Si algo distinguió a la revolución de octubre de 2019 fue su carga iconoclasta, su negación de los logros del pasado reciente, la necesidad de terminar con una historia de 30 años que condenaban, para dar inicio a una nueva etapa de la vida nacional. El proceso se dirigió en un principio contra “el modelo” y sus injusticias, se extendió a “la Constitución de Pinochet”, pero terminó arrastrando a la democracia de la Concertación y de dos gobiernos de centroderecha. Curiosamente, estos dos últimos conglomerados se sumaron –por convicción, conveniencia o debilidad– al diagnóstico y a la posible solución: una nueva carta fundamental para Chile, a través de una “Asamblea Constituyente”, como reclamaba la calle.

La fórmula escogida por el poder político fue una Convención Constitucional, inédita y representativa, paritaria y que finalmente integró a los pueblos originarios. Una gran mayoría de los chilenos apoyó la necesidad de una nueva carta, y el 15 y 16 de mayo una elección popular dejó conformado en nuevo órgano, con novedades impensadas y que generaron una transformación drástica en el sistema político: la Concertación se encontró con una derrota histórica, la centroderecha no alcanzó el tercio que le permitiría ser relevante, en tanto se levantaron con fuerza otras alternativas políticas antes ocultas o minoritarias. Entre ellas destacaron la Lista del Pueblo, el pacto entre el Frente Amplio y el Partido Comunista, además de los representantes de los pueblos originarios.

“Es posible refundar este Chile”, sostuvo con decisión Elisa Loncón en su discurso del 4 de julio, día de la instalación de la Convención, cuando ella asumió como presidenta de la instancia. “Todos juntos vamos a refundar este Chile”, aseguró, en tanto al finalizar repetía “hoy se funda un nuevo Chile”. Ese momento tuvo un enorme simbolismo, y se inscribía en la lógica de la revolución de octubre y el sueño –e incluso la utopía– que representaba la futura constitución. Por otra parte, las alternativas a la mayoría de la Convención no tenían capacidad real de incidir y torcer un camino que parecía destinado al éxito.

Sin embargo, en los últimos meses la situación comenzó a cambiar y el proceso evolucionó en una línea diferente a la prevista en un primer momento. Al comenzar diciembre y después de cinco meses de trabajo, el mito de la refundación tiene que replantear seriamente sus objetivos y posibilidades. Después de todo, si en octubre de 2019 la revolución logró correr el cerco de lo posible, en estos dos años dicho cerco ha tenido continuos movimientos, en direcciones diferentes e incluso contradictorias. En buena medida, los chilenos anhelaban una serie de promesas surgidas al calor de la movilización social y con una épica que no se había visto desde el regreso a la democracia. Pero en este último tiempo también han valorado las certezas, el mejoramiento efectivo en sus condiciones de vida. Además, se ha producido una dinámica propia de este tipo de eventos históricos y la revolución ha dado paso al movimiento inverso, en una fórmula pendular, en tanto la correlación de fuerzas ya no es claramente favorable para los partidarios de los cambios radicales.

Me parece que hay dos factores decisivos que han permitido este cambio de visión. El primero es la instalación, evolución y evaluación de la Convención Constituyente y el segundo es el resultado de las elecciones parlamentarias del 21 de noviembre pasado. Son dos elementos que durante el 2021 han mostrado una nueva realidad y han producido un cambio en la correlación de fuerzas, que muestra un escenario más equilibrado y donde el maximalismo ha dado paso a una visión más templada, que podría transformar el escenario futuro.

Efectivamente, el funcionamiento de la Convención ha sido un factor que ha producido un cambio importante. Antes de comenzar a trabajar existían enormes expectativas y la ilusión de que una nueva carta fundamental produciría una serie de bienes al país: mejores pensiones, educación de calidad y otros derechos sociales. A esto se sumaba el hecho de que la Constitución misma nacería de un proceso participativo, democrático, como no había existido en el pasado, con integración de distintas culturas y personas. Sin embargo, el resultado ha sido distinto y complejo: la Convención ha tenido escándalos personales (notorio en el caso de la fenecida Lista del Pueblo), el aumento de recursos la ha hecho aparecer como sucedáneo del Congreso, algunos debates han sido desilusionantes y otras decisiones resultan incomprensibles (la omisión de la “república” de Chile, por ejemplo). No es, como algunos han señalado peyorativamente, que haya falta de trabajo: de hecho es posible ver una gran dedicación de la mayoría de los convencionales. El problema es otro: a medida que se desarrolla el proceso, se entra en la experiencia real de la política práctica, con sus méritos y limitaciones, y el idealismo inicial queda en segundo plano. Y en política, el choque de las expectativas con la realidad siempre suele ser desfavorable para las ilusiones acumuladas. Se puede apreciar claramente en los resultados de algunas encuestas, que asignaban una clara percepción positiva hacia la Convención en un primer momento, lo que ha ido decayendo en el tiempo, e incluso hay estudios que muestran que las opiniones negativas superan a las positivas. Por cierto, todo esto está en constante medición y puede volver a cambiar.

El otro tema que provocó una nota de alerta a los aires refundacionales fue el resultado de la elección del 21 de noviembre. No solo porque el candidato de la derecha, José Antonio Kast, superó en la primera vuelta al de la izquierda, Gabriel Boric. Más importante todavía es lo que ocurrió a nivel parlamentario, donde se puede apreciar un gran equilibrio en el Senado, con la centroderecha como principal fuerza política, con 25 representantes de un total de 50, y también en la Cámara de Diputados, donde se aprecia una baja de la centroizquierda, un alza del PC-Frente Amplio, una leve disminución de las derechas (con la irrupción notoria del Partido Republicano) y la incorporación del Partido de la Gente. ¿Qué significa todo esto en la práctica? Que no hay ningún conglomerado que tenga por sí mismo mayoría en las cámaras, y aunque la centroderecha tiene más respaldo también tiene una oposición más clara cuando es gobierno. En cualquier caso, es evidente que gobernar en el futuro requerirá acuerdos, porque así lo ha decidido la ciudadanía en la conformación del Congreso.

Queda pendiente un elemento: no es lo mismo si triunfa José Antonio Kast que si lo hace Gabriel Boric en los comicios del próximo 19 de diciembre. En el primer caso se consolidaría esta tendencia contraria a la refundación, en tanto en el segundo adquiriría nuevas fuerzas el “espíritu” del 18 de octubre y las semanas siguientes. No obstante, lo más importante para ambos no es cómo administren los resabios de la revolución, sino el éxito efectivo que pueda tener su eventual administración, una de cuyas variantes más importantes será la puesta en marcha de la nueva constitución. Es necesario, en cualquier caso, que la Convención comprenda que no puede ni debe extremar los recursos ni las posiciones, que no hay cabida a la imposición de los termocéfalos y que la refundación fue un discurso de ocasión pero no representa una verdadera propuesta de futuro para Chile. Ya veremos cómo termina esta historia.

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