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Publicado el 23 de febrero, 2020

Alejandro San Francisco: Lucha de clases o unidad social

Profesor de la U. San Sebastián y la UC. Director de Formación del Instituto Res Publica. Director general de "Historia de Chile 1960-2010" (USS). Alejandro San Francisco

Llama la atención el renacimiento de una crítica social y un discurso político que apela repetidamente a la lucha de clases, a la división social o a la crítica de la riqueza (…). Se hace necesario repensar una ambiciosa agenda social y una transformación cultural que permita a las sociedades avanzar hacia su integración y no a la disolución mediante la lucha de clases. Si los conciudadanos se miran como enemigos -clase contra clase- la convivencia se hace insostenible en el tiempo.

Alejandro San Francisco Profesor de la U. San Sebastián y la UC. Director de Formación del Instituto Res Publica. Director general de "Historia de Chile 1960-2010" (USS).

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Llama la atención el renacimiento de una crítica social y un discurso político que apela repetidamente a la lucha de clases, a la división social o a la crítica de la riqueza. Así ocurre en Europa y Estados Unidos, en América Latina y algunos lugares de Asia. El caso de Chile es paradigmático, como lo hemos visto con particular fuerza a partir del 18 de octubre pasado, aunque es evidente que el tema venía de antes.

De esta manera, la desigualdad emerge como un gran problema social o político, mientras la pobreza más absoluta -esa que existe a través de gran parte de África o en zonas muy amplias de Asia- parece tener menos relevancia en la hora de la discusión pública o las polémicas socioeconómicas.

Hay aspectos simbólicos que contribuyen a promover la división social o incluso la lucha de clases, aunque los miembros de una sociedad no las promuevan directamente. Sin embargo, es evidente que el sectarismo (“ándate a tu población”), la desintegración social, la ostentación de la riqueza, la segregación o simplemente las diferencias que se consideran inaceptables -de trato, de recursos, de acceso a la la salud o la educación- y que contribuyen a generar un clima de descontento que favorece el discurso contra los que tienen más y una lógica política clasista. 

Desde las izquierdas hay al menos dos posturas que repetidamente tienen vigencia en torno a una visión de confrontación social. La primera es la tradicional  ideología expresada con claridad por Karl Marx y Friedrich Engels en el Manifiesto Comunista de 1848, que comenzaba afirmando sin vacilaciones: “La historia de todas las sociedades existentes hasta el presente es la historia de luchas de clases”. En tiempo presente la fórmula se presentaba en la contradicción insalvable entre burgueses y proletarios -los opresores y oprimidos de la sociedad burguesa-, conflicto que se resolvería con la revolución proletaria bajo el liderazgo del Partido Comunista, que significaría  la destrucción del orden burgués. Tiempo después, Lenin precisó un par de aspectos en El Estado y la Revolución (1917/1918), que a su vez le permitían rechazar las posturas desviacionistas o torcidas de la recta ortodoxia revolucionaria: el primero era que no cabía la posibilidad de conciliación de clases, por cuanto el Estado siempre era un instrumento al servicio de la clase dominante; el segundo es que la revolución debía desarrollarse siempre de manera violenta, como lo había precisado con toda claridad Marx, según sostenía su gran seguidor ruso. 

En este siglo XXI, especialmente en el último tiempo, se ha desarrollado otra fórmula que también responde, de alguna manera, a la lógica de lucha de clases: es la del populismo, planteado por Ernesto Laclau o Chantal Mouffe, por ejemplo. Es, por lo demás, una  ideología que está presente en el ideario de Pablo Iglesias y Unidas Podemos en España, como ha planteado muchas veces el actual vicepresidente del gobierno de Pedro Sánchez: “A diferencia de la mayoría de los ciudadanos de mi país, me sé de memoria La Internacional. Llevo la izquierda tatuada en las entrañas con orgullo y me reconozco en ella pero, quizá por eso, conozco bien sus miserias y, sobre todo, sus incapacidades” (“Izquierda”, El País, 28 de junio de 2015). Por esto último, Sánchez se niega a situarse en las viejas categorías de derechas e izquierdas, porque no le dan posibilidad de ganar electoralmente, y prefiere hablar “de desahucios, corrupción y desigualdad”, para poder incidir en la definición del tablero político, fijando el eje de la discusión. En palabras de Mouffe, el nuevo escenario de “oligarquizacción” de las sociedades occidentales” debe ser enfrentado por un “nosotros”, el “pueblo”, pero que reconoce tener un enemigo común: la oligarquía (en Por un populismo de izquierda, Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 2018).

Este discurso antioligárquico no ha estado ausente de las elecciones primarias del Partido Demócrata en los Estados Unidos, marcadas por la reiteración de las críticas a los ricos, no sólo de parte de Bernie Sanders, cuyo discurso apela a una “Revolución Política” que termine con la influencia desmedida de Wall Street y las grandes empresas (en Contra el capitalismo salvaje, Clave Intelectual, 2019), y que tras las primeras escaramuzas de campaña ha advertido a los establishment demócrata y republicano: “no pueden detenernos”. Por último, la política latinoamericana también está marcada por una larga tradición de dicotomías pobres/ricos, privilegiados/desfavorecidos, o gran empresariado/sectores populares, que muchas veces se ha mezclado con un discurso antiimperialista que sirve casi para cualquier falta de ideas, pero siempre en la línea de resistencia del oprimido contra el opresor. Así se aprecia, ciertamente, en los documentos del Foro de Sao Paulo y también en algunas campañas de líderes de diferentes países.

Frente a este escenario internacional, se hace necesario repensar una ambiciosa agenda social y una transformación cultural que permita a las sociedades avanzar hacia su integración y no a la disolución mediante la lucha de clases. Si los conciudadanos se miran como enemigos -clase contra clase- la convivencia se hace insostenible en el tiempo. Sin embargo, para esto no basta con oponerse intelectualmente a las ideologías que sostienen la lucha de clases, sino sobre todo promover el progreso efectivo de los sectores más desfavorecidos, en el ámbito económico y en las oportunidades sociales. Es urgente que las sociedades tengan una efectiva movilidad social hacia arriba y hacia abajo, que las llamadas élites -políticas, económicas, sociales o culturales- sean dinámicas y no hereditarias. Adicionalmente, es necesario que haya muchos lugares de encuentro de los diferentes grupos sociales, que eviten la creación de vidas paralelas, cuestión ciertamente difícil ante la segregación de barrios o de escuelas. 

Finalmente, la unidad social requiere un esfuerzo político consistente y claro, como lo es el de la lucha de clases. Promover y defender valores de integración no es fácil: en ocasiones choca con ideas arraigadas en algunos sectores, aunque sean falsas (los ricos son explotadores, los pobres son flojos); políticamente la unidad nacional se da como un activo eterno y por ende no se lucha por su consolidación ni se promueve en las campañas; los abusos empresariales -cuando se producen- tienen un efecto devastador sobre la economía y el orden social, como hemos visto en Chile; las injusticias que padecen muchas personas pobres -y la indolencia de la clase política para solucionarlas- termina alimentando la rebeldía social y la lucha de clases (el caso de la atención de salud es particularmente lamentable).

Crecer económicamente y progresar socialmente es un imperativo de las sociedades contemporáneas. Y hay que hacerlo con urgencia y capacidad política. En aquellas sociedades en que los proletarios u otros grupos sociales no tienen nada que perder más que sus cadenas -como concluía el Manifiesto Comunista- es muy fácil alimentar la división social y la violencia revolucionaria. Si primero fue el huevo o la gallina, quizá sea demasiado tarde para averiguarlo.

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