Ensayos asuntos públicos es presentado por:
Publicado el 05 de agosto, 2020

Alejandro San Francisco: La bomba atómica sobre Hiroshima y Nagasaki (6 y 9 de agosto de 1945)

Profesor de la U. San Sebastián y la UC. Director de Formación del Instituto Res Publica. Director general de "Historia de Chile 1960-2010" (USS). Alejandro San Francisco

“Hiroshima ha estremecido a todo el mundo. Ha acabado con el equilibrio”, habría dicho Stalin con preocupación. En realidad, la Segunda Guerra Mundial había significado un cambio muy profundo en la concepción de la política y de la guerra, así como también en las posibilidades de multiplicar la muerte y la destrucción.

Alejandro San Francisco Profesor de la U. San Sebastián y la UC. Director de Formación del Instituto Res Publica. Director general de "Historia de Chile 1960-2010" (USS).

¿YA RECIBES EL PODCAST “DETRÁS DE LA NOTICIA”?

Cada noche el director de El Líbero, Eduardo Sepúlveda, cierra la jornada con un comentario en formato de audio enviado por WhatsApp, donde en pocos minutos analiza los hechos que marcaron el día y proyecta escenarios para el futuro próximo.

Sí ya eres parte de la Red Líbero, solicita el podcast escribiendo a red@ellibero.cl

Sí aún no eres parte de la Red Líbero, suscríbete y ayúdanos a seguir creciendo.

SUSCRÍBETE AHORA
Recibe en tu correo Lo mejor de la prensa
Suscribirse

El camino científico hacia la bomba atómica

En un comienzo, la Segunda Guerra Mundial fue un conflicto casi exclusivamente europeo que había surgido por el pacto entre la Alemania nazi y la Unión Soviética comunista, entre Hitler y Stalin, y significó el ataque a Polonia el 1 de septiembre de 1939. Esto determinó la intervención de Inglaterra y Francia para luchar contra Alemania, en un proceso que escaló y que en pocos meses había involucrado a gran parte del Viejo Continente.

Aunque Winston Churchill estimaba una prioridad que Estados Unidos se involucrara en la guerra, Roosevelt no estaba tan convencido y se mantenía en una posición más bien expectante, aunque en permanente contacto con Inglaterra. Sin embargo, hubo un acontecimiento que precedió incluso al estallido del conflicto, que vale la pena tener en cuenta, porque estuvo presente anticipando uno de los momentos más estremecedores del conflicto, como fueron las bombas atómicas que se lanzaron contra Hiroshima y Nagasaki, el 6 y 9 de agosto de 1945.

El 2 de agosto de 1939 el físico Albert Einstein había escrito una carta decisiva al presidente Franklin D. Roosevelt, manifestándole algunos aspectos propios de la ciencia que podrían tener repercusión en un conflicto bélico, específicamente por “la posibilidad de que se desate una reacción en cadena nuclear en una gran masa de uranio”, lo que generaría enormes masas de energía: “este nuevo fenómeno también podría conducir a la construcción de bombas”, que el científico anticipaba como “extremadamente potente”. Por lo mismo, recomendó al Presidente norteamericano mantener contacto con un grupo de físicos, pasar a la acción y acelerar el trabajo experimental, lo que se volvía especialmente necesario porque Alemania contaba con minas de uranio en Checoslovaquia y podría estar iniciando el mismo trabajo científico, destinado a elaborar su propia bomba atómica. El peligro nazi hacía urgente iniciar los estudios y asumir el desafío de tener la bomba en el espacio de tiempo que duraba una guerra, unos cuatro o cinco años.

Aunque la tarea parecía imposible, por su envergadura, recursos humanos y económicos involucrados y el corto tiempo disponible, Roosevelt se puso manos a la obra, dando inicio al proyecto Manhattan. Se trataba de una iniciativa que representaba un enorme esfuerzo colectivo, que significó una inversión de 2 mil millones de dólares de la época, con la participación de científicos como Enrico Fermi –nombrado por Einstein en su carta–, Richard Feyman, Robert Oppenheimer, Víctor Weisskopt y Hans Bethe, y donde trabajaron más de 125 mil personas. Los resultados fueron exitosos, aunque tuvieron una trágica demostración en agosto de 1945 en Japón. Como ha resumido Diana Preston en una excelente investigación, “el resplandor destructivo que llevó a Hiroshima a ocupar un lugar en la historia fue la culminación de cincuenta años de creatividad científica y de más de cincuenta años de agitación política” (en Antes de Hiroshima. De Marie Curie a la bomba atómica, Barcelona, Tusquets Editores, 2008).

