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Publicado el 18 de mayo, 2020

Alejandro San Francisco: Juan Pablo II en su Centenario

Profesor de la U. San Sebastián y la UC. Director de Formación del Instituto Res Publica. Director general de "Historia de Chile 1960-2010" (USS). Alejandro San Francisco

Hace 100 años -el 18 de mayo de 1920- nació Karol Wojtyla, el papa polaco que lideró por 27 años la Iglesia Católica. Su relevancia histórica es innegable.

Alejandro San Francisco Profesor de la U. San Sebastián y la UC. Director de Formación del Instituto Res Publica. Director general de "Historia de Chile 1960-2010" (USS).

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Un Papa venido de Polonia

Cuando comenzó a salir humo blanco aquel lejano 16 de octubre de 1978, la Iglesia anunciaba que ya había nuevo Papa. Sin embargo, la sorpresa fue mayúscula al conocer el nombre del Sumo Pontífice: Karol Wojtyila. Se trataba del arzobispo de Cracovia, un polaco casi desconocido y que venía a romper varios siglos de primacía de un italiano a la cabeza de la Iglesia Católica.

Una de sus primeras declaraciones es ilustrativa: “Me han llamado de una tierra distante, distante pero siempre cercana en la comunión de la Fe y Tradición cristianas”. Es evidente que no hablaba de una distancia geográfica –después de todo, Polonia no está tan lejos de Italia–, sino que de una distancia cultural, histórica, considerando la vida de su país en el siglo XX, comparada con la que habían experimentado las naciones de Europa occidental y otros países del mundo.

Aquello que podría ser considerado un error o un retroceso, demostraría con Juan Pablo II las posibilidades de la visión sobrenatural. La abundancia de mal podía ser una específica experiencia de aprendizaje, así como un medio de reafirmación de las creencias y compromisos. El Papa polaco había consolidado su fe en medio de la represión y la organización del ateísmo, así como reafirmó su compromiso con el hombre en medio del reinado de la inhumanidad, como él mismo lo señalaría en varias ocasiones: primero bajo el régimen nacionalsocialista de Adolf Hitler y luego bajo el comunismo. Para Karol Wojtyila, sin saberlo ni pedirlo, los años gastados sin libertades en su Polonia querida habían sido el medio escogido por Dios para su preparación al gobierno de la Iglesia. Por eso podía estar a la cabeza de la Iglesia del fin de siglo quien había conocido de cerca los horrores y dolores que se habían acumulado durante tantas décadas.

Wojtyila nació el 18 de mayo de 1920 en Wadowice. Su madre murió cuando él tenía solo nueve años, mientras su papá falleció cuando ya había comenzado la Segunda Guerra Mundial; también murió su hermano médico en 1932 y una hermana que no alcanzó a conocer. Su larga e histórica existencia está bien detallada en dos libros de George Weigel: Juan Pablo II. Testigo de la esperanza (Barcelona, Plaza & Janés, 1999) y Juan Pablo II. El final y el principio (Barcelona, Planeta, 2011). El primero es una larga y contundente biografía de más de 1.000 páginas, mientras el segundo se concentra en la relación de Wojtyila /Juan Pablo II con Polonia y el comunismo, así como analiza los últimos cinco años de vida del Santo Padre, entre el 2000 y el 2005.

Efectivamente, la historia polaca en el siglo XX marcó al joven Karol, en su adhesión piadosa y racional a la vez a la fe católica, su gusto por el teatro y la cultura, pero también por las tremendas contradicciones que sufrió su país. Primero porque sufrió la invasión nazi el 1 de septiembre de 1939, que dio inicio a la Segunda Guerra Mundial, con una represión amplia y sangrienta que tuvo como puntos culminantes los campos de concentración que se instalaron en el territorio de Polonia. Terminado el conflicto internacional, la “liberación” de 1945 se transformó en una nueva dominación totalitaria, ahora bajo el comunismo, lo que el escritor Czesław Miłosz resumió muy bien en su novela El poder cambia de manos (Barcelona, Destino, 1980; original de 1953). Con el tiempo lo resumiría así Juan Pablo II: “He tenido la oportunidad de experimentar personalmente las ideologías del mal. Es algo que nunca se borra de la memoria. Primero fue el nazismo. Lo que se podía ver en aquellos años era ya terrible… Pero después de la victoria sobre el nazismo en la II Guerra Mundial, los comunistas se sintieron envalentonados y se aprestaron con todo descaro a conquistar el mundo o, al menos, Europa” (en Memoria e Identidad, Madrid, La esfera de los libros, 2005).

