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Publicado el 22 de abril, 2020

Alejandro San Francisco: Lenin, el pensador revolucionario y el hombre de acción

Profesor de la U. San Sebastián y la UC. Director de Formación del Instituto Res Publica. Director general de "Historia de Chile 1960-2010" (USS). Alejandro San Francisco

Un 22 de abril de 1870 nació Vladimir Ilich Ulianov, nombre de nacimiento de Lenin, quien llevó adelante lo que para él era la revolución de las masas -el proletariado como tal- en la Rusia de los zares.

Alejandro San Francisco Profesor de la U. San Sebastián y la UC. Director de Formación del Instituto Res Publica. Director general de "Historia de Chile 1960-2010" (USS).

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La formación de un revolucionario

Cuando Marx y Engels escribieron el Manifiesto Comunista en 1848 no lo expusieron como una mera teoría, sino que debía ser un instrumento para la acción. Ya lo había planteado con brillantez Marx en las Tesis sobre Feuerbach, al describir que los filósofos se habían dedicado a comprender el mundo de distintos modos, cuando en realidad de lo que se trataba era de transformarlo. Lo resume el título de un notable libro de Eric Hobsbawm: Cómo cambiar el mundo (Barcelona, Crítica, 2011). Los autores del Manifiesto no vivieron para cumplir su aspiración, que solo llegaría en el siglo XX en la lejana Rusia.

Si bien, al menos teóricamente, la revolución debía ser una acción que llevarían adelante las masas -el proletariado como tal-, en la práctica la cuestión era más compleja e incluía otros ingredientes. Los más importantes eran un partido con capacidad de acción y un liderazgo decidido a realizar el proyecto histórico. En la Rusia de los zares esa tarea correspondería a los bolcheviques y a su líder, Lenin.

Vladimir Ilich Ulianov, nombre de nacimiento de Lenin, había llegado al mundo el 22 de abril de 1870. Rápidamente destacó en el colegio, como recordaría uno de los maestros de su establecimiento: “Extremadamente inteligente, de una coherencia profunda y precisa. Ulianov fue el alumno más destacado de todas las clases” (citado en la excelente investigación de Robert Service, Lenin. Una biografía, Madrid, Siglo XXI, 2001).

En su formación intelectual destacaban los clásicos griegos y romanos, así como las obras de Marx y Engels. Además leyó algunos escritores rusos del siglo XIX. Conocía distintos idiomas, y leía alemán e inglés. Por otra parte, se acercó a la izquierda revolucionaria en la que participaba su hermano Alexandr, quien formó parte de un grupo que intentó asesinar al zar Alejandro III, por lo que fue ejecutado en 1887. Comenzó a creer en la lucha de clases y en las leyes de hierro del desarrollo económico de las sociedades.

De esta manera, se incorporó al Partido Socialdemócrata ruso, dentro del cual desarrolló su propia teoría revolucionaria. Al respecto existe una obra clave, cuyo título es de conocimiento universal: ¿Qué hacer? (Buenos Aires, Ediciones Luxemburg, 2007). El libro, originalmente aparecido en 1902, permitió situar a Lenin en la atención de los marxistas rusos, así como logró elaborar una posición propia sobre el partido hacia el futuro: debía ser una organización clandestina, organizada y centralizada y que contara con una estrategia y una ideología básicas. Además, debía contar con militantes revolucionarios profesionales, dedicando tiempo completo a llevar adelante la tarea histórica que les correspondía, superando todas las dificultades, que incluían la persecución, la pobreza, el exilio y la cárcel. Por otra parte, ese mismo año expuso a través de las páginas de Iskra (La chispa) –nuevo periódico que servía para difundir sus ideas– unas tesis que cobrarían actualidad en 1917: el proceso revolucionario que viviría Rusia contaría con una primera etapa, en la cual sería derrocada la monarquía de los Romanov y en su reemplazo se instauraría una gobierno democrático burgués; en la segunda etapa se produciría la toma del poder por parte del proletariado, que inauguraría la república socialista.

Esta profecía, de alguna manera, parecía fuera de la realidad y lejana al orden de las cosas, a tantos siglos de historia y a un poder que parecía impenetrable, como era el régimen de los zares. Sin embargo, también demuestra una de las características de Lenin: su gran determinación, una confianza plena en su capacidad intelectual y un tesón infatigable para defender sus posiciones políticas y puntos de vista hasta agotar o convencer a sus adversarios, o simplemente optando por permanecer en la minoría. Esa convicción lo llevó a formar la facción de los bolcheviques (la mayoría) frente a los mencheviques (la minoría), aunque la cuestión lingüística fuera más importante que los números, así como la actitud política de los duros que él representaba. Era 1903 y ya existía el grupo que lideraría la revolución, en caso de darse las condiciones para ello o bien provocando las condiciones para que ocurriera. El año sería 1917.