Han pasado 75 años desde ese dramático acontecimiento, sin duda uno de los más violentos e impresionantes de todo el siglo XX, centuria que tuvo otras expresiones de odio y destrucción: vio el gulag comunista y los campos de exterminio nazi, contempló la irrupción de los totalitarismos y el desarrollo de dos guerras mundiales. Muchas vidas fueron segadas en las trincheras, en Auschwitz y bajo el peso hasta entonces desconocido de las bombas atómicas.

Japón contra Estados Unidos

Cuando se produjo la derrota y el suicidio de Hitler, y luego la rendición de Alemania, Japón decidió seguir combatiendo. La situación era de una enorme complejidad, como evaluaron las autoridades norteamericanas, que estimaban que la invasión y conquista de la isla significaría la muerte de decenas de miles de norteamericanos. Esto llevó a considerar que la bomba atómica debía ser utilizada, para provocar la rendición definitiva del emperador Hirohito.

El conflicto había comenzado unos años antes, específicamente el 7 de diciembre de 1941, cuando la Armada Imperial Japonesa tomó la decisión de atacar Pearl Harbor (Hawái), donde se encontraba la base naval de Estados Unidos, en una incursión relámpago, que tuvo un resultado destructor inmenso, causando la muerte de casi 2.500 estadounidenses, además de una importante pérdida de acorazados y aviones. Sin embargo, el acontecimiento tuvo dos efectos adicionales que serían decisivos en la Segunda Guerra Mundial: despertaron la indignación del pueblo norteamericano y provocaron el ingreso de Estados Unidos a la lucha, de la cual se había mantenido al margen, a pesar de los continuos requerimientos hechos por Winston Churchill. El Primer Ministro británico estaba convencido que la unión de los pueblos de habla inglesa, de las democracias anglosajonas, era un factor decisivo para derrotar a la tiranía de Hitler, y Pearl Harbor había logrado despertar al gigante de América del Norte. Si bien faltaba mucho para decidir el desenlace del conflicto, 1941 se transformó en un año crucial, como ha mostrado Ian Kershaw en su excelente libro Decisiones trascendentales. De Dunquerque a Pearl Harbour (1940-1941). El año que cambió la guerra (Barcelona, Península, 2008). La incursión japonesa no fue simplemente un ataque a Estados Unidos, sino que cuatro días después Hitler le declaró la guerra a Roosevelt, de acuerdo al Pacto Tripartito de Alemania, Italia y Japón de septiembre de 1940, en lo que algunos describen como una de las “más desconcertantes” decisiones de Hitler, aunque el Führer había tenido y tendría otras tantas durante el conflicto. La correlación de fuerzas comenzaba a cambiar, más todavía cuando en junio de ese mismo año Hitler había decidido atacar a la Unión Soviética, su original aliado en 1939.

Para abril de 1945, Alemania estaba derrotada, Mussolini había sido asesinado y Hitler se había suicidado. En la Conferencia de Potsdam –desde el 17 de julio al 2 de agosto de ese mismo año– se reunieron los tres grandes, Estados Unidos, la Unión Soviética e Inglaterra, en un momento en que solo quedaba Japón como gran adversario. Harry Truman había conocido sobre la existencia de la bomba atómica apenas tres meses antes, tras la muerte del presidente Roosevelt, y rápidamente comprendió la significación y letalidad del arma que tenía en sus manos, cuya primera prueba exitosa se había hecho en Alamogordo, en el desierto de Nuevo México el 16 de julio, apenas un día antes del comienzo de la reunión. Esa podía ser el arma que clausurara la Segunda Guerra Mundial.