La vida de Wojtyila experimentó una definición clara cuando optó por el sacerdocio, vocación que acogió durante la guerra, siendo ordenado en 1946 en Roma. Al final de su vida recordaba su condición de sacerdote, de obispo y de sucesor de Pedro, pensando en momentos y lugares donde había celebrado la Eucaristía, como“ la iglesia parroquial de Niegowic donde desempeñé mi primer encargo pastoral, la colegiata de San Florián en Cracovia, la catedral del Wawel, la basílica de San Pedro y muchas basílicas e iglesias de Roma y del mundo entero”, al igual que “en capillas situadas en senderos de montaña, a orillas de los lagos, en las riberas del mar; la he celebrado sobre altares construidos en estadios, en las plazas de las ciudades” (en su última encíclica Ecclesia in Eucharistia, n. 8, 17 de abril de 2003).

Tuvo una formación intelectual y universitaria muy completa, que incluyó la lectura de los místicos San Juan de la Cruz –sobre quien estudió el tema de su doctorado en Teología en Roma– y Santa Teresa de Ávila. Regresó a Polonia en 1948 y fue nombrado profesor de Ética y Teología Moral. A los 38 años fue nombrado obispo auxiliar en Cracovia, en una Iglesia que vivía la persecución y el espionaje permanente de parte de las autoridades del régimen comunista. Wojtyila, quien ya destacaba por su inteligencia e intensa labor pastoral, pronto tendría otra oportunidad de servir a la Iglesia, cuando fue convocado el Concilio Vaticano II (1962-1965), en el que participó activamente. Poco después fue creado cardenal por el papa Pablo VI, en 1967.

Poco más de una década después, falleció Pablo VI y luego su sucesor Juan Pablo I, ambos en 1978. Fue entonces cuando el colegio de cardenales decidió elegir a Karol Wojtyila , un apellido impronunciable para muchos, que desde entonces pasaba a ser Juan Pablo II, el nuevo Pontífice de la Iglesia Católica.

El Papa Juan Pablo II

Con Juan Pablo II hay un factor que se repite en los más diversos ámbitos: fue un Papa que batió numerosos “records” en sus 27 años de pontificado: fue una de las figuras más conocidas de su tiempo, el que más recorrió el mundo, se dirigió a auditorios más amplios y se comunicó en más idiomas con pueblos muy diversos. Compartió con decenas de jefes de Estado de distintas ideologías y países, habló ante instituciones internacionales como la UNESCO o las Naciones Unidas, bajo su pontificado se acabó la Guerra Fría, concluyó la experiencia soviética, se disolvieron países y surgieron otros tantos.

En otro plano, escribió 14 encíclicas sobre temas variados, editadas en un solo volumen como Encíclicas de Juan Pablo II (Madrid, Edibesa, 2006). El cardenal Joseph Ratzinger las presenta de la siguiente manera: “el tríptico trinitario de los años 1979-1986, que abarca las encíclicas Redemptor hominis, Dives in misericordia y Dominum et vivificantem. A la década 1981-1991 pertenecen las tres encíclicas sociales:  Laborem exercens, Sollicitudo rei socialis y Centesimus annus. Luego están las encíclicas que tratan temas de eclesiología:  Slavorum apostoli (1985), Redemptoris missio (1990) y Ut unum sint (1995). En el ámbito eclesiológico se puede situar también la última encíclica, hasta ahora, del Papa:  Ecclesia de Eucharistia (2003), así como en cierto sentido, la encíclica mariana Redemptoris Mater (1987)” (“Las 14 encínclicas de Juan Pablo II”, en Humanitas, Año X, 2005, Edición especial Benedicto XVI. Habemus Papam).

Esos temas y sus otras publicaciones, además de los temas tratados en su catequesis universal y en Roma, permiten acercarse al pensamiento, intereses, vocación y esperanzas del Papa polaco. Lo primero que llamaba la atención era una preocupación casi universal, un interés muy amplio, que iba desde Dios a los hombres y mujeres del mundo, pero que pasaba por la economía y las guerras, la política y la oración, la búsqueda de la verdad y la educación, los derechos humanos y la cultura, la necesidad de perdonar y pedir perdón, la búsqueda de la felicidad y el amor como donación, el acercamiento hacia otras religiones y el apostolado decidido desde el catolicismo.

