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Publicado el 31 de mayo, 2020

Alejandro San Francisco: La libertad del futuro

Profesor de la U. San Sebastián y la UC. Director de Formación del Instituto Res Publica. Director general de "Historia de Chile 1960-2010" (USS). Alejandro San Francisco

Si hemos renunciado parcialmente a nuestra libertad ambulatoria y al derecho de reunión, a la ocupación del tiempo libre y a la práctica deportiva, si la enseñanza ha debido cambiar sus condiciones de ejercicio, si la empresa no ha podido funcionar ni las personas trabajar normalmente, si las restricciones operan cotidianamente bajo amenaza de multas o detenciones, es evidente que se requiere pensar las consecuencias del problema y el futuro de la libertad en las sociedades democráticas.

Alejandro San Francisco Profesor de la U. San Sebastián y la UC. Director de Formación del Instituto Res Publica. Director general de "Historia de Chile 1960-2010" (USS).

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Que la pandemia del coronavirus ha cambiado nuestro modo de vida y la organización de los estados es, a esta altura, un axioma. Muchos dicen que la sociedad no volverá a ser la misma, si bien pocos se atreven a vaticinar cómo emergerá el mundo después de esta revolución provocada por una enfermedad, contra la cual han reaccionado los distintos países, gobiernos y sociedades. Sin embargo, las experiencias históricas son complejas en este sentido, por cuanto el mundo no cambió demasiado después de la gripe española o de otras crisis sanitarias, y debemos estar abiertos a distintas alternativas hacia el futuro.

Hay un aspecto del cambio radical –que lo hemos vivido con menos violencia y dramatismo que el esperable– y es la pérdida de libertades que han sufrido las personas y sociedades en esta primera mitad del 2020. En buena medida, como ha quedado reflejado en Chile, una gran mayoría hemos estado dispuestos a tolerar las restricciones, avalando las decisiones de las autoridades políticas y colaborando para limitar consecuencias más graves que podrían producirse, como son la expansión de los contagios, las enfermedades y las muertes, el colapso de los sistemas de salud y otros tantos problemas que han sufrido diversos países del mundo.

A pesar de todo esto, no es bueno olvidar el tema de fondo, ni tampoco asumir sin discutir el sentido de las medidas. Por el contrario, debemos observar las corrientes subterráneas que eventualmente puedan estar fomentando un mayor control social per se, con independencia de las condiciones específicas que viva la sociedad en un momento dado. En otras palabras, si hemos renunciado parcialmente a nuestra libertad ambulatoria y al derecho de reunión, a la ocupación del tiempo libre y a la práctica deportiva, si la enseñanza ha debido cambiar sus condiciones de ejercicio, si la empresa no ha podido funcionar ni las personas trabajar normalmente, si las restricciones operan cotidianamente bajo amenaza de multas o detenciones, es evidente que se requiere pensar las consecuencias del problema y el futuro de la libertad en las sociedades democráticas.

La primera reflexión es esperanzadora: estamos viviendo una situación excepcional y eso ha llevado a tomar medidas también excepcionales –aunque previstas dentro de la institucionalidad de la democracia–, que implican restricciones a la libertad y condiciones en principio indeseables de vida social, pero que pasarán en tanto vaya quedando atrás la amenaza de la pandemia. Así ha comenzado a verse parcialmente en algunos países de Europa, aunque de manera bastante restringida todavía: han aparecido los paseos a las plazas, los partidos de fútbol en algunas ligas y el regreso al trabajo, si bien todo ello en condiciones propias de haber vivido un momento de grave crisis social.

