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Publicado el 30 de abril, 2020

Alejandro San Francisco: La muerte de Adolf Hitler (30 de abril de 1945)

Profesor de la U. San Sebastián y la UC. Director de Formación del Instituto Res Publica. Director general de "Historia de Chile 1960-2010" (USS). Alejandro San Francisco

Un día como hoy, de 1945, el líder nazi se quitó la vida. Poco antes había reconocido que la guerra estaba perdida, al tiempo que dejaba escrito un testamento político donde manifestó su odio racial hasta el último momnto.

Alejandro San Francisco Profesor de la U. San Sebastián y la UC. Director de Formación del Instituto Res Publica. Director general de "Historia de Chile 1960-2010" (USS).

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Hitler y el poder 

El 20 de abril de 1945 fue un día con buen tiempo en la capital del Reich, en lo que algunos llamaba “el clima del Führer”. Efectivamente, Adolf Hitler había nacido el 20 de abril de 1889, en Braunau am Inn, y al cumplir 56 años también celebraba su último cumpleaños, en condiciones muy distintas a lo que había sido su vida durante la última década.

Los comienzos de la trayectoria política de Hitler fueron difíciles y cuesta arriba. Quienes compartían sus ideas –nacionalistas, racistas, antisemitas, belicistas y que urgían un espacio vital para Alemania– eran muy pocos. Por otra parte, la agrupación que contribuyó a fundar junto a Anton Drexler, el Partido Nacional Socialista Obrero Alemán (NSDAP), era muy pequeño y marginal en la política de comienzos de la década de 1920. Adicionalmente, cuando organizó el putsch de la cervecería de Munich en noviembre de 1923, el fracaso terminó con Hitler en la cárcel. Ahí fue acompañado por Rudolf Hess, a quien le dictó parte del libro cabecera del nazismo: Mi Lucha. Es una obra que, sin estar bien escrita ni ser una doctrina enteramente novedosa, llama la atención por su total transparencia en presentar el carácter racista de la ideología nazi y muchas de las consecuencias que después serían realidad: la repulsión a la democracia y al parlamento multinacional; la definición del Estado racista; una clara oposición al comunismo; la aspiración de contar con las tierras del Este y la necesidad de “orientar la política territorial alemana del porvenir”. Sobre todo ello, como factor ideológico y emocional dominante del nazismo, se encontraba el odio contra los judíos, a quienes definía como “fermento de descomposición”, raza inferior, “antípoda del ario”, culpable de los males de Alemania y de la derrota en la Primera Guerra Mundial.

Muchos pudieron mirar a Hitler y a su partido con desprecio y sarcasmo, a sus ideas como absurdas y a sus gesticulaciones como propias de un loco. Él, por su parte, tenía una confianza ciega en su oratoria: ese fue el primer talento que descubrió y lo aprovecharía en cada ocasión. Además, estaba convencido de que no había que temer a los bolcheviques, sino que era necesario enfrentarlos, si era preciso con su misma brutalidad, en las calles y en los mítines, pero en ningún caso había que regalarles la calle. Paralelamente, la democracia de Weimar y la economía de la Europa de entreguerras abrían paso a proyectos alternativos, frente al fracaso del régimen nacido de la posguerra. Por último, los nazis estimaban que el Tratado de Versalles había sido una traición y una imposición inaceptable, y que Alemania estaba siendo humillada de una forma intolerable.

Pese a todo ello, las cosas comenzaron a resultar y el camino hacia el poder mostró un espacio que Hitler y sus camaradas sabrían aprovechar. El proyecto contaba con un líder, el propio Adolf Hitler; una doctrina, el nacionalsocialismo, expuesta en Mi Lucha; un grupo de fieles seguidores, en realidad muchos de ellos eran verdaderos fanáticos; además de una organización que se perfeccionaba en las elecciones, en la propaganda y en la capacidad de horadar el régimen liberal parlamentario. Entre 1928 y 1932 el nazismo experimentó un crecimiento electoral notable, que lo llevó a la pugna por el poder, en lo cual no aceptaría puestos subalternos. Jugaban a su favor la debilidad de la democracia y los gobiernos de la República del Weimar, los efectos de la crisis económica de 1929 y también la decisión de Hitler de aspirar al poder real. Finalmente, en enero de 1933 fue nombrado Canciller, a formar gobierno –no faltaron los que pensaban aprovecharse de él– y al año siguiente ya comenzaba a ostentar el poder total, a fundir su persona con Alemania, sin contrapesos políticos y con la vocación decidida por ejercer el poder total.

