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Publicado el 16 agosto, 2020

Alejandro San Francisco: La Universidad en un momento histórico

Profesor de la U. San Sebastián y la UC. Director de Formación del Instituto Res Publica. Director general de "Historia de Chile 1960-2010" (USS). Alejandro San Francisco

Es deber de las universidades –con su inmensa riqueza y pluralidad– y de sus integrantes repensar su misión, renovar su vocación y dar lo mejor de sí para seguir sirviendo a la sociedad.

Alejandro San Francisco Profesor de la U. San Sebastián y la UC. Director de Formación del Instituto Res Publica. Director general de "Historia de Chile 1960-2010" (USS).

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En un momento de crisis social muy profunda en el mundo, al que se añaden consecuencias económicas desastrosas para las personas y las familias, es muy importante que las sociedades apelen a sus mejores reservas, a sus instituciones más sólidas y a sus virtudes más profundas.

Como suele ocurrir –por rutina, ideología o falta de liderazgo–, los ojos se dirigen de inmediato hacia el Estado, al gobierno de turno y a los órganos legislativos. Sin embargo, estoy convencido de que en esta oportunidad es necesario ser más creativos y mirar a la sociedad en su conjunto, no solamente al mundo político y estatal. En este sentido, me parece que las universidades ocupan un lugar central en el desarrollo de los países y son una de las bases de las sociedades dinámicas, como ha sostenido el intelectual norteamericano Robert P. George en Moral Pública (Santiago, Instituto de Estudios de la Sociedad, 2008).

Sin duda es un buen momento para plantear el tema, al cumplirse 30 años desde la publicación de Ex Corde Ecclesiae, la Constitución apostólica de Juan Pablo II sobre las Universidades Católicas, aparecida el 15 de agosto de 1990. Se trata de un texto macizo, bien pensado, con una sólida visión histórica y propuestas que –desde las raíces del pensamiento católico– realizan un aporte a la comprensión de la institución universitaria en general, y de las universidades católicas en particular.

El texto comienza señalando que la Universidad Católica nació “del corazón de la Iglesia”, considerando que el surgimiento de las universidades se gestó en una etapa de particular relevancia del catolicismo en Occidente. En los siglos XII y XIII comenzaron a desarrollarse comunidades de maestros y estudiantes, libremente reunidos en la búsqueda del saber, en un ambiente de unidad de la fe y la razón. Por otra parte, no existía entonces una verdadera pluralidad de instituciones o de formas de entender la universidad en Europa, como tampoco habían religiones distintas ni obras nacidas desde la sociedad civil ajenas al pensamiento religioso.

La realidad hoy es muy distinta, porque las universidades se han multiplicado por todo el mundo y tienen las formas más diversas: las hay del Estado así como otras han nacido de la sociedad civil, de la Iglesia o de la iniciativa privada; algunas tienen un origen religioso y otras prescinden de esas categorías; existen instituciones de investigación y otras que solo entregan docencia; algunas universidades tienen categoría nacional o internacional mientras otras se baten en la medianía; algunas muestran un compromiso social muy profundo y otras parecen más un negocio particular que una institución de enseñanza. De acuerdo a los cánones de medición vigentes, las mejores universidades del mundo, desde hace décadas, están situadas en Estados Unidos y Europa, con algunas excepciones que se desarrollan en países de Asia, pero que no alteran los claros predominios existentes, ni la incapacidad que muestran las instituciones de América Latina, por ejemplo, para elevarse entre las Top 100 del mundo. Sin perjuicio de ello, hay esfuerzos consistentes en el continente que permiten a algunas instituciones destacar a nivel internacional, aunque todavía sin los recursos y capacidad que se requiere para estar en las grandes ligas mundiales.

En términos generales, existe un acuerdo sobre la importancia de las universidades en dos o tres finalidades principales: la docencia, la investigación y la difusión de la cultura, como expresaba José Ortega y Gasset en Misión de la Universidad. Sin embargo, la realidad es actualmente mucho más compleja, y algunas definiciones incluyen las transferencias tecnológicas dentro del concepto de universidad, mientras otros expresan que sin investigación no existe la institución; otros sostenemos que el corazón de la universidad son sus profesores y estudiantes, quienes ciertamente se reúnen para realizar esas actividades fundamentales que son estudiar, transmitir y acrecentar el conocimiento.

