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Publicado el 25 de julio, 2018

Alianza del Pacífico: Nadando contracorriente

Director de Investigación de la Escuela de Gobierno, Universidad San Sebastián Jaime Abedrapo

Estamos siendo testigos del retorno al paradigma excluyente y xenófobo, uno que evita la comprensión de los fenómenos migratorios y que no se limita a regular ese proceso, sino que resitúa lo nacional como superior a lo foráneo. La Alianza del Pacífico se ha convertido en un faro de esperanza para los que creen en los beneficios de sociedades abiertas al capital, servicios, bienes y, en especial, personas.

Jaime Abedrapo Director de Investigación de la Escuela de Gobierno, Universidad San Sebastián
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Muchos creerán que esta columna se referirá a los asuntos económicos. Ello, debido a que la opinión pública mundial sigue muy atenta la “guerra comercial” que Estados Unidos ha desatado en contra de China, poniendo en vilo la estrategia de desarrollo en base al libre comercio. En efecto, los actores políticos y económicos están barajando la tesis de un posible retroceso del intercambio comercial producto del alzamiento de las tasas arancelarias, las cuales podrían llegar a ser similares a las existentes varias décadas atrás.

En tal sentido, es evidente la tendencia a contrastar las políticas proteccionistas de las potencias con las directrices que han sido expresadas en el reciente encuentro en Puerto Vallarta, donde los cuatro países permanentes de la Alianza del Pacífico (Chile, Perú, Colombia y México) han soslayado la necesidad de reimpulsar la apertura comercial. Sin embargo, aquello no es lo más desafiante desde la perspectiva política del compromiso que han adquirido los mandatarios. El principal contrapunto con la tendencia mundial proteccionista está en la mantención de la bandera por la libre circulación de las personas, lo que resulta en extremo disonante con los discursos de las fuerzas políticas que amplían sus votaciones en países del primer mundo, en los cuales la inclinación es a la revisión de los acuerdos de libre circulación en la Unión Europea, el levantamiento de muros entre Estados Unidos y México, la amenaza de expulsión de los gitanos por parte de autoridades en Italia, entre otros actos políticos situados desde la desconfianza y el miedo como eje de las propuestas nacionalistas.

Además, a diario nos enteramos de acciones proteccionistas e incluso violaciones flagrantes al régimen internacional de los refugiados por parte de países que hasta hace poco eran los constructores y garantes de mundialización, de la defensa al respeto al derecho internacional, en especial en la promoción de la defensa de la dignidad de las personas, inclusive la de los inmigrantes indocumentados. Estamos siendo testigos del retorno al paradigma excluyente y xenófobo, uno que evita la comprensión de los fenómenos migratorios y que no se limita a regular ese proceso, sino que resitúa lo nacional como superior a lo foráneo. Tal es la visión que se encuentra albergada en el eslogan “Primero América”, el cual ha sido replicado en Italia, entre otros países.

La Alianza del Pacífico se ha convertido en un faro de esperanza para los que creen en los beneficios de sociedades abiertas al capital, servicios, bienes y en especial personas.

En efecto, lejos ha quedado la utopía redactada en el artículo 13.1 de la Declaración Universal (1948), en la que se sostenía que “toda persona tiene derecho a circular libremente y a elegir su residencia en el territorio de un Estado”. Esta visión fue al extremo e intentó cambiar la historia de la humanidad, puesto que el derecho consuetudinario internacional señala que los Estados pueden decidir quién entra y permanece en su territorio y en qué condiciones. Sin embargo, la misma práctica o conducta de los Estados nos demuestra que habían intentado, tras la adhesión a la Carta de las Naciones Unidas, poner a las personas en el medio de la discusión de las políticas de Estado y/o públicas, por lo que se planteó que una de las características de la mundialización debía ser la humanización del sistema internacional, dando así espacios para proteger en sus derechos fundamentales a las personas extranjeras vulnerables, más conocidas como inmigrantes indocumentados; éstas han ido incrementando en flujo, llegando a ser la principal preocupación en las agendas de seguridad internacional.

Por ello, en la actualidad, la Alianza del Pacífico se ha convertido en un faro de esperanza para los que creen en los beneficios de sociedades abiertas al capital, servicios, bienes y, en especial, personas. También para quienes reconocen en el extranjero un aporte invaluable a la sociedad, fruto de la riqueza que trae consigo la diversidad cultural y las ganas de superación. Por todo ello la Alianza se presenta como el único espacio político capaz avanzar en criterios de integración regional para las personas.

En consecuencia, la Alianza del Pacífico se está transformando en un proyecto que excede a acuerdos comerciales y adquiere más valor por su compromiso con la libertad de tránsito de las personas; tendiendo a edificar confianza y ver el desarrollo en un contexto de cooperación. El asunto ahora es pasar de las palabras a la acción, lo cual es un gran desafío a la credibilidad de la misma, justo en momentos en que la desconfianza se nos presenta como el sentimiento predominante en el escenario internacional.

Jaime Abedrapo, Doctor en Derecho Internacional Público y Ex Subdirector de la Academia Nacional de Estudios Políticos y Estratégicos

 

FOTO: SEBASTIAN BELTRÁN GAETE/AGENCIAUNO

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