El triunfo de octubre de 1917. El problema del poder

Cuando comenzó 1917, Lenin se encontraba en el exilio en Suiza. La situación de Rusia había comenzado a cambiar dramáticamente a partir de agosto de 1914, cuando estalló la Primera Guerra Mundial, y el país fue a la guerra con escasa preparación, resultados imprevisibles, una creciente sangría económica y malestar social en alza.

Hacia comienzos de 1917 la situación era cada vez más inmanejable para los gobernantes y las deserciones se multiplicaban en los campos de batalla, superando el millón y medio de personas. La gente pasaba hambre y había escasez, la demanda por la paz se escuchaba cada vez más y los campesinos ansiaban tierras, frente a un régimen que se veía incapaz de responder a la compleja circunstancia que vivía la sociedad rusa. Como ha explicado Richard Pipes en La Revolución Rusa (Barcelona, Debate, 2016), los problemas se arrastraban desde comienzos de siglo, pero en 1917 el peligro era inminente y basculaba entre la destrucción del estado y una anarquía que nadie quería. Finalmente, el zar Nicolás II abdicó y se produjo la formación de un gobierno liberal parlamentario, que debía seguir los modelos de países como Inglaterra y superar el atraso histórico de Rusia.

En esas circunstancias, Lenin decidió volver a su país, a pesar de las dificultades y los riesgos que implicaba la decisión. La circunstancias están muy bien narradas en la completa investigación de Catherine Merridale, El tren de Lenin (Barcelona, Crítica, 2017), que muestra a un grupo de rusos en el exilio que se preparan para viajar a Petrogrado y participar en los acontecimientos históricos. Eran momentos en que prácticamente todo el sistema político parecía aceptar el nuevo orden de cosas, una oposición responsable quería el éxito del gobierno y los llamados a la paz estaban teñidos de una evidente ambigüedad, tanto por las presiones de los países aliados para que permanecieran luchando contra Alemania como por la persistencia de un patriotismo ruso que buscaba la victoria.

Lenin regresó en abril, convencido de la misión que le correspondía desempeñar, que le hacía advertir a sus compatriotas y a los gobernantes que la “guerra imperialista” que sufrían los países era el inicio de la “guerra civil” que surgiría en Europa, mientras la revolución que se había llevado a cabo en febrero era solo el comienzo de “la revolución socialista mundial”. En su visión, la peculiaridad de la etapa que vivía el país era que Rusia estaba pasando “de la primera etapa de la Revolución… a su segunda etapa, que debe poner el poder en manos del proletariado y de los sectores pobres del campesinado” (citado en Merridale, El tren de Lenin). Muchos pensaron –no era la primera vez– que Lenin desvariaba, que estaba alejado de la realidad por su estadía fuera del país, en fin, que carecía de sentido de la realidad. El líder bolchevique prefería quedarse solo o en minoría a transar sus posiciones, aunque también estaba consciente de que era necesario educar a las masas sobre el momento que vivía Rusia.

Ese fue el sentido de las Tesis de abril, breve y decisivo documento, que pedía “todo el poder para los Soviets” y anunciaba el paso desde la democracia burguesa a la dictadura del proletariado: “Este tránsito se caracteriza, de una parte, por el máximo de legalidad (Rusia es hoy el más libre de todos los países beligerantes); de otra parte, por la ausencia de violencia contra las masas y, finalmente, por la confianza inconsciente de éstas en el gobierno de los capitalistas, los peores enemigos de la paz y el socialismo”. Por lo mismo, era necesario educar y concientizar a las masas, además de realizar algunas ofertas propias del populismo del momento, sintetizadas en pan, paz y tierras.

Meses después el propio Lenin afirmaba que la tarea se sintetizaba en la idea de tomar el poder, a través de los Soviets y las organizaciones del pueblo, fijando algunas tareas específicas: el poder a los Soviets, la paz a los pueblos, la tierra para los que la trabajan y la lucha contra el hambre. En octubre ya podía reconocer que la consigna “¡Todo el poder a los Soviets!” era “la consigna de la insurrección”. El momento había llegado, no había lugar para las vacilaciones.

