Antes de entrar a La Moneda, el presidente Boric se dirigió al monumento del presidente Allende y le rindió un silencioso homenaje. ¿Es su gobierno semejante al del presidente Allende? 

Salvador Allende, como Gabriel Boric, arribó al gobierno enarbolando un programa de cambios. El de Allende planteaba: “Las fuerzas populares unidas buscan como objetivo central de su política reemplazar la actual estructura económica, terminando con el poder monopolista nacional y extranjero y del latifundio, para iniciar la construcción del socialismo”. Consecuentemente, el Programa se concentraba en tres objetivos. El principal, la reestructuración de la economía en tres áreas: social, mixta y privada, la primera a ser instaurada por vía de la “socialización” (en la práctica, estatización) de la gran minería del cobre, el hierro, el carbón, el salitre, la banca, el comercio exterior y el sector monopólico de la industria; y, conectado con ello, la profundización del proceso de Reforma Agraria. Los otros dos objetivos eran una efectiva redistribución del ingreso y la aplicación de nuevos esquemas de desarrollo

En la perspectiva del Programa, los dos últimos objetivos serían una consecuencia del primero. Sin embargo, ese gobierno, como el actual, estaba en minoría en las cámaras del Congreso, de modo que no podía esperar obtener, vía legislación, las condiciones que permitieran alcanzar su propósito (excepto la nacionalización de la Gran Minería del cobre, lograda mediante una reforma constitucional que contó con el apoyo unánime del Congreso). Para la expropiación de tierras se contaba con la Ley de Reforma Agraria aprobada durante el gobierno anterior, pero la expropiación de empresas industriales era otra cosa… hasta que se descubrió cierto Decreto Ley 520 que databa de la efímera “República Socialista” de 1932 y que nadie se había acordado de derogar. Un Decreto que su descubridor, el jurista Eduardo Novoa Monreal, definió como el “resquicio legal” que permitiría la materialización del Programa.

Y así fue. Al terminar 1971 se habían nacionalizado y estatizado la gran minería del cobre, el carbón, el salitre, el hierro, el acero, el cemento y casi todos los bancos. En el agro se habían expropiado 2.3 millones de hectáreas que correspondían a alrededor de 1.300 latifundios. Y, lo más importante, merced al “resquicio legal” durante ese año pasaron a engrosar el “área social” 70 empresas del sector industrial. En ese momento el gobierno podría haber considerado que el programa estaba logrado en lo esencial y haberse dedicado a consolidar su base política logrando algún acuerdo con las fuerzas opositoras. Y también a gobernar, pues el país se veía envuelto en una espiral de crisis económica y violencia política. 

Pero no fue posible: el Programa decía “iniciar la construcción del socialismo” y el ala izquierda de la base que lo apoyaba exigió de Allende que lo cumpliera a cabalidad. Así, el Movimiento de Izquierda Revolucionaria, la mayoría del Partido Socialista y una parte del partido MAPU, no dejaron de utilizar el “resquicio legal” y las otras armas legales a su alcance para, por la vía de los hechos, materializar ese Programa y ahondar la crisis política y económica hasta su trágico desenlace.

La analogía con el actual gobierno es inevitable. También el presidente Boric es presionado por su ala izquierda, que le exige el cumplimiento del Programa. Constantemente se escucha a personeros como el senador Juan Ignacio Latorre, declarar al resto de los chilenos que el Programa se cumplirá querámoslo o no. Y qué decir del inefable Daniel Jadue que no se cansa de criticar al gobierno. Pero sólo hasta allí llega la analogía, pues estas presiones son sólo de palabras. Sobre el presidente Allende fueron hechos: cientos de empresas “tomadas”, esperando ser requisadas por la autoridad en virtud del “resquicio legal” y lo mismo en el campo. Resultado: en octubre de 1972, cuando tuvo lugar el paro de camioneros que obligó a Allende a incorporar a las Fuerzas Armadas a su gabinete, ya había 146 empresas requisadas y 2.101 predios agrícolas expropiados.