En cualquier caso, es necesario comprender que el corazón del pontificado no estaba en un determinado sistema económico social, o un orden político específico, aunque la historia desempeña un lugar fundamental en la vida de la fe. Tampoco se trataba de una cuestión de geopolítica de poder, o de organización internacional, aunque Juan Pablo II haya sido prácticamente la única autoridad del mundo que representaba una religión que tenía una visión universal dentro del fraccionamiento reinante a fines de siglo. El motor del pontificado está contenido en la primera frase de la primera encíclica del Papa polaco: “El redentor del hombre, Jesucristo, es el centro del cosmos y de la historia” (Redemptor hominis, n. 1.1, 4 de marzo de 1979). Todo lo demás debía construirse desde esa base o estaría levantado sobre arena.

Es verdad que en el caso de Juan Pablo II, a la amplitud de los temas se suma la extensión del pontificado, que le permitió abarcar más ámbitos, más tiempo y más lugares. El año 2000 fue un momento especial, que comenzó a prepararse con mucha antelación. En la carta apostólica Tertio millenio adveniente (10 de noviembre de 1994) había una reflexión especial sobre Cristo y sobre el tiempo, con una invitación a la conversión y a pedir perdón por los pecados de los hijos de la Iglesia. En Tertio millenio ineunte (6 de enero de 2001), por su parte, comienza recordando la invitación de Jesús a “remar mar adentro”, con la respuesta de Pedro y los primeros apóstoles, que echaron las redes: “Y habiéndolo hecho, recogieron una cantidad enorme de peces” (Lucas, 5,6). Esa es, a juicio de Juan Pablo II, la invitación para el nuevo milenio: “a recordar con gratitud el pasado, a vivir con pasión el presente y a abrirnos con confianza al futuro” (n. 1).

Después de todo, la historia completa, para un cristiano, es prácticamente igual, como enfatizaba el Papa, al menos en un sentido: “Jesucristo sale al encuentro del hombre de toda época, también de nuestra época” (Redemptor hominis, 13.1). Se podría agregar que lo demás se dará por añadidura.

Tiempos apasionantes y difíciles

La época de Juan Pablo II –que bien podría ser el siglo XX completo o la era de su pontificado– fue una etapa extraordinaria en la historia de la humanidad. Fue un siglo, por lo demás, dramático y demoledor, de guerras mundiales y genocidios, de bomba atómica y totalitarismo, de inhumanidad y progresos, de logros sorprendentes y episodios vergonzosos, como el propio Pontífice lo señalaba: “Nuestro siglo ha sido hasta ahora un siglo de grandes calamidades para el hombre, de grandes devastaciones, no sólo materiales, sino también morales; más aún, quizá sobre todo morales” (Redemptor hominis, 17.1).

En el caso de Juan Pablo II, hay dos temas que cierran el siglo y que coinciden con su pontificado y liderazgo internacional: la caída del comunismo y la consagración de la democracia como el sistema de gobierno más aceptado universalmente. Sobre ambos temas el Papa reflexionó y habló, escribió y animó a pensar, de acuerdo a la centralidad que tenía la persona humana en la doctrina de la Iglesia.

En el primer tema tuvo una participación personal trascendente, especialmente por sus viajes a Polonia y la dinámica que se desató en ese país a partir de sus nueve días de 1979, y su regreso posterior en 1983 y 1987. En la primera ocasión gobernaba Edward Gierek y en los otros dos Wojciech Jaruzelski. En todos ellos la sociedad pudo apreciar la efervescencia que producían las reuniones, misas y discursos del compatriota que era Papa: en el tercer viaje Juan Pablo II expresó –reproduciendo una idea de Gaudium et Spes– que “se debe rendir tributo a las naciones cuyos sistemas permiten que el mayor número posible de ciudadanos tomen parte en la vida pública en un clima de genuina libertad” (citado por Weigel, Juan Pablo II. El final y el principio). A partir de 1980, además, se constituyó el sindicato Solidaridad, que lideraba Lech Walesa, y que provocó una primera apertura y dolores de cabeza a los regímenes comunistas, que rechazaban la libertad de organización de los trabajadores, así como hubo amenazas de ocupar el Pacto de Varsovia y reprimir lo que parecía un peligro inminente para el mundo tras la Cortina de Hierro.

Siempre es difícil definir el orden exacto de la causalidad en los acontecimientos históricos, pero en el caso polaco el factor Juan Pablo II y la organización de los trabajadores se retroalimentan. El propio Walesa reconocería que en Polonia la sociedad nunca aceptó el comunismo, pero se necesitaron años para destruirlo y debieron aprender de sus errores, pero el régimen no los dejaban juntarse: “Y entonces un polaco se convirtió en Papa. Y un año después volvió a Polonia y nos unió. Ellos aún tenían la fuerza, pero nosotros teníamos el apoyo de la gente”. Por su parte, el Papa diría que entre los muchos factores que provocaron la caída de los regímenes totalitarios, “el factor decisivo, que ha puesto en marcha los cambios, es sin duda alguna la violación de los derechos del trabajador” (en Centesimus Annus, n. 23, 1 de mayo de 1991). Sin duda estaba pensando en Polonia, que en muchos sentidos inició el movimiento de disolución de los regímenes comunistas, que luego tuvo una expresión muy visible con la Caída del muro de Berlín, hasta culminar con el desmembramiento del régimen soviético.

