreso rechazaba la utilización de los instrumentos constitucionales destinados a procurar seguridad a la población.

Yo no sé que pensar. Desde mi limitada inteligencia no puedo llegar a una conclusión acerca de lo que usted ha hecho. ¿Porqué esa innecesaria y, con todo respeto, torpe declaración? ¿Es que acaso usted, el Presidente de la República, podía ignorar sus consecuencias? ¿Fue sólo un acto de impericia política, de ignorancia o de pura tontería? ¿Cómo justificamos al Boric de hoy quienes pedíamos comprensión por los actos del Boric de ayer? Quién es usted, en definitiva y quién será mañana: ¿ángel o demonio? ¿Jekyll o Hyde?

Ya está dicho: Usted es difícil de explicar y más difícil de defender. Por ahora, si le sirve la opinión de un sencillo ciudadano, le diría que lo mejor que puede hacer es guardar silencio.

*Álvaro Briones es economista y escritor. Ex subsecretario de Economía y ex embajador de Chile.

Álvaro Briones

Economista y escritor. Exsubsecretario de Economía y exembajador de Chile

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