El 24 de julio, Truman le expresó al jerarca soviético que Estados Unidos acababa de probar “una nueva arma dotada de una fuerza destructiva fuera de lo común”. El dictador no pareció sorprendido –después de todo conocía del proyecto gracias a sus espías– ni hizo mayores preguntas, sino que respondió que esperaba que los norteamericanos hicieran “buen uso de ella contra los japoneses” (en Laurence Rees, A puerta cerrada. Historia oculta de la Segunda Guerra Mundial, Barcelona, Crítica, 2009).

En Potsdam, adicionalmente, los tres grandes emitieron un ultimátum a Japón, advirtiendo que en caso de no haber una inmediata rendición el país sería atacado, con el resultado inevitable de la completa destrucción de sus fuerzas armadas y del suelo del país. Las autoridades asiáticas desatendieron la amenaza y la guerra continuó. De hecho, a fines de julio un submarino japonés hundió el crucero Indianapolis, que tenía una tripulación de 1169 personas, de los cuales solo 318 fueron rescatados con vida. Entonces quedaban pocos días para el momento decisivo.

El momento atómico

El 4 de agosto se realizó la reunión informativa más importante de las tripulaciones de los aviones que llevarían a cabo la operación. En esa ocasión Deak Parsons –quien iría como armero mayor en el vuelo–, le señaló a sus compañeros: “La bomba que vais a lanzar es algo nuevo en la historia de los conflictos bélicos. Es el arma más destructiva que se haya inventado jamás… Pensamos que lo destruirá casi todo en una zona de cinco kilómetros, quizás algo más grande, quizás algo más pequeña”. Luego reveló que nadie sabía con exactitud los efectos que provocaría esta bomba (en Diana Preston, Antes de Hiroshima). Paul Tibbets, uno de los pilotos, aseguró que la bomba acortaría la guerra en seis meses, reafirmando con ello el argumento sostenido por los norteamericanos, en el sentido que contribuiría a ahorrar gran cantidad de vidas de sus connacionales.

Para entonces, las posibilidades de ataque recaían sobre Hiroshima, Kokura o Nagasaki. La mañana del 6 de agosto de 1945 un grupo de aviones norteamericanos sobrevoló el territorio de Hiroshima, para evaluar el lanzamiento de la nueva bomba. El piloto Claude Eatherly estaba al frente del avión de comando, el Straight Flush. Él debía elegir el blanco principal del bombardeo, analizar las condiciones meteorológicas, evaluar si existía resistencia de parte de las fuerzas enemigas y dar el vamos a la decisión, como recuerda el propio Eatherly: “Envié mi mensaje codificado al bombardero, mensaje que representaba el ‘Adelante’ definitivo, ordenándole así bombardear el objetivo principal” (en Günther Anders, El piloto de Hiroshima. Más allá de los límites de la conciencia, Madrid, Paidós, 2010). Ese “go ahead” fue el comienzo de la gran decisión, que significaba que el objetivo sería Hiroshima.

Por ello, el avión Enola Gay dejó caer a Little Boy, nombre que recibía la bomba atómica que provocó de inmediato un impacto gigantesco y un daño nunca visto. La bomba medía 3 metros de largo, 71 centímetros de diámetro y pesaba más de 4 toneladas. “Dios mío, ¿qué hemos hecho?”, exclamó el copiloto Lewis al observar el efecto devastador de la bomba, con la gigantesca nube de hongo que aparecía causando terror. Se calcula que al estallar “la bomba atómica alcanzó una temperatura en su centro de un millón de grados centígrados” (Diana Preston). Como consecuencia de ese ataque, la Unión Soviética declaró la guerra a Japón, donde las autoridades trataban de comprender la naturaleza del ataque que habían sufrido. Antes de tomar la decisión de rendirse, el 9 de agosto la bomba Fat Man cayó sobre Nagasaki, provocando un segundo hito de destrucción, que terminaría finalmente la guerra. Ambos ataques provocaron más de 150 mil muertes, aunque muchos más fallecieron por las secuelas y otros tantos sufrieron las consecuencias físicas de por vida. En palabras de Hirohito, el uso de la nueva bomba y su poder de destrucción podría poner en riesgo no solo a la nación japonesa, sino también podría llegar a extinguir a la civilización en su conjunto, tema que sería parte de la discusión central en la posguerra.

