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Publicado el 06 de octubre, 2018

Alejandro San Francisco: La matanza de Tlatelolco (México, 1968)

Profesor de la U. San Sebastián y UC. Director de Formación del Instituto Res Pública Alejandro San Francisco

México vivió uno de sus episodios más dramáticos el 2 de octubre de 1968, cuando protestas estudiantiles fueron reprimidas brutalmente. Fue un golpe a la legitimidad del gobierno del PRI y de la forma como se desarrolló la Revolución Mexicana, que había surgido con el siglo XX llena de expectativas de un futuro mejor.

Alejandro San Francisco Profesor de la U. San Sebastián y UC. Director de Formación del Instituto Res Pública
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1968 fue un año crucial en la segunda mitad del siglo XX, en Europa y Estados Unidos, en America Latina y al este de la Cortina de Hierro. Así lo ilustran la rebelión de Mayo en París, la Primavera de Praga y las protestas universitarias y por los derechos civiles en Estados Unidos. Diversos lugares del mundo parecían volcanes en erupción y había pronósticos contradictorios sobre el destino de los movimientos.

 

Sin embargo, en ocasiones los análisis mundiales olvidan la situación de México, que vivió uno de sus episodios más dramáticos el 2 de octubre de 1968, cuando las protestas estudiantiles fueron reprimidas brutalmente: el resultado fueron más de 300 muertos. Es lo que México, el mundo de la cultura y algunos intelectuales y medios de prensa han querido recordar en estos tiempos, al cumplirse medio siglo de los luctuosos acontecimientos.

 

1968 fue un año ideal para que irrumpiera un movimiento social contra el sistema.

 

¿Qué ocurría en ese país latinoamericano y qué llevó a la masacre? Las protestas, y los tanques amenazadores de la represión, permitieron a los mexicanos ser “realmente contemporáneos de todos los hombres”, como señaló Octavio Paz en una carta de agosto de 1968 (reproducida en la excelente edición de Letras Libres 238, octubre de 2018). En la misma agregaba que se vivía “la quiebra universal de todas las ideologías y sistemas”. La Revolución Mexicana había nacido con ímpetu transformador y deseos de construir una nueva sociedad, pero en la década de 1960 vivía una situación ambigua y poco épica. Por una parte, no tenía la radicalidad de la Revolución Cubana, triunfadora en 1959 y que todavía albergaba la ilusión de repetir la victoria en algún otro país del continente. Por otra parte, era un sistema no democrático, de partido único, el famoso Partido Revolucionario Institucional (PRI), en el que irónicamente se advertía muy claramente su perfil institucional y poco su carácter revolucionario.

 

En ese contexto, 1968 fue un año ideal para que irrumpiera un movimiento social contra el sistema, considerando dos elementos que ha destacado el propio Paz: existía “una nueva manifestación de la crisis general del sistema mexicano” y además “la rebelión universitaria mexicana es una expresión más de la rebelión juvenil mundial”. El régimen del PRI apareció de pronto como corrupto y anquilosado, autoritario y represivo, injusto socialmente e inaceptable políticamente, aunque la oposición y las protestas no tuvieran un proyecto alternativo tan coherente o un partido que coordinara la resistencia. De esta manera comenzaron en julio de 1968 las manifestaciones estudiantiles de jóvenes de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), el Colegio de México, la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo y otros más, a los que se sumaron campesinos, obreros, dueñas de casa y una población que manifestó crecientemente su disgusto. 

 

El Comité Nacional de Huelga -que coordinaba a los manifestantes- sintetizó el problema y sus peticiones en septiembre: “En México se ha totalizado a tal extremo el sistema de opresión política y de centralismo en el ejercicio del poder, desde el nivel gendarme hasta el presidente, que una simple lucha por el mínimo de libertades democráticas (como la manifestación en las calles y para que sean liberados los presos políticos) confronta al más común de los ciudadanos con el aplastante aparato del Estado y su naturaleza de dominio despótico, inexorable y sin apelación posible”.

 

El 2 de octubre hubo una manifestación en la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco. Ahí el batallón Olimpia del Ejército abrió fuego, desatando la masacre.

 

Como suele ocurrir, el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz calificó al movimiento de sedicioso y de querer destruir el orden institucional: entre agosto y septiembre siguieron tanto las protestas y marchas como la represión y los tanques en las calles. Así llegó la fatídica jornada. El 2 de octubre hubo una manifestación en la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco. Ahí el batallón Olimpia del Ejército abrió fuego, desatando la masacre. No hay claridad sobre la cifra de muertos, que van desde las decenas a los cientos de asesinados. Así se repiten los jóvenes muertos -a la vez similares y diversos-, en la narración “Tlatelolco: 1968”, de Carlos Fuentes, que aparece en su Los 68. París, Prada, México (Barcelona, Debate, 2005).

 

En una conferencia de 1999, el propio Fuentes reflexionaba sobre los sucesos: “Pero en 1968, la imaginación del poder había cedido a la complacencia del poder, el respeto de las formas a su abuso, y la vigilancia crítica, moduladora, política, de los primeros regímenes posrevolucionarios, a un autoengaño adormecido que creía en sus propias ilusiones y que, al despertar, rugió como una bestia ciega. Si vivíamos en el Milagro Mexicano, consagrado, además, por la gloria olímpica, qué querían estos jóvenes alborotadores, lectores de los filósofos-extranjeros, es decir, exóticos, es decir, antimexicanos-, los filósofos de la destrucción? Carente de ideas para la vida, el gobierno respondió con argumentos para la muerte” (reproducido en Conferencias políticas, México, Fondo de Cultura Económica, 2018).

 

Por todo esto, se podría decir que 1968 fue un golpe a la legitimidad del gobierno del PRI y de la forma como se desarrolló la Revolución Mexicana, que había surgido con el siglo XX llena de expectativas de un futuro mejor. Las décadas posteriores a los sucesos de Tlatelolco fueron la muerte lenta del partido único y de la dictadura perfecta, por lo cual -a la larga- se impondría la lógica de la democratización que caracterizó al mundo en las décadas de 1980 y 1990.

 

Han pasado 50 años y, como en muchas ocasiones en la historia, nos encontramos frente a una masacre que dejó muertos para ser recordados, pero con un sentimiento muy vivo de insensatez, de que no debiera haber sucedido y que el camino hacia la libertad, una vez más, no debería haber pagado un precio tan elevado. Después de todo, entre los movimientos estudiantiles del mundo en 1968, el de México tiene el triste récord de ser el único que terminó en masacre.

 

 

Alejandro San Francisco, historiador, académico de la Pontificia Universidad Católica de Chile y la Universidad San Sebastián, director de Formación del Instituto Res Publica. Esta columna fue publicada en El Imparcial de España.

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