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Publicado el 19 de enero, 2019

Alejandro San Francisco: Universidades para el siglo XXI 

Profesor de la U. San Sebastián y la UC. Director de Formación del Instituto Res Publica. Director general de "Historia de Chile 1960-2010" (USS). Alejandro San Francisco

Hace ya casi un siglo José Ortega y Gasset definía los objetivos de la institución en su obra Misión de la Universidad, destacando tres ejes centrales: la docencia, la investigación y la difusión de la cultura. Si analizamos la realidad actual, vemos que existe una clara asimetría en el ejercicio de esas tareas.

Alejandro San Francisco Profesor de la U. San Sebastián y la UC. Director de Formación del Instituto Res Publica. Director general de "Historia de Chile 1960-2010" (USS).
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Esta semana tuve el gusto de participar en los Diálogos Universitarios organizados por la Universidad de Tarapacá, en Arica. En la ocasión me correspondió exponer el tema “Las universidades chilenas: desde la historia hacia el futuro”, en un ambiente en el cual los académicos mostraron un gran compromiso e interés tanto por sus disciplinas como por el desarrollo de la universidad como institución.
Una de las transformaciones más importantes en la educación mundial en las últimas décadas ha sido la considerable ampliación de los estudios universitarios. Al comenzar el siglo XX, en gran parte del mundo hablar de universidad era referirse a una educación superior de élite, reservada por razones económicas o sociales a grupos muy pequeños de la población: hoy, felizmente, la situación ha cambiado y son muchos los que acceden cada año a realizar sus estudios superiores.
Hace exactamente cinco años, a fines de enero de 2014, se realizó el primer encuentro de universidades chilenas y españolas. La iniciativa del embajador de Chile en España Sergio Romero tenía por objeto acercar a las instituciones de ambos países, conocer experiencias, obtener aprendizajes y apreciar el momento histórico que viven estas tradicionales instituciones. En el encuentro hubo más de 50 rectores de universidades españoles y más de 20 de las universidades chilenas, en un diálogo muy rico que se desarrolló en Casa de América de Madrid y en la Ciudad Financiera del Banco Santander. No cabe duda que, en muchos sentidos, los problemas de ambos países son comunes: insuficiencia de recursos, concentración excesiva en la investigación y los rankings, cierto olvido de la función docente e incluso un ensimismamiento que nada bueno puede augurar.
Hace ya casi un siglo José Ortega y Gasset definía los objetivos de la institución en su obra Misión de la Universidad, destacando tres ejes centrales: la docencia, la investigación y la difusión de la cultura. Si analizamos la realidad actual, vemos que existe una clara asimetría en el ejercicio de esas tareas.
La confección de los rankings internacionales y los incentivos académicos están puestos, principalmente, en la investigación, lo que ha llevado a una concentración en ese ámbito de la vida académica, sobre la formación personal de los estudiantes o la entrega en la docencia, tarea tradicional del profesor universitario.
Desde la perspectiva de los estudiantes, es evidente que la función principal de la institución es la docencia; los jóvenes entienden la universidad a partir de sus profesores y sus clases. Sin embargo, en la lógica actual, las mediciones apuntan especialmente a la investigación, tarea clave y valiosa socialmente, pero que en ocasiones aparece distanciada de la docencia y resulta incomprendida por los estudiantes. Por otra parte, la confección de los rankings internacionales y los incentivos académicos están puestos, principalmente, en la investigación, lo que ha llevado a una concentración en ese ámbito de la vida académica, sobre la formación personal de los estudiantes o la entrega en la docencia, tarea tradicional del profesor universitario.
El otro aspecto es la formación cultural de la sociedad, que no tiene una restricción etárea o de grupos sociales específicos, sino que puede expresarse con gran extensión y provecho. Esta labor puede ejercerse de las más diversas formas: obras teatrales, conferencias abiertas, presencia en el debate público a través de la prensa, charlas en colegios, textos escolares y otras tantas experiencias que -nacidas desde la Universidad- tienen como destinatarios a la población en su conjunto, y no solo a los miembros de la institución.
La paradoja de la universidad hoy muestra dos dimensiones principales. La primera es que la universidad vive el mejor momento de su historia: tiene más recursos, más investigación, más estudiantes acceden a sus aulas, hay intercambio mundial de profesores y alumnos, el conocimiento circula como nunca antes y hay una evidente estandarización de calidad hacia arriba. Sin embargo, paralelamente advertimos algunos problemas que es conveniente precisar: cierta mercantilización de la vida académica (a través de diversos incentivos que orientan las prioridades), la excesiva fragmentación del conocimiento y la disminución de preocupación por la formación personal de los estudiantes, entre otras.
Un problema actual recurrente es la decadencia de la pasión cultural, de entender la universidad como una vocación y no simplemente como un lugar donde obtener un título profesional o donde ganarse la vida.
A todo esto debemos añadir tres problemas institucionales recurrentes. El primero es la coexistencia -dentro del sistema- de buenas e incluso excelentes universidades con otras que son malas o apenas tienen el nombre de universidad, problema presente en sistemas universitarios europeos o latinoamericanos, incluso en Estados Unidos. El segundo es la insuficiencia endémica de recursos, cualquiera sea la fuente principal de financiamiento de las instituciones, sea estatal o privada: la tarea universitaria es cada vez más cara y la sociedad no siempre comprende la necesidad de esta inversión, o sencillamente no tiene los recursos adecuados para solventar una educación superior de buen nivel. El tercero es la decadencia de la pasión cultural, de entender la universidad como una vocación y no simplemente como un lugar donde obtener un título profesional o donde ganarse la vida: es un espacio privilegiado para acrecentar y transmitir el conocimiento, para hacer que la sociedad sea más dinámica y desarrollada, como recordaba Robert P. George.
Las universidades del siglo XXI no deben buscar la solución a sus desafíos en las luces artificiales que aparecen en el camino, ya que cualquier progreso debe anclarse en sus raíces: sus profesores y sus estudiantes. Después de todo, como sostenía hace algunos años Juan de Dios Vial, rector de la Pontificia Universidad Católica de Chile (1985-2000), los profesores y los estudiantes son los ladrillos principales con los cuales se edifica una auténtica universidad.
FOTO:FRANCISCO LONGA/AGENCIAUNO
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