La segunda reflexión es necesariamente menos alentadora. La crisis ha servido para que el Estado experimente un resignificación importante, acompañado del crecimiento de sus funciones habituales, mayor capacidad de coacción y una potencial expansión futura. Así, se ha visto a los gobiernos controlar el sistema de salud estatal y también el privado, dictar normas impensables en otras circunstancias, producir la quiebra de empresas y la cesantía de millones de personas por la prohibición del funcionamiento normal de la economía, para luego aparecer cumpliendo deberes de respaldo a los grupos más vulnerables, a través de leyes, subsidios y otras formas de apoyo. En algunos países el Estado incluso está asumiendo parte de la propiedad de empresas consideradas estratégicas, para evitar su colapso, lo que es bien visto considerando su valor histórico y que la caída está asociada a la circunstancia excepcional que vive el mundo. En Chile han surgido propuestas específicas en la misma dirección, dejando abiertas estatizaciones sin indemnización y otras transformaciones que aprovechan la circunstancia actual. Sin embargo es relevante saber qué ocurrirá en el futuro: ¿estará el Estado dispuesto a deshacerse de esas propiedades a través de procesos de privatización? ¿O la tendencia será más bien la inversa, destinada a controlar la totalidad de las empresas “estratégicas”, como se las llama interesadamente, abriendo paso a un estatismo creciente?

El tema de fondo es que al prohibirse el funcionamiento de la vida normal, por razones atendibles, cambió el escenario económico, político y social. Por lo mismo, el regreso a la normalidad debería significar también un retorno de la libertad y no una consolidación del control estatal. No se trata, como sería absurdo plantear, en volver a las luchas de la sociedad contra el Estado, sino en generar una genuina colaboración. Para ello es necesario tener una sociedad civil fuerte, contar con muchos emprendedores que pongan en marcha la economía, abrir espacios para el desarrollo de la creatividad y el progreso, en definitiva, no tenerle miedo a la libertad. Pero también se necesita un Estado fuerte –activo, sin grasa, confiable–, que de inmediato reconozca esa realidad y que, por otra parte, se comprometa a no dejar a nadie fuera del círculo virtuoso del progreso, ayudando a quienes han caído en la pobreza, utilizando los recursos de manera focalizada y seria, sin dilapidarlos y con la responsabilidad que a veces escasea en los gobiernos. Esto es fundamental, porque las personas más pobres, quienes se quedan sin trabajo o reciben subsidios ocasionales de parte del Estado, deben recuperar y acrecentar sus espacios de libertad, poder optar a trabajos dignos y bien remunerados, y no depender de los subsidios estatales en forma permanente; en definitiva, contribuir a que todos gocen de la libertad y no sea un bien del que pueden disfrutar unos pocos o muchos dentro de la sociedad, sino efectivamente todos. Para generar estas condiciones se requieren acuerdos políticos amplios, generosidad y sobre todo comprensión del momento histórico que vivimos y de lo que se juegan las sociedades para las próximas décadas: los errores que se cometan en los próximos meses se pagarán caro por mucho tiempo.

Se puede utilizar aquí, aunque sea a modo de analogía, la reflexión de Hannah Arendt, quien señalaba que “las revoluciones plantean la cuestión de la libertad política en su forma más auténtica y radical” (en La libertad de ser libres, Barcelona, Taurus, 2018). Esta impensada revolución del coronavirus, que cambió radicalmente nuestro modo de vivir, podría consolidar tendencias que pongan en peligro las demás libertades políticas y civiles –mencionadas por la pensadora– en el mediano y largo plazo, o bien podrían llevar a repensar el problema de fondo que enfrentan las sociedades, provocando un resurgimiento de ciertos principios y valores que son constitutivos de una sociedad más justa.

Chile, América Latina y el mundo vivirán horas cruciales en los próximos meses, momentos de tensión en que las fuerzas organizada o intuitivamente procurarán una mayor intervención estatal y una disminución de las libertades personales, o bien intentarán avanzar hacia mayores espacios de libertad con la colaboración del Estado y una legislación armónica en esa dirección. La lucha contra la pandemia debe enfrentarse con decisión y obtener un triunfo que beneficie a la vida y la salud, con la ciencia y los sacrificios de todos. El futuro de la libertad es una tarea que ya ha comenzado a plantearse y solo puede coronarse adecuadamente al servicio de la persona y del mayor bien social.

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