El otro tema relevante fue la consolidación de las democracias, que el Papa recibió con esperanzas, pero sabiendo que con ella no se acababan los problemas ni llegaba la felicidad en la tierra. En Centesimus Annus hay al menos dos reflexiones que marcan una prevención de celebraciones anticipadas o ausencia de riesgo. La primera tiene que ver con una constatación de hecho: “La crisis del marxismo no elimina en el mundo las situaciones de injusticia y de opresión existentes” (n. 26). La segunda se refiere a una crisis más profunda de las sociedades occidentales, marcadas por el relativismo y la pérdida de centralidad del concepto de persona humana en los proyectos políticos. Al respecto advertía: “hay que observar que, si no existe una verdad última, la cual guía y orienta la acción política, entonces las ideas y las convicciones humanas pueden ser instrumentalizadas fácilmente para fines de poder. Una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia”. (n. 46).

En esa misma línea, denunciaría posteriormente en otra encíclica Veritatis Splendor, (6 de agosto de 1993) “el riesgo de la alianza entre democracia y relativismo ético, que quita a la convivencia civil cualquier punto seguro de referencia moral, despojándola más radicalmente del reconocimiento de la verdad” (n. 101). El problema práctico, en este tema, es que la historia había marchado en un sentido contrario a los planteamientos de la Iglesia Católica en general, y de Juan Pablo II en particular. Numerosos temas contemporáneos se resolvían en contra de los planteamientos que hacía el Vaticano en distintos foros internacionales, que se expresaba especialmente en materias tales como el derecho a la vida y la legislación del aborto, como expresaría en Evangelium Vitae (25 de marzo de 1995), llegando a prevenir que “para el futuro de la sociedad y el desarrollo de una sana democracia, urge pues descubrir de nuevo la existencia de valores humanos y morales esenciales y originarios, que derivan de la verdad misma del ser humano y expresan y tutelan la dignidad de la persona” (n. 71). Sin embargo, la mayoría de las veces estas palabras caían en el vacío, eran descalificadas como propias de un moralismo pasado de moda o restringido a grupos específicos de la sociedad, o cuando mucho servían para confirmar a los católicos ya convencidos.

Cada tiempo histórico presenta nuevos desafíos al hombre y, con ello, la posibilidad de nuevas respuestas. Para eso se puede recurrir tanto a las fuentes perennes del cristianismo como se puede procurar buscar respuestas alternativas. En algunos casos habrá puntos de convergencia, en otros las diferencias serán irreconciliables. Los problemas de fines del siglo XX –muchos de ellos– son nuevos, muy complejos y llenos de dificultades. Y hay fundamentalmente dos formas de enfrentarse a los problemas contemporáneos. La primera es una manera escéptica, desesperanzada, derrotista, sin consideraciones positivas respecto de las posibilidades del hombre actuando en la historia. La segunda forma es una expresión propiamente cristiana, y como tal esperanzada y con un claro sentido de la vida y de la historia. Esta última es la que promovió Juan Pablo II, si bien muchos vientos de la historia marchaban en su contra.

Muerte y significado

Juan Pablo II falleció después de 27 años a la cabeza de la Iglesia Católica, y su pontificado se puede observar con una cierta perspectiva histórica, si bien es demasiado luego para tener respuestas más definitivas.

La vida de quien el 2014 pasó a ser San Juan Pablo II cubrió desde diversos ángulos uno de los siglos más sorprendentes, sangrientos y revolucionarios de la historia. Geográficamente, el Papa se proyectó desde el corazón de Polonia al resto del mundo, visitando en diversas ocasiones los cinco continentes, países grandes y pequeños, que nunca antes habían recibido a un Sumo Pontífice. Políticamente, el Papa nació en una Polonia libre, una curiosidad histórica para ese sufrido pueblo: luego fue invadida por el gigante y antihumano régimen nacional socialista y por otro tan criminal como el anterior, el régimen comunista soviético.

