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Publicado el 08 de septiembre, 2018

Alejandro San Francisco: La reforma universitaria de Córdoba (1918)

Profesor de la U. San Sebastián y la UC. Director de Formación del Instituto Res Publica. Director general de "Historia de Chile 1960-2010" (USS). Alejandro San Francisco

Al igual que mayo de 1968, el movimiento universitario argentino representó un símbolo de contestación y cambio, de quiebre con la tradición y deseos de construir algo nuevo. La Universidad latinoamericana tiene algo de la herencia del grito de Córdoba, pero también la deuda de repensar seriamente su sentido y misión actual.

Alejandro San Francisco Profesor de la U. San Sebastián y la UC. Director de Formación del Instituto Res Publica. Director general de "Historia de Chile 1960-2010" (USS).
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Este año se ha cumplido el centenario del Movimiento de Córdoba, en Argentina, conocido como la Reforma Universitaria. Desde entonces, el “grito de Córdoba”, la rebeldía estudiantil, las protestas concretas y algunas de sus consecuencias quedaron plasmadas en el imaginario colectivo de otros movimientos análogos que tuvieron lugar en América Latina durante el siglo XX. Fue, salvando la diferencia de tiempos y distancias, un equivalente al mayo de París en 1968.

 

El acontecimiento argentino estalló el 15 de junio de 1918, sobre la base de estudiantes reformistas que rechazaban el sistema universitario en el que vivían, aunque también desarrollaban una crítica más profunda a la sociedad de su tiempo, a las autoridades políticas, la influencia de la religión. Ese día condenaron la elección del nuevo rector, ingresaron a la sala donde se tomaban las decisiones, escribiendo en el libro de actas su decisión: “La Asamblea de todos los estudiantes de la Universidad de Córdoba decreta la huelga general”.

 

Entre los principios más importantes que promovían los estudiantes reformistas se encontraban la asistencia libre y la docencia libre, el cogobierno universitario, la autonomía universitaria (no injerencia del poder político), la recreación de la misión social y la extensión de la Universidad, la opción por una “educación laica” y con acceso para todos, la promoción de la investigación científica, la necesidad de la ayuda social a los estudiantes y la solidaridad con los obreros. La Universidad de Córdoba tenía menos de 2 mil estudiantes, todos hombres y como muchas en el continente carecía de la investigación y otras características que más tarde serían propias de la institución, lo que hacía presumir más urgentes las reformas.

 

Otro momento importante se produjo el 21 de junio, cuando apareció el llamado Manifiesto Liminar, que habría sido redactado por Deodoro Roca y firmado por un grupo de dirigentes. Era, a la vez, una declaración de principios y un llamado a la acción. El documento comenzaba con una definición decidida y con sentido de victoria: “Hombres de una república libre, acabamos de romper la última cadena que en pleno siglo XX nos ataba a la antigua dominación monárquica y monástica. Hemos resuelto llamar a todas las cosas por el nombre que tienen. Córdoba se redime. Desde hoy contamos para el país una vergüenza menos y una libertad más… Los dolores que nos quedan son las libertades que nos faltan. Creemos no equivocarnos, las resonancias del corazón nos lo advierten: estamos pisando sobre una revolución, estamos viviendo una hora americana”.

 

El Manifiesto Liminar fue un documento generacional, a la vez político y universitario, que manifestaba una profunda confianza en los jóvenes.

 

Eran, sin duda, palabras enérgicas, carismáticas y convincentes, que no pedían permiso sino que se levantaron como una ola gigante dispuesta a arrasar con un pasado y un presente que execraban y que no se manifestaban dispuestos a seguir tolerando. El Manifiesto Liminar fue un documento generacional, a la vez político y universitario, que manifestaba una profunda confianza en los jóvenes: “La juventud vive siempre en trance de heroísmo. Es desinteresada, es pura. No ha tenido tiempo aún de contaminarse. No se equivoca nunca en la elección de sus propios maestros. Ante los jóvenes no se hace mérito adulando o comprando”. Más adelante agregaba: “La juventud ya no pide. Exige que se le reconozca el derecho a exteriorizar ese pensamiento propio de los cuerpos universitarios por medio de sus representantes. Está cansada de soportar a los tiranos. Si ha sido capaz de realizar una revolución en las conciencias, no puede desconocérsele la capacidad de intervenir en el gobierno de su propia casa”.

 

El Manifiesto concluía con un llamado continental, que también es prueba de un espíritu y de una expectativa: “La juventud universitaria de Córdoba, por intermedio de su Federación, saluda a los compañeros de la América toda y les incita a colaborar en la obra de libertad que inicia”. Con el paso del tiempo el grito se oiría efectivamente en otras sociedades, que encontraron en Córdoba la inspiración para sus propios movimientos de reforma universitaria, como se probaría especialmente en la revolucionaria década de 1960.

 

En agosto la situación pareció revertirse, con la reacción del gobierno que decretó la intervención de la Universidad. En la práctica, esto sirvió para polarizar las posiciones, como se reflejaría en la jornada del 9 de septiembre de 1918, cuando los jóvenes decidieron la ocupación de la institución, nombrando a algunos de sus dirigentes como “decanos” en facultades como Medicina, Ingeniería o Derecho. En los días siguientes actuaron, de hecho, nombrando profesores y empleados, desarrollando actividades académicas y, en general, dominando los edificios universitarios.

 

La historia terminó con una contradictoria salida: los estudiantes fueron expulsados y muchos de ellos detenidos, pero las nuevas autoridades universitarias acogieron muchos de los reclamos que habían presentado en esos meses frenéticos en que la historia pareció acelerarse. Con el paso del tiempo, muchos de los conceptos reformistas quedarían instalados en la institucionalidad de la enseñanza superior en Argentina, e incluso traspasarían sus fronteras.

 

Sin embargo, más allá de los legados puntuales, no cabe duda que al igual que mayo de 1968, el movimiento de Córdoba de 1918 representó un símbolo de contestación y cambio, de quiebre con la tradición y deseos de construir algo nuevo. La Universidad latinoamericana, con todos sus vaivenes y después de un siglo de aquellos acontecimientos, tiene algo de la herencia del grito de Córdoba, como reclamarían los reformistas chilenos en la década de 1960. Sin embargo, también conserva la deuda de repensar seriamente su sentido y misión actual -de acuerdo a las raíces profundas de su historia-, al más alto nivel académico y con el mayor servicio a la sociedad en la que se desarrolla.

 

 

Alejandro San Francisco, historiador, académico de la Pontificia Universidad Católica de Chile y la Universidad San Sebastián, director de Formación del Instituto Res Publica. Esta columna fue publicada en El Imparcial de España.

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