A los pocos días, los bolcheviques atacaban el Palacio de Invierno y conquistaban el poder. La Revolución Bolchevique había triunfado.

El Estado y la Revolución. Una teoría esencial

Lenin fue un pensador revolucionario excepcional, y no exclusivamente un hombre de acción. Sus Obras Completas en español suman más de 50 tomos y cuando llega a la fecha de la Revolución Bolchevique ya se ha completado la mitad de ellos. Era un lector compulsivo, investigaba los distintos temas y conversaba sobre ellos, pensaba y discutía, trataba de convencer con pasión, agotaba al rival de turno.

Algunas de sus concepciones hicieron larga escuela, como sus teorías sobre el imperialismo, como “fase superior del capitalismo”, que expuso en un libro homónimo. Sin embargo, si miramos hacia 1917, el año de la toma del poder, es indudable que hay una obra que adquiere una relevancia especial: es El Estado y la Revolución (Madrid, Alianza Editorial). Se trata, además, de un trabajo que Lenin comenzó a escribir precisamente en 1917, mientras se desarrollaban los acontecimientos, y lo concluyó al año siguiente, por lo cual explica muy bien la relevancia de ambos conceptos en un año crucial de la historia de Rusia y en la biografía del propio Lenin.

En esta obra, relativamente breve, el líder bolchevique procura explicar su teoría sobre ambos conceptos fundamentales en el marxismo, así como contradecir a quienes habían malinterpretado o traicionado el pensamiento de Marx, especialmente en dos aspectos. El primero se refería a la posibilidad de conciliación de las clases sociales, como sugeriría la sutil tergiversación de Kautsky, frente al planteamiento del autor de El Capital: “según Marx –afirma Lenin–, el Estado no podría ni surgir ni mantenerse si fuese posible la conciliación de las clases”. Es más, concluye el ruso, “el Estado es el producto y la manifestación del carácter irreconciliable de las contradicciones de clase”, que Engels definía como una “fuerza especial de represión” de la burguesía sobre el proletariado, o “arma de explotación de la clase oprimida”, en palabras de Engels.

El segundo tema de discusión que plantea la obra es sobre la violencia, que tanto Marx como Engels estimaban necesaria para llevar adelante la revolución. Frente a esta doctrina tan nítida, algunos seguidores oportunistas o eclécticos planteaban que se podría avanzar en los cambios esperando la extinción del estado burgués, ante lo cual Lenin reafirma “la necesidad de educar sistemáticamente a las masas en esta, precisamente en esta idea sobre la revolución violenta, es algo básico en toda la doctrina de Marx y Engels”.

Valeriu Marcu, quien había compartido con Lenin en Zurich, comentó años después una conversación sostenida con el ruso –sus recuerdos aparecieron publicados en Foreign Affairs–, que mostraba muy bien su posición al respecto, que distaba de ser la mayoritaria en esos momentos: “Lenin no planeaba invasiones desde el exterior, sino desde el interior… Todos los revolucionarios deben trabajar para la derrota de su propio país… La labor principal… era coordinar a todos los elementos morales, físicos, geográficos y tácticos de la insurrección universal, aunar todos los odios provocados por el imperialismo a lo largo y ancho de los cinco continentes”. Con ello reafirmaba lo que había sostenido en 1914, en el sentido que esa guerra imperialista debía transformarse después en una guerra civil revolucionaria.

Es lo que hizo en 1917 y lo que intentó consolidar en los años siguientes.

La muerte prematura y el Testamento Político

La vida de Lenin fue intensa y agotadora. Su victoria dio lugar a lo que Francois Furet llamó “el embrujo universal de octubre”, una verdadera fascinación por la revolución a nivel mundial (en El pasado de una ilusión. Ensayo sobre la idea comunista en el siglo XX, México, Fondo de Cultura Económica, 1996). “Hijos de la Revolución de Octubre que fue nuestra fuente de inspiración”, diría Eric Hobsbawan –él mismo militante comunista durante medio siglo– en su autobiografía Años interesantes (Barcelona, Crítica, 2013). Sin embargo, la situación al interior de la ahora denominada Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas se transformó rápidamente en una versión bastante más cruel en la vida diaria que el paraíso prometido por los himnos, los libros y los homenajes. Así lo resume Niall Ferguson: “La revolución se había hecho en nombre de la paz, el pan y el poder para los jóvenes. Pero resultó equivalente a la guerra civil, el hambre y la dictadura del Comité Central del Partido Bolchevique” (La guerra del mundo, Barcelona, Debate, 2007).

