Octubre ha estado marcado por las discusiones sobre el fin del octubrismo, la continuidad del proceso constituyente y otros temas políticos de actualidad. Sin embargo, hay un asunto de gran relevancia, que está poniendo punto final a casi noventa años de historia: se trata de la muerte espiritual de la Democracia Cristiana. El tema, sin duda, se ha arrastrado por varios años, pero se ha agudizado en las últimas semanas con las renuncias de muchos militantes, en medio de una ausencia penosa de la colectividad en el debate público.

El PDC, fundado en 1957, fue hijo de la Falange Nacional, que había nacido un par de décadas atrás desde el Movimiento Nacional de la Juventud Conservadora, que emergió en un histórico evento realizado precisamente en octubre de 1935. La generación fundacional integraba a un grupo notable de figuras, entre los que se contaban a Bernardo Leighton, Eduardo Frei Montalva, Radomiro Tomic, Ignacio Palma Vicuña y Manuel Garretón Walker. A ellos se sumó en algún momento Mario Góngora, y más tarde Alejandro Silva Bascuñán, Renán Fuentealba, Patricio Aylwin y otros.

Durante dos décadas, la Falange parecía un partido de generales sin tropa, pues no pasaba de elegir entre dos y cuatro diputados en cada elección, cifra muy inferior a la calidad intelectual y política de sus líderes. Solo en 1949 la situación vino a cambiar parcialmente, con la victoria de Eduardo Frei en su candidatura a senador por las provincias de Atacama y Coquimbo. Al año siguiente se sumó Tomic a la Cámara Alta, tras vencer en una elección complementaria. La consolidación se produjo en la elección parlamentaria de 1957, cuando el propio Frei obtuvo la primera mayoría para senador por Santiago y los falangistas lograron 14 diputados.

A los pocos meses quedaría constituido el Partido Demócrata Cristiano. Se trataba, sin duda, de uno de los movimientos generacionales más relevantes del siglo XX, que después de años de “fracasos” podían disfrutar de un pequeño triunfo: con el paso del tiempo vendrían otros, hasta transformarse en la primera fuerza política del país, logrando llegar a La Moneda al ritmo de la Patria Joven y más tarde se transformó en el partido mayoritario y bisagra hasta comienzos del siglo XXI.

Como toda fuerza relevante, logró tener adhesiones y rechazos, estos últimos en buena medida de parte de las derechas e izquierdas a las que la Democracia Cristiana había desafiado.

Una de las críticas recurrentes radicaba en su indefinición, su falta de línea, ser “amarillos”, no ser “ni chicha ni limoná”. Era solo otro grupo de la burguesía, según acusaba la izquierda radicalizada en la década de 1960, mientras la derecha espetaba que los democratacristianos se preparaban para entregar a Chile al marxismo.

Con todo, me parece que si en el plano económico y en la dimensión cultural efectivamente ha existido una ambigüedad o falta de doctrina, no ha ocurrido lo mismo en el plano político, en lo cual se puede advertir un compromiso decidido con la democracia y una mayor consistencia en dicho sentido, tanto propia como en comparación con otras fuerzas políticas. Así quiso expresarlo -según consta en muchos documentos y acciones políticas- tanto en su lucha contra la Unidad Popular como posteriormente contra Pinochet, en condiciones muchas veces adversas e incluso peligrosas.

Igual cosa se pudo advertir en su promoción de una transición a la democracia en forma pacífica e institucional en la década de 1980, en unión con los socialistas y otros grupos en la Alianza Democrática y en la Concertación. Finalmente, les correspondió encabezar los dos primeros gobiernos de la democracia chilena a partir de 1990, bajo las presidencias de Patricio Aylwin y Eduardo Frei Ruiz-Tagle, década en la cual además fueron el partido mayoritario de Chile, tanto en elecciones de senadores y diputados como de alcaldes y concejales. 

Podríamos decir que el siglo XXI ha sido el de la decadencia de la Democracia Cristiana. Primero, en el orden de los números, como se pudo observar tempranamente en 2001, cuando la UDI pasó a ser el partido más grande de Chile, de acuerdo a las elecciones de diputados de ese año, superando al PDC, que había ostentado dicha primacía durante casi cuatro décadas. En segundo lugar, en el plano de las ideas, según se puede apreciar al observar en la pérdida de relevancia intelectual, la desaparición de publicaciones que hicieron época (como la revista Política y Espíritu), la falta de referentes doctrinarios (lo que en su momento fue Jaime Castillo Velasco) y una clara decadencia de su presencia en la sociedad civil, que contrasta con su antiguo liderazgo en las federaciones estudiantiles universitarias, asociaciones de trabajadores y otros organismos. 

