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Publicado el 09 de febrero, 2020

Alejandro San Francisco: Fracaso de América Latina 

Profesor de la U. San Sebastián y la UC. Director de Formación del Instituto Res Publica. Director general de "Historia de Chile 1960-2010" (USS). Alejandro San Francisco

Es necesario pensar con rigor y resolver con creatividad y sentido de la oportunidad. Los errores, las ineficiencias, la frivolidad y la incapacidad de los gobiernos -y de la clase política en general- se pagan de inmediato y los costos son muy altos.

Alejandro San Francisco Profesor de la U. San Sebastián y la UC. Director de Formación del Instituto Res Publica. Director general de "Historia de Chile 1960-2010" (USS).

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Suele repetirse que América Latina es el continente con la mayor desigualdad en el mundo, donde todavía persisten numerosos problemas económicos y sociales. Recientemente, Alicia Barcenas -directora de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL)- ha señalado que “la cultura del privilegio ha naturalizado la desigualdad y la discriminación” en la región (El País, España, 7 de febrero de 2020). Es verdad que la CEPAL muchas veces no contribuye adecuadamente a la solución de los problemas, y en ocasiones parece más importante la definición ideológica de sus directivos que un análisis ponderado y consistente, como muestran en el pasado las alabanzas al dictador Fidel Castro, y en el presente la crítica reiterada “al neoliberalismo”, con lugares comunes y sin propuestas alternativas rigurosas. Sin perjuicio de ello, es evidente que es necesario repensar el presente y futuro de América Latina.

El continente experimentó las más  diversas fórmulas para encontrar oportunidades de desarrollo y de un ansiado futuro mejor. A mediados del siglo XX el modelo de industrialización sustitutiva de importaciones (ISI) llevaba la delantera, aunque su desgaste era visible hacia la década de 1960. Para entonces había irrumpido con fuerza y mística la Revolución Cubana, con gran capacidad persuasiva y espíritu latinoamericanista y “antiimperialista”. Por otro lado, Estados Unidos impulsó la Alianza para el Progreso, como una forma de contrarrestar la épica revolucionaria y lograr un crecimiento económico rápido con el fin de dejar atrás el hambre y la pobreza en menos de una década. Sin embargo, tampoco fue exitosa y fue muriendo con el paso de los años.

Como contrapartida, aparecieron los golpes militares y con ello la contrarrevolución y la lucha anticomunista, proceso que se extendería por largo tiempo. Finalmente, a fines de la década de 1980 prácticamente todos los países vivieron sus procesos de democratización, con transiciones y elecciones que permitieron a las distintas sociedades elegir a sus gobiernos y encontrar -luego de aprendizaje y dolores- su propia forma de desarrollo. En el plano económico la economía de mercado, que había comenzado en Chile a mediados de los 70, tomó fuerza en casi todos lados y permitió un crecimiento económico y una disminución de la pobreza que mostraba un progreso pocas veces visto. Paralelamente, encontró un sólido y transversal acuerdo institucional, reforzado por el Consenso de Washington y la adhesión práctica a la economía libre de parte de distintos partidos y gobiernos de raigambre socialista en el continente.

La situación este 2020 es compleja y muchas veces contradictoria, porque a los problemas sociales se suma un momento especialmente crítico para las democracias latinoamericanas, con protestas masivas e incluso violentas en algunos países, adelantos de elecciones y bajo apoyo a los gobiernos.

Si la Revolución Bolivariana ha demostrado su fracaso tras dos décadas de vida, las democracias y economías de mercado viven sus propios problemas: estancamiento y bajo crecimiento en la última década, la pobreza incluso aumenta en algunos lugares, los gobiernos y los partidos se muestran débiles, y enfrentan además  un desafecto hacia las democracias por parte de la población, según muestran distintos estudios. Como consecuencia, el futuro aparece abierto y complicado, con demanda de cambio del orden vigente, pero sin claridad sobre posibles sustitutos. Los peligros de los reclamos podrían ser mayores que las soluciones, si no logran articular proyectos políticos amplios, con una base democrática clara y voluntad de encontrar acuerdos sólidos.

Como ha señalado el ex ministro Sergio Bitar, no resolver los problemas podrían llevar a los países a una etapa de “deterioro político y decadencia social”: “La crisis de la democracia representativa, entonces, puede desembocar en una regresión democrática (regímenes híbridos), o en una situación de anomia (vacío político y Estado fallido), u ocasionar la irrupción de gobiernos populista-autoritarios” (en “Democracia asediada. Los retos de América Latina para 2020”, en Wall Street International Magazine, 30 de enero de 2020).

Cualquiera de estas fórmulas sería un verdadero fracaso para un continente que fue capaz de consolidar regímenes democráticos a fines del siglo XX, logrando importantes progresos económicos y una sustancial disminución de la pobreza. Eso requirió esfuerzos, aprendizaje político y la presencia de una socialdemocracia relevante (o también de la “Tercera Vía” de Ricardo Lagos y Fernando Henrique Cardoso), así como de una centroderecha comprometida con la democracia.
Hoy es necesario pensar con rigor y resolver con creatividad y sentido de la oportunidad. Los errores, las ineficiencias, la frivolidad y la incapacidad de los gobiernos -y de la clase política en general- se pagan de inmediato y los costos son muy altos.

Consolidar las democracias, recuperar la senda del crecimiento económico y procurar un progreso social relevante siguen siendo tareas pendientes para los países latinoamericanos. Lograr esos objetivos debe ser una definición urgente que debe ejecutarse con consistencia, lo cual sería un logro importante que permitirá evitar un nuevo fracaso.

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