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Publicado el 15 de diciembre, 2018

Alejandro San Francisco: Las barricadas

Profesor de la U. San Sebastián y la UC. Director de Formación del Instituto Res Publica. Director general de "Historia de Chile 1960-2010" (USS). Alejandro San Francisco

En las últimas semanas hemos vuelto a ver una imagen que parece estar incorporada a fuego en la cultura francesa: protestas multitudinarias, mostrando un orgullo contra el establishment y con una repercusión internacional. Este 2018, en el gobierno de Emanuel Macron, París vuelve a las barricadas, que han sido parte de su historia.

Alejandro San Francisco Profesor de la U. San Sebastián y la UC. Director de Formación del Instituto Res Publica. Director general de "Historia de Chile 1960-2010" (USS).
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El año 2018 comenzó, es verdad, recordando con cierta nostalgia al famoso Mayo francés de 1968, que cada generación quiere repetir, con la creatividad de sus graffitis mezclado con una protesta vehemente y sin respeto por las autoridades, los años o la tradición. Quizá por eso, en una época de grandes rebeliones en todo el mundo, la protestas de la década de 1960 se recuerdan especialmente por la dinámica de Mayo francés.

 

La Francia de hoy no es inmune a rebeldías ni a los problemas que aquejan a muchas sociedades en la actualidad: la crisis de los estados de bienestar, las dificultades asociadas a la inmigración y la recomposición del mapa político (en el caso francés, con la consolidación del Frente Nacional y la xenofobia). En todas partes ocurren cosas que hace algunos años no hubiéramos imaginado: el liderazgo de Trump en Estados Unidos, la victoria de Bolsonaro en Brasil, la irrupción de problemas nuevos en la opulentas sociedades europeas. Si hace un cuarto de siglo todo parecía avanzar hacia la unidad de Europa, hoy muchas sociedades reclaman más autonomía, en un reverdecer de los nacionalismos e incluso de los separatismos locales (como ocurre en el caso de Cataluña en España).

 

El caso de Francia es curioso. El gobierno de Macron fue, en buena medida, una protesta contra los poderes que habían gobernado hasta ahora, pero así como recibió apoyos transversales, también los rechazos a su gestión tienen localizaciones plurales. De esta manera, el alza de precios en los combustibles –específicamente el diésel– fue la excusa perfecta para la tormenta de los chalecos amarillos, pero es evidente que el problema no es meramente económico ni se resuelve de la forma en que lo anunció el gobernante hace algunos días, dando una vuelta atrás a su iniciativa.

 

El regreso de las barricadas a París debe mirarse con atención, con respeto, pero también con escepticismo.

 

Como suele ocurrir en estos episodios, de inmediato han comenzado las interpretaciones sobre los eventuales beneficiados con estas protestas: ¿Será la izquierda de Melenchon o los nacionalistas de Le Pen, o quizá ninguno de ellos? Ya se verá. Por mientras, han comenzado a arder algunas barricadas en los Campos Elíseos, como un verdadero símbolo de la rebelión.

 

Conviene darle una segunda vuelta a este recurso, aunque sea difícil de desterrar de las costumbres políticas galas. En 1968, uno de los graffitis decía con creatividad y sentido político lo siguiente: “La barricada cierra la calle, pero abre el camino”, tomada como especie de eslogan por diferentes grupos en distintos países. El problema práctico es que, en política democrática, lo que abre el camino son las urnas, los votos, las mayorías sociales y parlamentarias, la posibilidad real de acceder al gobierno y contar con los votos necesarios para iniciar cambios en una u otra dirección. Lo demás tiene valor simbólico, respaldo grupal a ciertas propuestas o rechazo frente a otras, pero no altera el mapa político de las leyes y los gobiernos. Es decir, no abre el camino democrático, aunque es muy probable que algunos de esos grupos no quieran hacerlo, ante la certeza de representar una minoría de la población y la incapacidad de construir mayorías a partir de sus ideas.

 

Por lo mismo, el regreso de las barricadas a París debe mirarse con atención, con respeto, pero también con escepticismo. Muchas entrevistas mostraban a activistas señalando que Macron no debía revertir la medida solamente, sino que debía renunciar. Es decir, hay que dejar de lado el 66% que obtuvo en la elección presidencial en mayo de 2017, prescindir de los más de 20 millones de votos que obtuvo y pasar a una fórmula diferente, de abandono por causa de la protesta. El aprendizaje político en Francia lleva muchas generaciones, con logros y retrocesos, barricadas y protestas, derechos y guillotina, cultura y guerras. En otras palabras, con todos los avances y dramas de los últimos siglos de historia.

 

Es probable que le haya llegado la hora del populismo, que la crisis rebote en cualquier dirección y que el camino se abra para quien no pensaban los que cerraron la calle.

 

Quizá convenga recordar un momento la pluma magistral de Víctor Hugo en Los Miserables, que se ambienta en la primera mitad del siglo XIX en Francia. Ahí aparecen las barricadas de París un momento decisivo de su obra, muestra de una sociedad que aspira a un cambio. Quien haya visto el musical del mismo recordará con tristeza las primeras muertes que se produjeron en la barricada: la primera en morir fue una mujer, Eponime, y luego fue un niño, Gavroche. Y Mario terminaba pidiendo perdón a sus amigos caídos en la barricada, mientras él se había salvado únicamente por la generosidad y valor del incomparable Jean Valjean.

 

El mundo y Francia han cambiado mucho desde entonces. Sin embargo, las barricadas parecen tener una larga vida, se reinventan con el tiempo. Hay que darle una segunda vuelta al problema de Francia, que es mucho más complejo que un alza de combustibles y una ampliación de las protestas. Es probable que le haya llegado la hora del populismo, que la crisis rebote en cualquier dirección y que el camino se abra para quien no pensaban los que cerraron la calle.

 

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