Ese mismo 6 de agosto el presidente Truman pronunció un discurso explicando la decisión tomada por su gobierno, asegurando que los japoneses habían comenzado la guerra desde el aire en Pearl Harbor y que Estados Unidos había devuelto el golpe multiplicado, agregando específicamente sobre la bomba atómica: “Con esta bomba hemos añadido un nuevo y revolucionario aumento de destrucción para complementar el creciente poder de nuestras fuerzas armadas. En su presente forma estas bombas están produciéndose ahora e incluso algunas más poderosas están en desarrollo”. En la ocasión explicó el origen del trabajo científico, los peligros de que Alemania elaborara ese peligroso artefacto (si bien fracasó en el intento), lo que llevó a Winston Churchill y a Roosevelt a llevar adelante el proyecto, que había significado un gran gasto en dinero, “en la mayor apuesta científica de la historia, y hemos ganado”.

Muchos no entendían qué pasaba entonces en la ciudad de Hiroshima: algunos veían caer una lluvia negra desde el cielo, miles veían desaparecer las casas de madera y apreciaban otras formas de destrucción, innumerables heridos deambulaban sin rumbo fijo o esperaban alguna ayuda tendidos en el suelo, mientras la gente solitaria buscaba a sus parientes esperando encontrarlos con vida. Hacia fines de año casi un tercio de la población de la ciudad había perecido por causa directa o indirecta de la bomba atómica: “Casi no había familia sin uno o dos muertos, heridos o desaparecidos”, como resume Toyofumi Ogura en sus Cartas desde el fin del mundo (Barcelona, Pasado & Presente, 2012), un libro especialmente emotivo y humano sobre un momento de inhumanidad.

Como suele ocurrir en estos momentos cruciales de la historia, llenos de dolor, emergió en la sociedad japonesa una inmediata y sincera expresión de humanismo y generosidad, de personas comunes y corrientes, de madres y personal de la salud que se consagraron por semanas y meses a salvar vidas, luchando contra el cansancio, el temor, el asco y seguramente los recuerdos de sus propios familiares y amigos muertos o heridos.

El peligro de la Tercera Guerra Mundial

Tras la bomba atómica, Stalin exclamó con preocupación: “Hiroshima ha estremecido a todo el mundo. Ha acabado con el equilibrio” (citado en Melvyn P. Leffler, La guerra después de la guerra. Estados Unidos, la Unión Soviética y la Guerra Fría, Barcelona, Crítica, 2008). En realidad, la Segunda Guerra Mundial había significado un cambio muy profundo en la concepción de la política y de la guerra, así como también en las posibilidades de multiplicar la muerte y la destrucción. El régimen nacionalsocialista fue una demostración muy clara al respecto, y en otra línea también lo fue la bomba atómica.

Por lo mismo, pronto se desató una vorágine armamentista destinada a que las grandes potencias lograran tener sus propios artefactos nucleares. La Unión Soviética probó con éxito su propia bomba en 1949, superando en la carrera a Inglaterra. Tiempo después la patria del comunismo colaboraría con Mao Zedong y China para que ellos también tuvieran su propia capacidad militar nuclear, en tanto Francia acometería el mismo desafío con el paso de los años. El problema ya no era científico, porque estaba resuelto que se podía crear una bomba atómica, con su poder destructor, e incluso se podía seguir avanzando hacia la bomba H y otras tantas formas de perfeccionamiento en la capacidad militar. El peligro radicaba en los efectos, que eran desastrosos –y podrían ser todavía peores–, como había demostrado la experiencia de agosto de 1945.