Como suele ocurrir, desde ese poder Hitler logró construir una imagen de brillo y éxito, de hombre que restauraba el orden y era capaz de recuperar el orgullo alemán, incluso obtenía tierras hacia el Este sin necesidad de guerras (vía anexiones) y permitía que los parados tuvieran trabajo, realizaba enormes construcciones y parecía ser el símbolo de la nación, con un inmenso respaldo popular, que se notaba en las grandes concentraciones públicas y en una verdadera devoción hacia él en distintos sectores de la sociedad (Ian Kershaw, El mito de Hitler. Imagen y realidad en el Tercer Reich, Barcelona, Paidós, 2003).

Sin embargo, para el genio de Hitler nada de eso era suficiente. Existía la necesidad ante la historia y ante el futuro –los mil años que duraría el Tercer Reich– de resolver los conflictos pendientes por la fuerza. Felizmente encontró un buen aliado inicial: Stalin, algo que parecía imposible. Ambos dictadores sellaron el pacto Ribbentrop-Molotov, se repartieron Polonia, se cuidaron las espaldas y pudieron comenzar el conflicto en 1939. Nazis y comunistas eran parte de un impensado e impensable pacto político y diplomático, que permitía a Hitler hacer una guerra exitosa y rápida, como lo fue demostrando casi sin oposición en distintos lugares de Europa. Sin embargo, nazis y comunistas también eran parte de la familia totalitaria, se temían recíprocamente y podían ejercer el poder sin escrúpulos. Por esos detalles de la historia, en junio de 1941 el líder alemán decidió el ataque a Rusia, se olvidó de su teórica amistad con Stalin (que había brindado por el alemán al celebrar el pacto en agosto de 1939) y traicionó su confianza, iniciando un frente oriental que, en la práctica, sería el comienzo del fin.

A comienzos de 1945 Hitler se encontraba en Alemania, y era atacado por las fuerzas de Roosevelt y Churchill por el oeste y por el Ejército Rojo desde el este, en una carrera inminente hacia la derrota, que llegaría antes de que terminara el primer semestre de ese año. Sin embargo, el régimen y la popularidad de Hitler habían comenzado a desmoronarse al menos hacia 1942, y esa crisis se extendió a medida que crecían los bombardeos sobre territorio alemán y que los germanos experimentaban el drama de la guerra en su propio territorio. Hubo algunos grupos que siguieron más fieles al Führer durante algún tiempo: los jóvenes, los soldados rasos y los militantes más comprometidos del partido nazi. No obstante, paralelamente, el pueblo alemán disminuía su afecto antes inalterable hacia Hitler, despreciaba al nacionalsocialismo y el deseo de victoria era reemplazado por un anhelo de paz (Ian Kershaw, El mito de Hitler). Por eso mismo –sumado a la presencia enemiga en las cercanías de Berlín–, el ambiente no estaba para festejos ese 20 de abril de 1945: aunque Goebbels dio un discurso radial de felicitaciones en que pedía seguir teniendo confianza ciega en el Führer, su retórica ya no valía lo mismo y el mismo régimen era solo una imagen demacrada de sus mejores días.

Sin embargo, ante el acecho que sufría Berlín, sus más cercanos aprovecharon la oportunidad para pedirle que abandonara la ciudad, pero ante la sorpresa de sus colaboradores ratificó que se quedaría hasta el último momento en ese lugar. Qué lejos estaban los días del Reich que duraría mil años, de un líder adorado por las multitudes y que representaba un futuro de grandeza para Alemania. Ahora estaba avejentado –sus cercanos coincidían que Hitler aparentaba “tener veinte años más de los que cumplía”– y muy cerca de la derrota definitiva (ver el excelente libro de Antony Beevor, Berlín. La caída: 1945, Barcelona, Crítica, 2012).

El escritor y propagandista soviético Ilya Ehrenburg resumió las circunstancias de las últimas semanas en un tono odioso que solía repetir en las páginas de Krasnaya Zvezda. Así hablaba en su artículo “Khvatit” (“Basta”): “Alemania está agonizando de un modo miserable, sin patetismo ni dignidad. Recordemos los pretenciosos desfiles celebrados en el Sportpalast de Berlín, donde Hitler afirmaba a voz en grito que conquistaría el mundo. ¿Dónde está él ahora? ¿En qué agujero se esconde? Ha conducido a Alemania a un precipicio, y ahora prefiere no dejarse ver?” En cuanto a Alemania, el devoto comunista afirmaba que ya “no existe; tan solo es una gavilla colosal de malhechores” (citado por Antony Beevor, La caída). No todos estaban de acuerdo con él en Moscú, pero los alemanes temían una venganza terrible e incluso suponían que los hombres teutones serían llevados a una ignominiosa esclavitud.