Lenin fue parte de este proceso, y no un mero espectador, así como fue creador del régimen comunista y no simplemente un antecedente de la obra de Stalin, aunque el georgiano extremara la represión en su extensión y sevicia. El régimen de partido único y el aparato represivo, la ausencia de libertades políticas y el gulag fueron creaciones de Lenin, no obras posteriores. “Un vengador implacable”, dirá Churchill sobre el fundador del Estado soviético, agregando que su propósito era salvar al mundo y “su método, dinamitarlo” (en Andrew Roberts, Churchill, La biografía, Barcelona, Crítica, 2019).

En otro plano, un gran organizador y difusor del socialismo, que en 1919 inauguró la III Internacional (Komintern), que lo sorprendió exultante y decidido a explicar con claridad la necesidad de superar la democracia burguesa y avanzar hacia la consolidación de la dictadura del proletariado, lo cual exigía “la organización uniforme, común e internacional de todos los elementos comunistas que piensen del mismo modo”.

Sin embargo, para entonces Lenin se encontraba con algunos problemas personales, y por ende políticos. Lo que más lo afectó en su última etapa fue el atentado que sufrió en septiembre de 1918. Si bien sobrevivió, nunca recuperó las condiciones de salud previas al suceso, y debió enfrentar sus últimos años con un deterioro evidente, muchas veces en silla de ruedas y debió pasar mucho tiempo fuera de Moscú.

A fines de 1922 Lenin percibía que su fin estaba relativamente cercano y que era necesario pensar en una sucesión para organizar el poder en la Unión Soviética para después de su partida. Curiosamente, lo que se conoce como el Testamento Político del líder bolchevique peca de ambigüedad, por una parte, y de repetidas descalificaciones hacia sus posibles sucesores, por otra.

En el caso de Stalin, a quien conocía bastante bien ya que había llegado a ser Secretario General del PC, estimaba que “ha concentrado en sus manos un poder inmenso, y no estoy seguro que siempre sepa utilizarlo con la suficiente prudencia”, que no logra ocultar su convicción sobre el mal uso que haría del poder llegado el caso. En cuanto a Trotski, si bien lo reconoce un hombre muy capaz, estima que “está demasiado ensoberbecido y demasiado atraído por el aspecto puramente administrativo de los asuntos”. Estimaba que podría haber una colisión entre ambos. A continuación hace unos comentarios sobre Zinoviev y Kamenev, Piatakov y Bujarin, a quienes también encuentra limitaciones, aunque los dos últimos, advierte, son dos militantes destacados y fieles, que podrían encontrar ocasión para “completar sus conocimientos y de corregir su unilateral formación”.

Un suplemento a la carta anterior conviene reproducirlo completamente: “Stalin es demasiado brusco, y este defecto, plenamente tolerable en nuestro medio y en las relaciones entre nosotros, los comunistas, se hace intolerable en el cargo de Secretario General. Por eso propongo a los camaradas que piensen la forma de pasar a Stalin a otro puesto y de nombrar para este cargo a otro hombre que se diferencie del camarada Stalin en todos los demás aspectos sólo por una ventaja, a saber: que sea más tolerante, más leal, más correcto y más atento con los camaradas, menos caprichoso, etc. Esta circunstancia puede parecer una fútil pequeñez. Pero yo creo que, desde el punto de vista de prevenir la escisión y desde el punto de vista de lo que he escrito antes acerca de las relaciones entre Stalin y Trotsky, no es una pequeñez, o se trata de una pequeñez que puede adquirir importancia decisiva. Lenin”.

Cuando Lenin falleció en enero de 1924, no solo moría el padre de la Revolución, el hombre más admirado a pesar de las reticencias iniciales, el pensador infatigable y revolucionario exitoso. También con su muerte nacía una leyenda y una doctrina, el leninismo, que rápidamente Stalin reivindicaría desde los mismos funerales del fallecido líder bolchevique, para intentar apropiarse de una herencia simbólica y política que sería ineludible durante todo el régimen comunista. De esta manera, el marxismo-leninismo pasó a ser la doctrina de la revolución, y Lenin –quien sostenía de la doctrina de Marx que era omnipotente porque es verdadera–, sumaba un factor más a su propia omnipotencia.

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