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Publicado el 22 de octubre, 2019

Alejandro San Francisco: Dirigir protestas es más fácil que gobernar un país

Profesor de la U. San Sebastián y la UC. Director de Formación del Instituto Res Publica. Director general de "Historia de Chile 1960-2010" (USS). Alejandro San Francisco

Exagera Daniel Innerarity cuando afirma que “el paisaje político se ha polarizado en torno al pelotón de los cínicos tecnócratas y el de los ilusos populistas”. Pero tiene razón cuando plantea las dificultades de la actividad pública y de la democracia en estos tiempos. Esta columna del historiador Alejandro San Francisco fue publicada por El Líbero el pasado 29 de junio.

Alejandro San Francisco Profesor de la U. San Sebastián y la UC. Director de Formación del Instituto Res Publica. Director general de "Historia de Chile 1960-2010" (USS).
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La democracia es cada día más ingobernable. Lo curioso es que esto ocurre en un momento en que los regímenes democráticos no enfrentan una alternativa ideológica que les haga sombra, como fue el caso del comunismo durante gran parte del siglo XX. Ocurre en Europa, en América Latina y ciertamente en Chile.

Hay varios factores que contribuyen a dificultar el ejercicio del gobierno: los ciudadanos son más difíciles y críticos; las expectativas son más altas; la información es más transparente, instantánea y confusa; los malos resultados económicos o sociales se vuelven contra el sistema; el populismo y la desafección a los partidos tradicionales generan nuevas complejidades, así como la volatilidad de los afectos políticos hace difícil predecir la estabilidad de los apoyos a los gobiernos y la posibilidad de dar continuidad a los proyectos políticos. En definitiva, vivimos un escepticismo político que permea a las democracias y dificulta su desarrollo.

Por otra parte, las comparaciones de los sistemas políticos o el progreso socioeconómico se dan a escala universal, de manera que las opiniones se multiplican para observar lo que ocurre en Europa o América Latina, evaluar las políticas de Trump en Estados Unidos o en su relación con el mundo, criticar los fracasos aparentes o reales de algún gobierno en América Latina. La democracia, entendida como el gobierno del pueblo, con una persona un voto y la participación de la gente en las decisiones públicas, sigue teniendo una adhesión importante; sin embargo, resultan muy claras algunas limitaciones visibles al ejercicio de la soberanía: la comunidad internacional, otros estados y las grandes asociaciones de países, como la Unión Europea.

Ser oposición es mucho más fácil que ser gobierno, dirigir protestas es menos complejo que gobernar una nación.

Como suele ocurrir en la historia, los problemas se pueden enfrentar con pesimismo o con optimismo, como la advertencia de estar frente a una crisis terminal o como una gran oportunidad para avanzar hacia un futuro mejor. En este último caso, junto con rechazar la crítica fácil o los lamentos estériles, es necesario incorporar propuestas a las protestas y la creatividad debe ser capaz de derrotar a la marea de dificultades que nos abruman y parecen inundarlo todo. De lo contrario, cual profecía autocumplida, los sistemas democráticos se irán degradando hasta enfrentar peligros mayores a los que ha tenido hasta hoy.

¿Qué ha ocurrido? ¿Qué factores inciden en las dificultades para gobernar hoy en democracia?

Primero, ha quedado muy claro en los distintos países que ser oposición es mucho más fácil que ser gobierno, dirigir protestas es menos complejo que gobernar una nación. Entre otras cosas porque desde fuera del poder es posible hacer numerosas ofertas que luego son imposibles de cumplir cuando un partido o coalición llega a gobernar una determinada sociedad, las cifras son muy generosas en un caso y considerablemente escasas en el otro.

En segundo lugar, se ha producido una gran proliferación de iniciativas, liderazgos y partidos en los últimos años. Esto, sin duda, es una manifestación de la vitalidad de las democracias, pero también ha llevado a que algunos países que se caracterizaban por tener sistemas bipartidistas, o con dos grandes coaliciones, en la actualidad muestren fórmulas multipartidistas. El resultado positivo es la pluralidad de opciones para los ciudadanos, pero es indudable que también ha generado nuevas complejidades a la hora de formar gobiernos, como ha ocurrido claramente el caso de España en las últimas elecciones generales, así como también en las autonómicas y locales.

Los «indignados» han logrado poner temas, obtener reivindicaciones y alterar la opinión pública.

En tercer lugar, la oposición ha tendido a multiplicarse y ya no es exclusivamente política o partidista. Hoy tiene manifestaciones múltiples, expresadas a través de las redes sociales, los grupos de interés o las diversas minorías que reclaman una mayor influencia social. Gobernar implica relacionarse con múltiples actores y estar atentos a numerosas voces que antes tenían una expresión mucho más limitada.