El suicidio de Hitler

El 22 de abril, por primera vez Hitler reconoció ante sus cercanos que la guerra estaba perdida. Ante eso había dos caminos: el que quisiera podía marcharse; en cuanto a él, se quedaría en Berlín hasta el final. Luego tuvo una conversación con Goebbels, quien lo acompañaría hasta el último día y también compartiría su última determinación: el suicidio.

En el búnker se vivía una situación ambigua y contradictoria, llena de momentos sombríos y de otros en que se desataban verdaderas fiestas donde abundaba el alcohol y la promiscuidad. “Ya no disimulábamos el miedo… Cada uno se planteaba la cuestión de su propia muerte y la abordaba en todos los detalles. Se había convertido en el principal tema de conversación”, recuerda Bernd Freytag von Loringhoven, en su En el búnker con Hitler (Barcelona, Crítica, 2007).

En el plano militar, durante marzo y abril Hitler intentó en algunos momentos iniciar repliegues o ataques relámpagos, crear escenarios militares alternativos, apelar a la valentía o lealtad de sus hombres. La mayoría de las veces, como se aprecia en la película “La caída” –con la magistral actuación de Bruno Ganz– las ideas, reclamos y propuestas militares de Hitler estaban absolutamente fuera de la realidad y respondían simplemente a reacciones tardías y sin posibilidades reales de éxito.

En cuanto a la decisión del suicidio, el propio Hitler había decidido ese camino, como lo explicó en su Testamento Político: “Quiero compartir mi destino con los otros millones de hombres que han decidido hacer lo mismo. Tampoco quiero caer en manos de un enemigo, que querrá presentar un nuevo espectáculo organizado por los judíos, para el regocijo de las masas histéricas”. Para entonces, él ya conocía sobre el trágico fin de Benito Mussolini, quien había sido asesinado, luego su cuerpo y el de su mujer Claretta Petacci fueron puestos cabeza abajo, para finalmente ser vejados con golpes y escupos por la furia popular. Por el contrario, Hitler no estaba dispuesto a caer en manos de los bolcheviques, para sufrir similares oprobios o para ser conducido al territorio soviético.

Con los soldados del Ejército Rojo muy cerca de las puertas de su guarida, el Führer convocó a su ayudante Otto Günsche, a quien instruyó sobre lo que debía hacer con su cadáver y el de Eva. Después comenzaron las despedidas: de Joseph Goebbels, Martin Bormann, los generales Hans Krebs y Wilhelm Burgdorf, además de las secretarias Traudl Junge y Gerda Christian. El 30 de abril, a las 15.15 horas aproximadamente, ingresaron el ayuda de cámara Heinz Linge, junto a Günsche, Goebbels, Bormann y Artur Axmann (director de las Juventudes Hitlerianas, quien recién había llegado). Todos ellos se encontraron con la imagen final del megalómano dictador y su mujer: “Hitler y Eva Braun estaban sentados juntos en el pequeño sofá de aquel estudio angosto y agobiante. Ella estaba desplomada a la izquierda de él. Su cuerpo despedía un olor intenso a almendras amargas, el olor característico del ácido prúsico. La cabeza de Hitler colgaba inerte. De un agujero de bala de la sien derecha goteaba sangre. A sus pies, estaba su pistola Walther de 7.65 mm” (Ian Kershaw, Hitler). Luego se despidieron con el último saludo nazi hacia quien había sido su líder durante doce años.

De inmediato, comenzaba la última parte, el encargo especial que había hecho Hitler. Los cuerpos de los dos suicidas fueron rociados con la gasolina que habían encargado el día anterior, y luego fueron encendidos hasta ser consumidos por las llamas. Con esto impedirían que las fuerzas soviéticas se encontraran con el cuerpo de Hitler o el de su mujer y pudieran encontrar formas de entretenerse con ellos después de la victoria. Cuando llegaron los soldados soviéticos, Hitler ya era parte de la historia.