Desde el punto de vista religioso, Karol Wojtyla llegó a ser la máxima autoridad de la Iglesia Católica en 1978, después de vivir por años bajo un estado expresamente ateo y anti-católico; proyectó el sentido ecuménico del Vaticano II y se reunió en numerosas ocasiones con representantes de las más diversas confesiones (judíos, musulmanes, protestantes y ortodoxos). Históricamente, el Papa nació cuando la Primera Guerra Mundial recién terminaba; sufrió la Segunda Guerra Mundial –literalmente– desde el primer día; vio nacer y desarrollarse el mundo de la Guerra Fría y sus contradicciones, así como también vio morir esa historia con nuevas esperanzas. Todo eso entre muchos otros sucesos que han marcado los últimos ochenta años.

Paralelamente, la muerte de Juan Pablo II lo sorprendió en un momento de crisis de fe y de crisis de la Iglesia Católica, por pérdida de fieles, por abusos de muchos sacerdotes sobre la grey que se les había confiado, por la secularización del mundo, por el triunfo implacable de la lógica liberal sobre casi cualquier otra posibilidad de mirada de las cosas. En fin, al Papa no se le ocultó que el esfuerzo sobrehumano que realizó tenía una contrapartida no siempre feliz, así como las victorias temporales, por definición, siempre están asociadas a derrotas y otros problemas, porque su reino no es de este mundo, si han de creer los cristianos a su fundador.

Por eso, la vida del Papa intentó dirigirse siempre hacia donde recomendaba que se dirigieran todos los cristianos y personas de buena voluntad, como lo repitió con una fuerza interior y exterior en el Estadio Nacional de Chile (2 de abril de 1987): “No tengáis miedo de mirarlo a Él”, como testimonio de vida cristiana y de verdad en medio de un mundo cansado, oblicuo y no siempre fiel. “¿Qué veis?”, se preguntaba retóricamente, para agregar que era más que un hombre sabio, más que un profeta y más que un reformador social: “Mirad al Señor con ojos atentos y descubriréis en Él el rostro mismo de Dios. Jesús es la palabra que Dios tenía que decir al mundo. Es Dios mismo que ha venido a compartir nuestra existencia, cada una de ellas”.

Solo de esa manera se puede comprender al hombre que fue capaz de superar los atentados y las enfermedades sin ira ni desesperación, sino como quien recibe una caricia de Dios. Decía haber amado a la Virgen María como un hijo enamorado de las mil virtudes de su madre; quiso llenar de alegría cristiana lugares donde antes dominaba la violencia y la desesperación; animó a vivir cristianamente llamando a todos a la santidad. Lo resume muy bien Benedicto XVI en una carta dirigida a propósito del Centenario de Juan Pablo II: “A lo largo de su vida, el Papa buscó apropiarse subjetivamente del centro objetivo de la fe cristiana, que es la doctrina de la salvación, y ayudar a otros a apropiarse de ella”. El texto agrega que está abierto si el epíteto “magno” permanecerá asociado a la figura de Juan Pablo II o no, más todavía si consideramos –el agregado es mío– la decadencia del peso relativo de la Iglesia Católica en el mundo, específicamente en el mundo intelectual, así como los sufrimientos de la “aflicción del mal” (Benedicto XVI) que parecen enquistadas en el seno de la institución.

Pese a ello, es evidente la relevancia histórica de Juan Pablo II, como lo han percibido investigadores que no son cercanos a la Iglesia, ni siquiera cristianos. John Lewis Gaddis sostiene que el proceso que dio inicio al término del comunismo en Polonia y en el resto de Europa comenzó cuando Juan Pablo II besó el suelo de su país natal, en su visita de junio de 1979 (en Nueva historia de la Guerra Fría, México, Fondo de Cultura Económica, 2011). Tony Judt afirma que “la fuerza inusual de sus convicciones y el carácter inconfundible de su legado” se explican en parte por sus orígenes polacos y las tragedias de su juventud; adicionalmente señala que sus carencias militares –Stalin sostenía que los Papas no tenían divisiones– se compensaban con visibilidad y sentido de la oportunidad, como quedaría demostrado en la situación de Polonia y del comunismo (en Posguerra. Una historia de Europa desde 1945, Madrid, Taurus, 2012, Séptima edición). Como muestra George Weigel, las autoridades comunistas polacas, en la Unión Soviética y en Alemania Oriental consideraron que la elección de Woytila era una “amenaza mortal para la situación del comunismo en Europa central y oriental” (en Juan Pablo II. El final y el principio).

El Centenario de Juan Pablo II permite adentrarnos una vez más a las páginas del siglo XX. Tanto a aquellas que son más visibles, están plenamente documentadas y podemos revisar cada vez que queramos, como a esas otras escritas en renglones torcidos, más inescrutables y no por ello menos apasionantes.

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