En 1950 estalló la guerra en Corea, que involucró rápidamente a Estados Unidos, a la Unión Soviética y a China, que actuaba desde un primer momento. En una conferencia de prensa, el gobernante norteamericano fue muy claro en la posibilidad de usar su principal arma: “Presidente Truman: Daremos todos los pasos necesarios para afrontar la situación militar, como siempre hemos hecho. Periodista: ¿Incluirá eso la bomba atómica? Presidente Truman: Eso incluye todas las armas disponibles… El mando militar se hará cargo del uso de las armas, como hasta la fecha” (Rueda de prensa presidencial, 30 de noviembre de 1950, en John Lewis Gaddis, La Guerra Fría, RBA, 2008, p. 63). Felizmente, no se llegó a esos límites y en la práctica nunca más se utilizaría, pese a las ocasiones en que el mundo temió una Tercera Guerra Mundial, que se presumía sería la última, ya que terminaría con la existencia sobre la Tierra, ante el aumento considerable de la capacidad destructora.

Quizá por eso, como expresó Churchill en una oportunidad, “el nuevo terror introduce cierta equidad en la aniquilación. Por extraño que parezca, es precisamente esta capacidad de destrucción universal lo que nos permite albergar esperanzas, incluso mostrarnos confiados” (citado en John Lewis Gaddis, La Guerra Fría). Eso es lo que llevó a concluir a algunos historiadores de la Guerra Fría que las armas nuclearas transformaron la destructividad en duración, sirviendo como factor preventivo, precisamente por el temor a la destrucción total.

Pese a ello, poco antes de morir Einstein manifestó que “si hubiera sabido que los alemanes no iban a lograr producir una bomba atómica, no habría levantado un dedo. ¡Ni un solo dedo!” El genio falleció en 1955, y no alcanzó a ver el crecimiento de la carrera armamentista en todas sus dimensiones. Claude Eatherly, quien señaló el decisivo “adelante” del ataque a Hiroshima, vivió años muy difíciles después, estuvo en la cárcel y en hospitales siquiátricos y fue un decidido luchador por la paz y contra las guerras. Sin embargo, conviene detenerse en una reflexión del japonés Keino Kido, confidente del emperador, quien afirmó en 1966 que “las bombas atómicas y la entrada soviética en la guerra también tuvieron un aspecto positivo. Di por sentado entonces que si las bombas atómicas no hubieran existido y la Unión Soviética no hubiera entrado en la guerra, puede que no hubiéramos logrado [alcanzar la paz]” (en Diana Preston, Antes de Hiroshima).

Años después de la guerra, el escritor japonés Kenzaburo Oé escribió una serie de artículos sobre el bombardeo a dos ciudades de su país, y las secuelas humanas del desastre, que fue publicado posteriormente como un libro, Cuadernos de Hiroshima (Barcelona, Anagrama, 2011). El escritor, que recibió el Premio Nobel de Literatura en 1994, concluye en su trabajo: “La gran lección que debemos extraer del drama de Hiroshima es la dignidad del hombre, tanto de los hombres y mujeres que murieron en aquel instante como de los sobrevivientes que sufrieron el impacto de la radiación en la piel y durante años padecieron un sufrimiento extremo que espero haber sido capaz de reflejar en algunos de mis escritos”.

La verdad es que se trata de una lección que se extiende a todo el siglo XX, a sus guerras y a su largo catálogo de violencia y destrucción.

Las columnas de Opinión son presentadas por:
Ver más

¿YA RECIBES EL PODCAST “DETRÁS DE LA NOTICIA”?

Cada noche el director de El Líbero, Eduardo Sepúlveda, cierra la jornada con un comentario en formato de audio enviado por WhatsApp, donde en pocos minutos analiza los hechos que marcaron el día y proyecta escenarios para el futuro próximo.

Sí ya eres parte de la Red Líbero, solicita el podcast escribiendo a red@ellibero.cl

Sí aún no eres parte de la Red Líbero, suscríbete y ayúdanos a seguir creciendo.

SUSCRÍBETE AHORA

También te puede interesar:

Cerrar mensaje

¿Debiese llegar a más gente El Líbero?

Si tu respuesta es afirmativa, haz como cientos de personas como tú se han unido a nuestra comunidad suscribiéndose a la Red Líbero (0.5 o 1 UF mensual). Accederás a eventos e información exclusiva, y lo más importante: permitirás que El Líbero llegue a más gente y cubra más contenido.

Suscríbete