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Publicado el 28 de junio, 2020

Alejandro San Francisco: La crisis y el liderazgo que se necesita 

Profesor de la U. San Sebastián y la UC. Director de Formación del Instituto Res Publica. Director general de "Historia de Chile 1960-2010" (USS). Alejandro San Francisco

En un momento en que las sociedades han visto paralizadas las inversiones y la máquina productiva, cuando millones de personas han perdido el trabajo en distintos lugares del mundo y otros tantos han caído en la pobreza, es necesario asumir la necesidad de compartir los sacrificios. Lo que podría parecer una declaración muy obvia no lo es tanto si vemos que en muchos países ello solo ha afectado a algunas áreas que están poniendo el hombro a la crisis, mientras no se tocan los altos sueldos en el Estado -ni tampoco se reduce su evidente excesivo tamaño- y otras situaciones de privilegio que cada país debe analizar.

Alejandro San Francisco Profesor de la U. San Sebastián y la UC. Director de Formación del Instituto Res Publica. Director general de "Historia de Chile 1960-2010" (USS).

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Se suele decir que las grandes crisis son también grandes oportunidades, y ciertamente este 2020 estamos viviendo ambas cosas. Por una parte, tenemos una de las crisis más relevantes del último siglo, equivalente –con todas sus similitudes y diferencias– a lo que fue la crisis económica de 1929, la Segunda Guerra Mundial o la Guerra Fría. Todos esos fenómenos fueron destructivos, significaron muerte, pobreza, pérdida de empleos, falta de libertades y de oportunidades y muchas otras cosas más que hicieron que la vida de las personas fuera más dura y cuesta arriba. Sin embargo, observado desde hoy, con perspectiva histórica, vemos que esos desafíos fueron superados, las sociedades lograron vencer a su ocasional adversario, aunque fuera con dolor y sufrimiento. ¿Cómo lo hicieron? ¿Qué les permitió pasar del momento de gran oscuridad a ver de nuevo la luz?

Las explicaciones son múltiples y largas y ciertamente incluyen decisiones políticas y económicas, las armas en las guerras, un conjunto de ideas que permitió dar alternativas y ciertas estructuras que facilitaban la victoria. Sin embargo, un elemento que siempre confluye, y que en ocasiones se deja de lado en los análisis, es el liderazgo: es decir, la presencia de determinadas personas que fueron capaces de dar vuelta el partido cuando la derrota parecía cercana, conduciendo a sus pueblos a una victoria insospechada. Los líderes políticos, los dirigentes, primeros ministros, presidentes, deben conducir a que sus pueblos vivan mejor y que las condiciones de existencia (no solo materiales) también mejoren. Es interesante el crítico artículo de Peggy Noonan en The Wall Street Journal, donde señala en relación al gobernante norteamericano que, haya noticias buenas o malas, “él raramente hace que la situación sea mejor” (“The week it went south for Trump”, 25 de junio de 2020). Exactamente lo contrario a lo que debería ocurrir, doblemente complejo en un año electoral en la gran potencia.

Analizar ese proceso es un buen comienzo para pensar en los liderazgos que se requieren el mundo de hoy. No se trata de copiar éxitos lejanos o analizar circunstancias diferentes entre los países, pero sí conviene considerar las experiencias históricas y otras experiencias actuales –ciertamente también en otras áreas– que permitan enfrentar la crisis que vivimos este 2020. Esto puede implicar resultados diversos según las sociedades: en un país será una mujer, en otro corresponderá a un hombre; en algún lugar será alguien con experiencia, en otro quizá un joven emergente; por allá aparecerá alguien con sólidos estudios en el extranjero, en otra parte será alguien cuyos mayores conocimientos han surgido en las experiencias de la vida misma; habrá figuras que provienen del mundo político y otros entrarán a él forzados por las circunstancias que vivimos. En fin, los liderazgos serán distintos, pero hay ciertos criterios comunes que vale la pena tener en cuenta a la hora de saber a quiénes les irá mejor y a quiénes peor.

La primera clave de un liderazgo que permita enfrentar y superar las crisis actuales, partiendo por la sanitaria, pero luego la económica y la social (y eventualmente la política), es tener objetivos claros. No basta con asumir ciertos problemas puntuales y tomar medidas más o menos inteligentes si, paralelamente, no hay una misión que cumplir: la “victoria”, la “reconstrucción”, la “recuperación económica”, la “justicia social”, la “libertad”. No es lo mismo trabajar por un ideal noble que por una medida cualquiera, por buena que esta sea. En esto la historia da muchos ejemplos, y la política también, aunque no siempre se escuchen sus mensajes. Por lo mismo, es necesario que cada sociedad asuma como desafío central derrotar el coronavirus, por una parte, e iniciar un proceso de reconstrucción económica y promoción social, por otra. Cada decisión se debe situar dentro de esos objetivos mayores, con información clara y voluntad decidida.