Quizás la mejor comparación entre ese momento y el actual sería decir que la situación del presidente Boric, hoy día, sería exactamente igual a la del presidente socialista de no mediar los “resquicios legales”. El equivalente de esos resquicios estuvo a punto de materializarse en la Constitución rechazada el 4-S. Y debe tenerse presente que, para la izquierda de hoy, esa república de fantasía, con naciones indígenas prácticamente independientes, múltiples sistemas de justicia o la inexistencia de derechos económicos como las concesiones de aguas o de yacimientos mineros, es el equivalente de la “construcción del socialismo” de la izquierda de hace medio siglo. 

Enfrentado al dilema entre las “dos almas” de las fuerzas que lo apoyaban, Allende no fue capaz de contener a quienes lo sobrepasaban por la izquierda. Por ello se mantuvo en la minoría política, haciendo equilibrios hasta el fin, al que llegó aislado de ambos extremos. La gran interrogante hoy es: ¿Podrá el presidente Boric superar su propio dilema entre esas dos alas? De mantenerse en el equilibrio, se condena al desgobierno y a la impotencia. Se condena a hacer presentaciones como la del miércoles pasado, en la que volcado hacia su ala izquierda declara solemne “las AFP, en esta reforma, se terminan”, en circunstancias que en el proyecto que presentó estas sólo cambian de nombre y se le reducen las comisiones, aunque en compensación se las aligera de gastos administrativos como afiliación, cobranza o pagos. Probablemente propuso el cambio de nombre -innecesario porque seguirán administrando los fondos de quienes quieran ponerlos en sus manos- para satisfacer a quienes gritan “No más AFP”. Pero si cree que se darán por satisfechos con ello, se equivoca.

Como con Allende, quienes lo exigen todo no se detendrán ante nada. Mucho menos ante un gobernante que hasta ahora solo ha buscado el equilibrio, no formar mayorías. En su discurso ese equilibrio vino solo segundos después, cuando declaró “serán ustedes los dueños de sus ahorros y podrán decidir libremente entre los gestores de inversores privados o el inversor público” y un minuto más tarde al señalar que quiere invitar a todos a discutir, incluidas las “desaparecidas” AFP. Eso no es gobernar, es hacer equilibrios. Mejor habría sido decir la verdad, decir que el sistema de reparto es hoy día inviable en Chile como en el resto del mundo, que las AFP han sido buenas administradoras de fondos y que el incremento de las pensiones no se logra eliminándolas, sino aumentando las contribuciones, como en su caso él propone con un 6% a cargo de empleadores. Los liderazgos, como las mayorías, se construyen hablando con la verdad, no con subterfugios. Con esos juegos sólo se ganan la soledad y el aislamiento. 

¿Entenderá el presidente Boric que sólo volcándose decididamente hacia el Socialismo Democrático se abrirá ante él la posibilidad de acuerdos con el centro y la centro derecha, hasta lograr la estabilidad política y la posibilidad de reformas en la medida de lo posible que el país necesita? Ese sigue siendo su dilema, que fue el mismo que el presidente Allende no pudo o no quiso resolver. 

Hasta ahora, el presidente Boric sólo sufre la presión de las palabras; ojalá que recuerde también otras palabras. En 1963 Martin Luther King pronunció sobre las gradas del monumento a Abraham Lincoln en la ciudad de Washington el discurso que es recordado por su frase “Yo tengo un sueño”. En ese discurso fue también totalmente claro y casi amenazante al expresar el reclamo de la población negra de su país. Llegó a decir: “Gran riesgo correría la nación si no tiene en cuenta  la determinación de los negros”. Pero dijo también: “Que la disposición insólita que anima a los negros de nuestra nación, no nos haga desconfiar de todos los blancos de nuestra patria… No podemos andar solos”. Ojalá el presidente Boric se haga eco de palabras como esas y comprenda que, para gobernar, no puede andar solo.

*Álvaro Briones es economista y escritor. Ex subsecretario de Economía y ex embajador de Chile.

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