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Publicado el 09 de marzo, 2019

Alejandro San Francisco: Venezuela y el dilema de Guaidó

Profesor de la U. San Sebastián y la UC. Director de Formación del Instituto Res Publica. Director general de "Historia de Chile 1960-2010" (USS). Alejandro San Francisco

El gran desafío es la conquista y consolidación del poder en Venezuela. Hoy la discusión principal radica en si la caída de Maduro debe propiciarse por medios pacíficos y si es aceptable que se produzca mediante una acción violenta, como podría ser un golpe militar.

Alejandro San Francisco Profesor de la U. San Sebastián y la UC. Director de Formación del Instituto Res Publica. Director general de "Historia de Chile 1960-2010" (USS).
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Cuando en enero pasado Juan Guaidó se proclamó Presidente encargado de Venezuela, hizo una jugada política que no solo fue arriesgada, sino que en buena medida inédita y con efecto multiplicador. La movida sorprendió al régimen de Nicolás Maduro y encontró rápida acogida en la comunidad internacional, que progresivamente fue reconociéndolo como el legítimo representante de esa sociedad, cuya democracia había sido atropellada por Maduro, quien a su vez había perdido validez democrática y apoyo en diversos países de América Latina y Europa.

No cabe duda que es una situación curiosa. En primer lugar, porque estamos frente a una dualidad de «gobernantes», tanto en las autodefiniciones como en los reconocimientos internacionales, cuestión bastante excéntrica. Esto se ha dado en otras ocasiones históricas, pero en general se manifiesta con una división territorial en las guerras civiles, y cada gobernante dirige una parte del territorio nacional, de manera que hay una delimitación más o menos clara del poder «real» que se ejerce en medio del conflicto. No es el caso de la actual Venezuela.

En segundo lugar, por una cuestión de dicotomía entre poder y legitimidad. Maduro conserva el poder general sobre Venezuela: el Ejecutivo, el Judicial, el Legislativo, las Fuerzas Armadas, el aparato burocrático y otros tantos resortes efectivos del sistema. Sin embargo, no solo países con gobiernos de distintos colores le han negado el respaldo a su dictadura, sino que incluso algunos que hasta hace poco eran compañeros de ruta, hoy rechazan el régimen bolivariano, con más o menos entusiasmo. Es la cara opuesta a lo que sucede con Guaidó, que no tiene poder real, pero que goza de legitimidad moral, prestigio democrático internacional y en él muchos cifran las esperanzas de que conduzca una futura transición democrática en el país, esperando que se produzca pronto.

Guaidó se comporta como Presidente encargado, muchos lo tratan así en su país y en el extranjero, y la dictadura no lo detiene ni lo procesa por su actuación, llamados sediciosos y otras acusaciones que le suele hacer.

El tercer tema es la curiosa situación de que, para todos los efectos, una persona que se proclama «Presidente» en cualquier régimen que está funcionando -democrático, dictatorial o de otro tipo-, es evidente que está fuera de la ley o en estado de locura (como si alguien reivindicara ser Napoleón Bonaparte). No es el caso de Venezuela. Guaidó se comporta como Presidente encargado, muchos lo tratan así en su país y en el extranjero, y la dictadura no lo detiene ni lo procesa por su actuación, llamados sediciosos y otras acusaciones que le suele hacer. ¿Por qué? La razón parece clara: porque Maduro no puede. No físicamente, sino que advierte que una acción represiva contra Guaidó podría precipitar su caída. Hoy el Presidente encargado goza de una cierta inmunidad, precisamente por su prestigio internacional: es algo parecido a la situación de Lech Walesa, el líder de Solidaridad, en la Polonia de la década de 1980. Con ello, en la práctica Guaidó es relativamente libre, o bastante libre, para ejercer su liderazgo político.

Así lo demostró, por lo demás, al regresar a Venezuela esta primera semana de marzo, tras la jornada del 23 de febrero y una serie de reuniones internacionales. Contra las amenazas altisonantes de la dictadura, entró al país con normalidad e incluso con cierto halo heroico, para ponerse nuevamente a la cabeza del movimiento opositor, que reclama hoy el retorno a la democracia y el cese de la usurpación, como califica a la permanencia de Maduro en el gobierno. El contraste se ha notado todavía más entre la jovialidad y buena recepción hacia Guaidó frente a la oscuridad en que se vio sumida Caracas y buena parte de Venezuela. Sin embargo, hoy Guaidó y la oposición venezolana enfrentan un gran dilema en el cual se juegan su futuro y el de su país.

Ese gran dilema es la conquista y consolidación del poder en Venezuela. Lo que parece obvio, no lo es, y ahí radica el centro de la acción política de las próximas semanas y meses; es la forma en que se medirá el éxito de la jugada magistral de enero al proclamarse como Presidente encargado. Esa es la única forma real de pasar desde la legitimidad social y moral que disfruta en su país y del prestigio internacional que ha logrado en diversos lugares, hasta la derrota del régimen y la salida de Maduro del poder. Posteriormente, eso debería llevar a la conducción efectiva de la transición democrática, la recuperación económica -que será una tarea titánica- y la superación de la grave crisis social que experimenta el pueblo venezolano desde hace años. Ninguna de esas tareas es fácil y todas son importantes, aunque no simultáneas.

Hoy la discusión principal radica en si la caída de Maduro debe propiciarse por medios pacíficos y si es aceptable que se produzca mediante una acción violenta, como podría ser un golpe militar.

En lo inmediato, para Guaidó el problema es Maduro y el poder. ¿Qué hacer?, es la pregunta que se han formulado tantos políticos a lo largo de la historia en los momentos cruciales, recibiendo consejos útiles e inútiles, contradictorios a veces, en ocasiones impracticables. Hoy la discusión principal, me parece, radica en si la caída de Maduro debe propiciarse por medios pacíficos y si es aceptable que se produzca mediante una acción violenta, como podría ser un golpe militar. La comunidad internacional en general ha sido muy clara: transición a la democracia y vía pacífica son dos factores concurrentes en la superación de la crisis venezolana, cerrando el paso a aventuras militares. El problema adicional que tendría una asonada armada es el alto respaldo que todavía tiene la dictadura en las instituciones militares, lo que podría dar paso a una guerra civil de costos humanos insospechados.

Con ello queda abierta solamente la vía democrática y pacífica, que muchas veces se minusvalora, pero que no solo podría tener futuro, sino que también tiene historia. Si miramos treinta años hacia atrás, como hemos señalado en alguna oportunidad, fue el mecanismo con el cual los países de Europa oriental derrotaron a los regímenes comunistas, que parecían monolíticos y todopoderosos. En 1989 los ciudadanos de Alemania Oriental derribaron el Muro de Berlín, pero también hubo movilización muy intensa en Checoslovaquia y Polonia, por ejemplo, en una cadena popular que terminaría con la democratización de esas sociedades. No es fácil, exige paciencia, tiene costos, requiere creatividad, muchos recursos. Sin embargo, es evidente que el pueblo venezolano ha sido capaz de sufrir la emigración de millones de compatriotas y una tragedia humanitaria impropia del siglo XXI, mostrando un carácter que podría ser el punto de partida para la resolución del dilema pendiente de Guaidó y de Venezuela.

FOTO: DANIEL HERNANDEZ/AGENCIAUNO

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