En otras palabras, un liderazgo social en estos tiempos debe aspirar a que la gente viva mejor y debe convencer a la ciudadanía sobre esa meta de la política y de las decisiones económicas. Hacia allá deben dirigirse las decisiones. Por lo mismo, en un momento en que las sociedades han visto paralizadas las inversiones y la máquina productiva, cuando millones de personas han perdido el trabajo en distintos lugares del mundo y otros tantos han caído en la pobreza, es necesario asumir la necesidad de compartir los sacrificios. Lo que podría parecer una declaración muy obvia no lo es tanto si vemos que en muchos países la pérdida de trabajo o reducción de salarios solo ha afectado a algunas áreas que están poniendo el hombro a la crisis, mientras no se tocan los altos sueldos en el Estado -ni tampoco se reduce su evidente excesivo tamaño- y otras situaciones de privilegio que cada país debe analizar.

Decidir siempre tiene complejidades que es necesario resolver y un liderazgo adecuado requiere considerar esas múltiples dificultades para tomar las decisiones adecuadas en el momento preciso. Las decisiones siempre tienen costos, nunca resultan gratis para quien las toma, hay aplausos y críticas, y la repartición de ambos no siempre es positiva. Por lo mismo, se necesita carácter y determinación, así como una capacidad de comunicar con claridad las decisiones tomadas y por qué ha optado por esa alternativa y no por otra.

Cuando un gobernante toma un camino, es evidente que recopila información, pondera alternativas y recoge opiniones. Sin embargo, siempre hay una cosa clara: que nunca se dispone de toda la información, siempre hay algo que se queda fuera de la decisión, hay datos que se niegan a aparecer, y no es posible prever los cambios circunstanciales ni tampoco el uso que darán las personas a su libertad, cómo ponderarán las distintas alternativas y qué márgenes reales disponen para decidir de una manera u otra.

El liderazgo tiene dos extremos perniciosos que impiden un buen trabajo. El primero es la soledad del poder: cuando el líder tiene la convicción de que siempre tiene la razón, sabe mientras los demás ignoran, confía en su capacidad, talento e historia. El segundo es la obediencia pasiva y torpe a lo que dicen las encuestas o las mayorías en un momento determinado, lo que hace decidir sin responder a reales convicciones. Un dirigente cabal se rodea de personas adecuadas, que son capaces de seguir lineamientos, pero que también saben decir que no, dan argumentos para reorientar el curso de acción, y contribuyen –ojalá con formaciones e historias complementarias– a ver la globalidad de los problemas y a responder de manera más integral. Está atento a la opinión pública y le interesa la voz de la gente, pero sabe que hay ocasiones en que es necesario nadar contra corriente.

El líder recibe fuego amigo y agresiones de los adversarios, y ocurre la irónica paradoja de que generalmente las cosas las harían “mejor” quienes están en la oposición, lo que es una terrible mala suerte. Tan mala que, cuando llega al gobierno, pierde esa capacidad, que es asumida por la nueva oposición. Paradojas de la política. Pese a ello, siempre hay que escuchar a los que piensan distinto, pues ellos permiten ver la mitad que no ven los gobernantes, ponderar elementos que se ocultan al pensamiento de quienes deciden, por limitaciones de formación, de convicciones personales o de grupos de trabajo. Hay que leer a columnistas que piensan distinto, escuchar a políticos que critican y a otras personas que ven las cosas de manera diferente: ahí siempre hay algo que se puede rescatar y que no atente contra las ideas de fondo o el programa que ha elegido el pueblo.

El liderazgo político debe poseer ideas sin verse sumido en las dudas del intelectual; pero tampoco le corresponde andar por la vida con una pobreza cultural que termine por convertir a quien dirige una nación en un mero contestador de consignas, a un irreflexivo líder a quien el gobierno le queda grande desde el primer minuto. Por lo mismo, hay que prepararse para gobernar, no hay que improvisar, en todos los niveles de la administración. Los tiempos que vienen serán muy difíciles y los países necesitarán dirigentes y partidos preparados para asumir tareas que requieren talento , formación y virtudes.

Vivimos tiempos apasionantes, que ciertamente necesitarán liderazgos potentes. Esto no significa que sean autoritarios, sino que tengan objetivos claros, una misión que cumplir y ciertos criterios de acción que los lleven al camino del bienestar del pueblo y de la recuperación frente a las crisis que han azotado a la humanidad.

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