Por último, es necesario mencionar la relevancia adquirida por las protestas sociales, por “la calle”, los diferentes grupos que forman parte de lo que genéricamente se denominan los indignados. Ellos, de alguna manera, han logrado poner temas, obtener reivindicaciones y alterar la opinión pública. De alguna manera, además, son los sucedáneos de los grupos más rebeldes o contestatarios del pasado. Sus protestas, claro está, no siempre tienen un correlato en el respaldo electoral –el caso chileno es claro–, que en ocasiones es muy inferior a lo que podría parecer por sus convocatorias masivas en las calles.

Por todo esto, es indudable que gobernar en la actualidad requiere algunos replanteamientos y cambios que los dirigentes políticos y los partidos no siempre tienen en la cabeza y mucho menos en la aplicación práctica. No entender esta realidad o posponer los cambios podría tener en el futuro consecuencias muy negativas para las distintas sociedades.

Hay un primer elemento que debería guiar la acción de los gobernantes, particularmente cuando quieren ser serios en el manejo económico y responsables con sus compromisos. Eso está bien, pero es necesario combinar la administración económica con el sentido político del ejercicio del poder. Manejar adecuadamente la economía no es un fin, sino un medio para que la gente viva mejor, para permitir mejores oportunidades para las personas. Gobernar no es acumular cifras y estadísticas, sino que requiere un proyecto de país, un futuro esperable, una sociedad por desarrollar: consolidar la propia democracia, crecer económicamente, pero con un progreso social que alcance a los diferentes grupos de la población. No basta crecer económicamente: es necesario integrar socialmente. Es muy bueno tener cifras positivas, pero es necesario estar alertas respecto de quienes se quedan rezagados. Gobernar es una tarea política y la economía sirve a esa misión fundamental.

Gobernar implica la necesidad de ser creativos, de buscar nuevas soluciones para viejos problemas, de combinar la lógica económica con nuevas perspectivas de análisis social.

Por otra parte, resulta imprescindible ampliar el horizonte de análisis de los gobiernos, habitualmente centrados en la economía y la política partidista, en la distribución de cargos y en los problemas cotidianos. Con ello, en paralelo a la sobrerrepresentación de estos factores, es posible percibir la escasa valoración del análisis histórico, la reflexión filosófica o incluso la literatura. A fines del siglo XX Vaclav Havel destacaba la importancia de la perspectiva humanista e intelectual en los gobiernos que sucedieron a los totalitarismos comunistas, lo que era un plus y no una limitación en el desarrollo de esas sociedades.

No se puede dejar de mencionar un factor que parece haber desaparecido de los mapas políticos: la creatividad. Gobernar implica la necesidad de ser creativos, de buscar nuevas soluciones para viejos problemas, de combinar la lógica económica con nuevas perspectivas de análisis social. La falta de creatividad se aprecia especialmente en temas como las pensiones, en el cual existen ciertos acuerdos básicos a los que es imposible sustraerse: es necesario tener buenas jubilaciones, procurar que todos vivan de manera digna sus últimos años, con un modelo que sea sostenible en el tiempo. Sin embargo, la regla general ha sido gastar cada vez más -especialmente en algunos países europeos-, con sistemas quebrados, con nula capacidad de reacción. Mientras tanto, nacen menos niños, la población envejece y los fondos disminuyen: se advierte un final tan lamentable como previsible, fruto de la falta de creatividad y de decisiones. Chile también debería tomar nota de esto, aunque con un punto de partida diferente.

Un último aspecto que se podría destacar es que gobernar hoy requiere una adecuada articulación entre las convicciones doctrinales de los gobernantes y la capacidad efectiva que ellos demuestren para lograr acuerdos con otras fuerzas políticas y sociales. Ante la dificultad de imponer fórmulas unilaterales y lo absurdo de la falta de convicciones, parece cada vez más necesario tener capacidad de persuasión, de articular propuestas originales, que sumen partidarios y que tengan un impacto social positivo. De lo contrario será muy difícil obtener logros o mantenerse fiel a una doctrina: caer en el pragmatismo insustancial puede ser útil para hoy, pero a la larga siempre es un suicidio político.

Creo que exagera Daniel Innerarity cuando afirma que “el paisaje político se ha polarizado en torno al pelotón de los cínicos tecnócratas y el de los ilusos populistas”. Pero tiene razón cuando plantea en su sugerente libro La política en tiempos de indignación (Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2015) las dificultades de la actividad pública y de la democracia en estos tiempos. No es para echarse a morir: es necesario creer, cambiar lo que sea necesario, ser proactivos, más amplios intelectualmente y tener un claro sentido del futuro, pero con perspectiva histórica.

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