La última década ha sido ilustrativa en este sentido: quizá la muestra más elocuente ha sido la precaria presencia falangista en la Convención constituyente y, sobre todo, que el PDC se sumó tarde y mal a un proceso nacido de la violencia y en el cual no tuvo una voz consistente y clara.

En las últimas elecciones parlamentarias la fuga de votos ha sido tremenda para los falangistas, como se puede apreciar en los resultados para diputados: en 2013 la Democracia Cristiana obtuvo 967.003 votos; en 2017 logró solo 616.668 sufragios, en tanto en 2021 llegó a conquistar apenas el respaldo de 264.985 ciudadanos. Los números de sus candidaturas presidenciales son consistentes con esa baja de respaldo partidista. Esto se suma a la postura equívoca, contradictoria y casi suicida que siguió el PDC en el plebiscito de salida, que conducía a un callejón sin salida, en una carta fundamental muy distanciada de los principios e historia del falangismo.

Con todo, el principal problema del PDC no es numérico, sino espiritual. Dicho sea de paso, no es una debilidad exclusiva de los falangistas: a su derecha y a su izquierda hay partidos que muestran pérdida de alma, carencia de identidad, abandono de su doctrina fundacional.

Es verdad que la Democracia Cristiana ha tenido una fuga gigante de votos y una pérdida en la sociedad civil, pero sobre todo su proyecto -si es que lo tiene- ha carecido de sentido en las últimas dos décadas, en que ha aparecido en parte como comparsa de la izquierda, más socialdemócrata que socialcristiana, con más funcionarios que voluntarios y ciertamente lejos de aquel espíritu que animó a los falangistas de la primera hora o a los democratacristianos en las horas adversas.

En su momento, sumarse a las diferentes formas de aborto en el país ilustran una pérdida de línea doctrinal -personalista o centrada en la dignidad de la persona humana- que no puede ser inocente a la hora de evaluar una crisis espiritual de la política, si utilizamos esa fórmula que gustaba vincular Frei Montalva en la década de 1940. Es verdad que todo esto se da en un contexto de pérdida de relevancia de la Iglesia Católica y del ideario que animó durante décadas al socialcristianismo chileno, problema que también es posible advertir en otras latitudes, aunque se trate de un partido de inspiración cristiana y no de una colectividad confesional.

Por este conjunto de aspectos, hoy resulta tan claro observar que el PDC es un partido con más historia que futuro y que la crisis actual podría ser no solo una dificultad adicional en el camino, sino la etapa final de una trayectoria larga, relativamente exitosa, pero quizá condenada a la agonía y la muerte.

Después de todo, en historia la muerte espiritual suele anticipar el final físico de las instituciones, aunque la compleja situación que vive Chile en la actualidad podría brindar algunas sorpresas en el futuro.

En cualquier caso, las numerosas renuncias tras el 4 de septiembre -habría que evaluar por qué algunas tardaron tanto- han evidenciado nuevos problemas y han abierto nuevas heridas. Los argumentos han sido variados, como el cansancio porque “nuestra convivencia interna se fue destruyendo” (Claudio Orrego); y porque “un partido que mira al siglo XXI no puede ser un rebaño que sigue dócilmente a una directiva que no quiere escuchar el mensaje de sus militantes, ni de la ciudadanía” (Ximena Rincón y Matías Walker); y así tantos otros casos que no pueden ser consideradas renuncias aisladas, sino la manifestación elocuente de una grieta que se abrió y que no ha parado de sangrar. 

Es preciso saber quién llenará el espacio dejado por los falangistas en la hora de su agonía, de su carácter moderador, bisagra o abierto a ciertos acuerdos, como lo hizo en ocasiones decisivas de la vida chilena. Después de todo, la política es muy dinámica y todavía pueden agregarse muchos capítulos a esta historia.

*Alejandro San Francisco es académico Universidad San Sebastián y Universidad Católica de Chile. Director de Formación Instituto Res Publica.

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