El 11 de marzo de 2022 culmina el gobierno de Sebastián Piñera y de Chile Vamos. El proyecto nació con la ilusión de “tiempos mejores” y como una alternativa a la continuidad de la Nueva Mayoría, que encabezó Michelle Bachelet en su segunda administración. A pocos días de terminar la tarea, los resultados tienen un sabor más amargo que dulce, las expectativas generadas se vieron reflejadas en la realidad y el gobierno marchó por un camino muy diverso a lo presupuestado. 

En términos históricos, hay dos factores que marcarán el término de la administración Piñera: entregarle el mando a Gabriel Boric, líder de una coalición del Frente Amplio con el Partido Comunista, y la instalación del proceso constituyente, cuyo sello es muy distinto a las ideas matrices que definen el pensamiento político e institucional de la centroderecha. Todo esto ha llevado a una notoria desafección hacia el gobierno, que en la práctica ha perdido conducción y ha estirado el tiempo del “pato cojo”. Felizmente para el país, el Ejecutivo ha liderado un exitoso proceso de vacunación y ha enfrentado la pandemia del coronavirus de una forma que ha sido reconocida internacionalmente. Ya habrá tiempo para hacer un balance más amplio del periodo de Chile Vamos, así como del “legado” de Piñera, de la revolución de octubre y la nueva constitución, así como de otros tantos temas de interés. Uno de ellos es la situación del sector político que representa y que apoyó al gobierno de Sebastián Piñera.

Sin perjuicio de los resultados del gobierno, en términos electorales, la derecha y la centroderecha siguen siendo fuertes y cuentan con un importante respaldo popular que –en términos generales– ha mantenido un apoyo constante en los treinta años de la democracia chilena post Pinochet, y que es el doble del que tenía antes del 11 de septiembre de 1973. En la elección de noviembre de 2021 se produjo un resultado notable a nivel parlamentario, que significó obtener más del 40% de la Cámara de Diputados y la mitad del Senado; por otra parte, los tres partidos mayoritarios de Chile son Renovación Nacional, la UDI y el Republicano; finalmente, el candidato José Antonio Kast obtuvo un no despreciable 44% en la segunda vuelta contra Gabriel Boric. Con todo, los números no bastan y, por cierto, no pueden borrar la sensación de derrota histórica que vive en este momento la derecha y la centroderecha, por múltiples razones.

Un problema crucial, sin duda, es la pérdida de hegemonía de sus ideas, proceso en marcha desde hace un par de décadas, pero que ha cobrado mayor relevancia política en el último tiempo. Ha contribuido a visibilizar el cambio la consolidación del Frente Amplio como encarnación del proyecto transformador y el proceso constituyente en desarrollo, que está procurando instalar nuevos conceptos e instituciones en la carta fundamental que será sometida a plebiscito. En el proceso se ve no solo una incomodidad evidente en los partidos y figuras de la derecha y centroderecha, sino que se advierte la irrelevancia práctica de su trabajo –sea por el sectarismo de algunos convencionales o por su propia incapacidad de situarse en el nuevo escenario–, cuestión que comenzará a agravarse a partir del 11 de marzo.

Por lo mismo, los desafíos de la derecha y la centroderecha para esta nueva etapa son múltiples, en parte porque sus problemas son diversos y porque han existido debilidades en aspectos diferentes. Se pueden y deben jerarquizar, sin duda, pero deben trabajarse en forma simultánea y desde ya, si espera ser un factor relevante en la política del futuro de Chile.

Una primera tarea se refiere a la necesaria renovación generacional en los liderazgos, lo que ha realizado con particular éxito la izquierda, tanto el Frente Amplio como el Partido Comunista. Esto no significa jubilar a toda la generación anterior o a quienes han hecho importantes aportes en las últimas décadas en la oposición a los gobiernos de la Concertación o en la conquista de dos gobiernos en una década. Pero es necesario reconocer el cambio de ciclo y el remezón que significó el triunfo de Boric. De hecho, el Presidente electo ha conformado un gabinete con una inteligente combinación etaria, y lo mismo debería hacer la oposición, pero en el entendido que se requiere tener una coalición amplia y sólida que sea también joven y con proyección. El momento presente muestra claramente los errores de los gobiernos de la Concertación y de Chile Vamos, así como de sus partidos, por haber postergado a una generación (que tampoco tuvo mayor ambición y determinación para definir el futuro de Chile). Esto requerirá personas de distintos partidos e independientes que asuman el proyecto político como desafío generacional. A ello se suma la necesaria diversidad profesional, social y regional de los nuevos liderazgos, que permita a las derechas del futuro superar el lamentable desperdicio de talentos que significa mirar siempre a las mismas carreras, grupos sociales y ambientes políticos.

Esto último lleva a un segundo gran desafío: la penetración territorial. Esto implica una presencia más permanente y activa en los sectores populares, en las más diversas comunas, en las universidades y en cada región de Chile. Significa descubrir liderazgos nuevos en las comunidades, no permanecer confiados en los votos de ciertos reductos “duros” ni en votaciones históricas, no solo porque existe gran volatilidad electoral sino porque es necesario recuperar votos perdidos y terrenos olvidados. La política práctica no es actividad de seguridades ni comodidades, y el cambio de época exige más trabajo y una presencia social permanente.

Finalmente, aunque el tema requiere mayor desarrollo, está el problema de las ideas. No se trata de cambiar aquellas que forman parte del corazón de un ideario político –con los matices y diferencias propias de los partidos y grupos que conforman las derechas– sino de comprenderlas histórica y políticamente en tiempo presente. Asimismo, es necesario precisar conceptos en ciertos temas, clarificar, debatir internamente, para enfrentar de manera más inteligente algunos debates donde muchas veces aparece como reaccionaria, desfasada u oportunista, en temas como las identidades, el feminismo, la familia e incluso la inmigración. Hay muchos problemas prácticos que tampoco tienen respuesta unívoca ni parecen contar con una base doctrinaria clara, como se vio con los retiros de fondos de pensiones y como se apreciará pronto con la reforma tributaria y otras definiciones. El concepto de democracia republicana también ha mostrado fisuras y contradicciones, como se pudo ver en las normas electorales para la Convención constituyente, que hoy muchos lamentan en las derechas.

En el proceso constituyente la actuación de las derechas han basculado entre la irrelevancia práctica y lo errático en el origen de la iniciativa. No se puede interpretar de otra manera la decisión de comprometerse en la redacción de una nueva constitución cuyo objetivo era terminar con las instituciones que habían dado estabilidad y progreso a Chile –que representaban muchas de las ideas de fondo de la centroderecha–, en medio de un proceso revolucionario de final incierto. Pero eso ya es pasado, aunque tendrá consecuencias importantes en el futuro y será parte de la discusión que deberá enfrentar la nueva derecha desde la oposición, en un camino cuesta arriba, pero que no es ni de lejos el momento más difícil de su historia.

¿Está preparada para esta nueva etapa que se inicia el 11 de marzo? En términos comparativos, peor que la izquierda gobernante y mejor que la Concertación que ya es pasado. Pero en la práctica no bastan ciertas ideas o acciones, sino que se necesitan objetivos prácticos, transformar el trabajo político en mayoría cultural. Se requiere coraje, intuición política y otras características que no se definen en la teoría sino que se ejercitan en la práctica y que, en buena medida, permiten orientar la historia en una u otra dirección.  

*Alejandro San Francisco es historiador.

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