Sin embargo, junto a estas definiciones esenciales, parece razonable pensar que la universidad tiene una responsabilidad social permanente, a través de diversas fórmulas que no alteren su esencia, sino que la consoliden, según lo expresa la propia Ex Corde Ecclesiae: “Sus actividades de investigación incluirán, por tanto, el estudio de los graves problemas contemporáneos, tales como, la dignidad de la vida humana, la promoción de la justicia para todos, la calidad de vida personal y familiar, la protección de la naturaleza, la búsqueda de la paz y de la estabilidad política, una distribución más equitativa de los recursos del mundo y un nuevo ordenamiento económico y político que sirva mejor a la comunidad humana a nivel nacional e internacional. La investigación universitaria se deberá orientar a estudiar en profundidad las raíces y las causas de los graves problemas de nuestro tiempo” (n. 32).

Los problemas actuales en las sociedades son múltiples, y hay casos en que el impacto social de la investigación tiene un correlato social inmediato. Así se puede apreciar en los trabajos que se realizan en la actualidad para descubrir la vacuna necesaria para combatir el coronovirus, investigaciones que en parte se realizan en algunas de las mejores universidades del mundo, las que rápidamente van informando de sus avances, así como manifiestan su disposición a ponerlas al servicio de la sociedad, para servir a la vida humana y para contribuir a superar este difícil momento que está enfrentando la Humanidad. Sin embargo, hay muchos otros temas que exigen una presencia permanente de las instituciones de educación superior para contribuir a resolver otros problemas sociales, entre ellos algunos que están influidos por la particular situación que vive el mundo en la actualidad, tales como la lucha contra la pobreza o el analfabetismo, la promoción de la integración social y la calidad de vida de los adultos mayores, enfrentar los problemas de natalidad o las dificultades que experimenta el régimen democrático en la actual coyuntura.

Finalmente, me parece necesario agregar un par de temas de la mayor relevancia en cualquier planteamiento sobre la universidad y que, curiosamente, suelen brillar por su ausencia. El primero es el valor intrínseco de la cultura, de la vida intelectual, que permite superar el utilitarismo instalado de manera lamentable y acrítica en la sociedad contemporánea en distintos lugares del mundo, como ha destacado en diversas oportunidades Nuccio Ordine. Este verdadero materialismo limita y distorsiona una adecuada comprensión de la universidad y puede convertir a las instituciones en meros productores de títulos o grados académicos, cintas transportadoras de cursos y carreras, incluso en verdaderas fábricas, sin capacidad de valorar una formación intelectual amplia y profundamente universitaria en el más alto sentido de la palabra.

El segundo se refiere a la importancia de las personas, de los profesores y de los estudiantes, en la vitalidad y realización de una vida universitaria plena. El 2020 ha sido un año excepcional, durante el cual las universidades han tenido clases a distancia, muchos jóvenes ni siquiera han llegado a conocer los patios y salas de clases de sus respectivas instituciones, y todavía no resulta claro que ocurrirá a partir de septiembre en Europa o Estados Unidos. Es evidente, como ha quedado demostrado en estos meses, que felizmente se puede hacer clases a distancia y se puede aprender leyendo desde las casas o “descargando” información de internet. No obstante, me parece que resulta claro que en todo este sistema falta algo, aunque cada universidad está haciendo lo que puede y lo que debe: la enseñanza universitaria todavía está incompleta, pues carece de la necesaria e imprescindible vitalidad que le da el contacto directo entre profesores y alumnos, la formación personal que se transmite de generación en generación, y que permite que tras el paso de los siglos, sigan existiendo universidades, estudios, vocación por la formación de jóvenes y pasión por el conocimiento.

Es deber de las universidades –con su inmensa riqueza y pluralidad– y de sus integrantes aprovechar este momento histórico para repensar su misión, renovar su vocación y dar lo mejor de sí para seguir sirviendo a la sociedad.

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