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Publicado el 09 de mayo, 2020

Alejandro San Francisco: Segunda Guerra Mundial. Recordar, conmemorar, historiar

Profesor de la U. San Sebastián y la UC. Director de Formación del Instituto Res Publica. Director general de "Historia de Chile 1960-2010" (USS). Alejandro San Francisco

Han pasado 75 años y las tentaciones para celebrar y criticar suelen ser más fuertes que los llamados a estudiar y a conocer. La Segunda Guerra Mundial es mucho más que un conflicto entre países: fue también el enfrentamiento de ideologías, la inauguración de armas terribles, la organización del exterminio y la existencia de numerosos errores previos antes de que Hitler decidiera acometer el asalto final sobre Europa.

Alejandro San Francisco Profesor de la U. San Sebastián y la UC. Director de Formación del Instituto Res Publica. Director general de "Historia de Chile 1960-2010" (USS).

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Al cumplirse 75 años de la rendición de Alemania en la Segunda Guerra Mundial, vale la pena traer a la memoria ese dramático conflicto y su esperado final. Muchos pensaron, tras el drama de la Primera Guerra Mundial, entre 1914 y 1918, que nunca más habría conflictos fratricidas de ese tipo, y quizá por ello marcharon a los campos de batalla con patriotismo e ilusión. Sus esperanzas se mostraron pronto diluidas.

Sin embargo, las cosas corrieron por un carril distinto, y el acuerdo nazi-comunista o Pacto Ribbentrop-Molotov de agosto de 1939 precipitó la invasión de Hitler a Polonia y con ello el comienzo del segundo gran conflicto internacional en menos de treinta años. Por eso, en mayo de 1945, cuando finalmente culminó la guerra en Europa tras la rendición de Alemania –todavía quedaba la bomba atómica sobre Japón y algún otro conflicto pendiente– una mezcla de alivio y alegría inundó a millones de personas que habían vivido la barbarie desde muy cerca. Después de todo, terminaban años muy duros, tremendos, cuyo significado real todavía estaba por conocerse, al igual que sus consecuencias, que serían muy distintas para los diferentes países y pueblos. En otras palabras, las celebraciones serían muy distintas, para algunos durarían largo tiempo y otros estarían pronto lamentando su nueva situación posterior al conflicto.

En un reciente y lúcido artículo, Keith Lowe se pregunta “¿Qué estamos olvidando en la celebración del fin de la Segunda Guerra Mundial?” Ahí el autor de Continente salvaje. Europa tras la Segunda Guerra Mundial (Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2012) argumenta sobre las contradicciones que tendrían las celebraciones y conmemoraciones del fin del conflicto, suspendidas por la epidemia del coronavirus. Sin embargo, también expresa que en los últimos años han existido diversos eventos asociados al fin de aquel conflicto o a alguno de sus eventos principales que han provocado divisiones entre los aliados de entonces, protestas políticas contra los gobernantes de hoy, exclusiones solapadas o abiertas y otras tantas manifestaciones de renovado antisemitismo, rechazo al resurgimiento de algunos nacionalismos y otros problemas propios de estos días. Mirando hacia atrás, Lowe argumenta desde una perspectiva histórica: “Quienes sobrevivieron a 1945 recuerdan la complejidad moral de aquella época. Su generación sabía que la guerra no era algo glorioso, sino algo terrible de lo que ninguna nación salió con sus principios intactos” (El País, 7 de mayo de 2020).

Han pasado 75 años y las tentaciones para celebrar y criticar suelen ser más fuertes que los llamados a estudiar y a conocer. Diversas investigaciones muestran que los estudiantes europeos y norteamericanos saben poco de los conflictos mundiales y de la historia del siglo XX, y desconocen las ideologías que prácticamente destruyeron la civilización y las guerras que consumieron generaciones en los campos de batalla. ¿Qué hacer tantas décadas después? Alguno podría pensar que basta con un acto escolar más o menos deslucido, una ceremonia oficial con discursos llamando a la paz y a la unidad eterna de Europa, la condena –que nunca está de más– al drama provocado por el nazismo, y otras condenas menos repetidas aunque igual de sentidas contra los dramas provocados del comunismo. Para mayor abundamiento, en 1945 ambos regímenes parecieron actuar sucesivamente, cuando la liberación de una tiranía significó, en la práctica, la rápida superposición de otra, como quedó consagrado en los regímenes que se levantaron al este de la que se denominaría Cortina de Hierro.

Por lo mismo, es necesario no solo conmemorar y recordar, aunque esto ciertamente tiene valor y debe ser parte de la actividad cívica de estos días y de cada año. Pero no basta. También es necesario historiar y conocer, comprender y explicar, ser más profundos en el análisis, más sólidos en la interpretación y más serenos en la comprensión del fenómeno histórico. La Segunda Guerra Mundial es mucho más que un conflicto entre países: fue también el enfrentamiento de ideologías, la inauguración de armas terribles, la organización del exterminio y la existencia de numerosos errores previos antes de que Hitler decidiera acometer el asalto final sobre Europa.

También, como todas las guerras, junto a las manifestaciones de miseria, matonaje, muerte y deshumanización, hubo muestras notables de heroísmo, humanidad y grandeza, para salvar vidas, para encontrarle sentido a la existencia, para levantarse después de que los infiernos habían descendido sobre la tierra. La rendición de Alemania, por otra parte, se produjo pocos días después del suicidio de Hitler, por lo que se entendía dentro del fracaso del nazismo y de su proyecto destructor que esperaba gobernar durante mil años. Sin embargo, junto a su derrota, celebraba victorioso Stalin, y mientras algunos países recobraron la libertad, otros se vieron sometidos en la opresión y la dictadura comunista, que se extendería por décadas, en países como Polonia, Checoslovaquia, Hungría y la propia Alemania Oriental.

Es necesario conocer la historia, comprenderla, intentar explicarla, y no simplemente recordarla de lejos y conmemorarla pasivamente. Al comenzar su monumental obra Posguerra. Una historia de Europa desde 1945 (Madrid, Taurus, 2012, Séptima edición [Primera edición 2006]), Tony Judt hace una interesante reflexión: “Europa no está entrando de nuevo en su turbulento pasado, por el contrario, lo está dejando atrás. La Alemania actual, como el resto de Europa, no es más consciente de su historia del siglo XX de lo que lo ha sido nunca en los últimos cincuenta años. Pero esto no significa que se esté viendo arrastrada una vez más hacia ella. Porque dicha historia nunca se fue. Como este libro trata de demostrar, la alargada sombra de la Segunda Guerra Mundial ejerció una gran influencia sobre la Europa de la posguerra, sin que, en cambio, nunca llegará a reconocerse por completo. El silencio sobre el reciente pasado de Europa era una condición necesaria para la construcción de un futuro europeo”.

Después de todo, no hay presente sin historia, no hay humanidad sin un esfuerzo real por comprender de dónde venimos, y debemos reconocer que todo trabajo decidido por levantar un futuro de esperanzas resulta vano si no se logra entender que hay muchas muertes, guerras y dolores sobre las cuales ellas se levantan.

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