Para mayor dramatismo, posteriormente se suicidaron Joseph y Magda Goebbels, pero antes cumplieron con una decisión terrible: dar muerte a sus seis hijos. Acompañarían al Führer en la hora de su muerte, convencidos de que no valía la pena vivir en la Alemania que sobrevendría después de la guerra y en un mundo sin nacionalsocialismo, al cual habían entregado sus últimos años de vida.

El antisemitismo: odiar hasta el último minuto

En 1922, cuando Hitler estaba lejos de ser una figura relevante, el futuro líder alemán fijó lo que sería su futura acción política: “Si alguna vez estoy realmente en el poder, la destrucción de los judíos será mi primer y más importante trabajo” (entrevista a Josef Hell, citada por John Toland).  Mi Lucha se constituyó en un libro mediante el cual intentó organizar sus ideas, transformarlas en una doctrina y darle capacidad de difusión hacia la sociedad: ciertamente consolidaba el odio racial hacia los judíos.

Ese antisemitismo inicial, confesado públicamente sin ninguna ambigüedad, formaba parte de un ambiente que excedía los límites del minúsculo grupo que había comenzado a formar el ex soldado de la Primera Guerra Mundial: el Partido Nacional Socialista Obrero Alemán. Con el paso de los años, esa fobia contra los judíos –que en el nazismo era parte de la doctrina y de la acción política– no hizo sino acrecentarse y fortalecerse hasta generar una verdadera convicción fanática e inalterable.

Cuando llegó al gobierno en 1933, comenzaron rápidamente las persecuciones, manifestadas a través de leyes discriminatorias, como las de Núremberg; la proscripción social de los judíos en muchos espacios públicos; mediante momentos de violencia desatada, como la Noche de los cristales rotos, y otras tantas muestras de crueldad contra un grupo de la población que para Hitler representaba todos los males. En enero de 1939, advirtiendo que podría comenzar pronto una guerra, el Führer se atrevió a amenazar con malévola transparencia: “Hoy quiero ser un profeta de nuevo: si la judería financiera internacional dentro y fuera de Europa consiguiera precipitar a las naciones una vez más a una guerra mundial, el resultado no será la bolchevización de la tierra y, por ende, la victoria de la judería, ¡sino la aniquilación de la raza judía en Europa!” (en Ian Kershaw, Hitler. Una biografía, Barcelona, Península, 2010). Finalmente, una vez iniciado el conflicto, se extendieron los campos de concentración y exterminio, para dar paso a la “solución final”, que definía la necesidad de exterminar a los judíos, como resumió uno de los jerarcas del mayor campo de exterminio: “Si no logramos destruir ahora las bases biológicas de la judería, serán los propios judíos quienes, después, aniquilarán al pueblo alemán” (Rudolf Höss, Yo, comandante de Auschhwitz Barcelona, Ediciones B, 2009).

Por eso, vale la pena volver sobre el pensamiento de Hitler en 1945, escrito un día antes su muerte. Para ello, su Testamento Político es una pieza notable en diferentes sentidos. Desde luego, en la interpretación de los acontecimientos. En segundo lugar, porque sigue dando indicaciones sobre lo que deberán hacer los jerarcas nazis una vez que él no estuviera, como si en realidad tuvieran algún poder real para seguir dirigiendo las cosas. Finalmente, por esa capacidad de mantener el odio racial hasta el último momento.

Cuando terminaba la Segunda Guerra Mundial para los alemanes, frente a la inminente derrota y con tiempo para pensar, Hitler reivindicó sus ideas de siempre, como lo expresó sin ambigüedades en la primera parte de su Testamento Político: “Los siglos pasarán, pero de las ruinas de nuestras ciudades y monumentos, resurgirá el odio contra aquellos finalmente responsables –a quienes todos debemos agradecer todo lo sucedido– el Judaísmo Internacional y sus secuaces”. En la segunda parte del documento, agregaba con decisión: “Por sobre todo, encargo a los líderes de la nación y a todos sus subordinados la observación escrupulosa de las leyes de la raza y la oposición inmisericorde a los envenenadores de los pueblos, el judaísmo internacional”.

Traudl Junge, secretaria a quien dictó el Testamento, señala haberse encontrado muy nerviosa en esa ocasión y declara –aunque parezca poco verosímil– que esperaba escuchar “una confesión, incluso una confesión de culpa, tal vez una justificación” (en Traudl Junge, Hasta el último momento, Barcelona, Península, 2003). Para Hitler, no había razones para volver atrás y menos para pedir disculpas a quienes él consideraba como los verdaderos culpables: los judíos. Moriría odiando, tal como había vivido.

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